Imprescindibles by Lucen | Un lienzo fílmico llamado LA EDAD DE LA INOCENCIA

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El lienzo fílmico que diseña Scorsese con La Edad de la Inocencia, es posible la cota creativa más alta del famoso director. Toro Salvaje, Uno de los nuestros o Taxi Driver son obras que definen mejor lo que es Martin, pero, La Edad de la Inocencia traspasa los límites de su cine para encumbrarlo como un genio creativo a la altura de los más grandes.

En la escena final, Daniel Day-Lewis prefiere no subir a ver a Pfeifeer para seguir guardándola en su recuerdo como el cuadro que fue. La pintura es sin duda la línea por la que se mueve el relato hasta tal punto, que muchos de los paisajes que se ven, son matte painting al óleo de una belleza pocas veces vistas. En otras ocasiones, el director de fotografía, Michael Ballhaus, consigue crear en imágenes reales, texturas al óleo que recuerdan a la técnica pictórica de Jean Renoir. Así, la historia trascurre entre cuadros y actuaciones de una delicadeza nunca vista en la obra de Scorsese. El nerviosismo habitual de su cine pasa a una calma profunda que demuestran las capacidades del director para poder adentrarse en cualquier tipo de relato.

Pero además, esa representación pictórica de la escena sirve de contrapunto a la realidad la cual el protagonista nunca quiere abandonar. Si Winona Rider es lo real, Michelle Pfeiffer es lo imaginario, eso que todos deseamos pero no podemos tener. Así, una siempre se representa como una imagen real, la otra como una imagen ensoñada o pictórica.

El triángulo sutil entre el vástago N. Archer (maravilloso, Daniel D. Lewis) y la condesa Olenska (incomprensible que una actuación tan magistral como la que realiza M. Pfeiffer no estuviera nominada a los Oscar), esa oveja descarriada que desea divorciarse (todo un escándalo para la época y que da pie a que la familia contrate los servicios de Archer para que la asesore convenientemente) tras el fracaso de su matrimonio con un conde italiano. Completando este triángulo, la dulce, y aparentemente frágil, M. Welland, interpretada por W. Ryder, y que tampoco llevó su más que merecido Oscar, birlado por A. Paquin, la niña del “piano”. Pero, como hemos dicho en el inicio del artículo,
lo maravilloso de esta película es la dirección de Scorsese. Al igual que en el libro, la cámara de Scorsese (nunca fue más “artística” que en esta película) retrata hasta los detalles más menudos de esa sociedad haciendo casi un estudio analítico de todo ese telón de fondo que impide a los protagonistas tomar lo que desean. Cualquier gesto, hasta el más nimio, es una pequeña escultura cinematográfica como lo son las manos de piedra de la misma May.

Una obra maestra de 10 que encumbrar aquel genial año 1993.

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