Imprescindibles by Lucen | EL SILENCIO DE UN HOMBRE

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Fue Francia quien le acuñó el término cine negro (noir) a las populares obras que Howard Hawks, John Huston y compañía realizaban en los años 40s, así que por derecho propio a los franceses les corresponde la autoría del género o al menos del nombre. Como demostración de esto traemos hoy ‘El Silencio de un hombre’ de Jean Pier Melville, una película que abandona el blanco y negro habitual del Hollywood clásico para abonarse al verde y al ocre como colores base de una paleta en los que asentar la historia de un hombre atado a un irremediable y fatídico destino.

Alain Delon es «el samurai» de una epopeya que camina por los suburbios de la París de los años 60s. Una París dibujada a base de trazos y claroscuros, de gabardinas, sombreros y salas de fiesta decoradas con sonidos de Jazz y mujeres fatales sentadas delante de un piano, todo claro, vigilado por la atenta mirada de un comisario dispuesto a llevar la ley al extremo.

Y con estos mimbres Jean Pier Melville nos deja un Polar francés silente pero enérgico, una película de miradas y gestos, de tugurios sombrios y tristes donde el juego y el humo hacen de perfecto contraste con el lujo, calor y color de las salas de fiesta.

Todo esto como atrezzo del poema desgarrador de un hombre solitario, Jeff Costello (Alain Delon), un sicario a sueldo del hampa parisina que asesina cumpliendo órdenes, por contrato. Engañado por sus socios, tiene que defenderse en dos frentes: contra la policía y contra sus cómplices. Se organiza entonces una implacable caza, todos contra un solo hombre que habita o más bien dormita en una habitación que simplemente es una cara con dos ventanas verticales que hacen de ojos, los reflejos de estas dibujan en el techo las cejas, una jaula sobre una mesita la nariz y la boca mohína, con una cama sin cabecero. Una habitación hierática, apagada, solitaria donde las paredes se confunden porque todo está bajo una pátina de desgaste físico. No es que se vea enmohecido o descorchado, es más bien que no existe contorno. Como el camuflaje de los animales en la selva. Del tigre.

El único movimiento es el del humo apenas diluido, suspendido entre las cuatro luctuosas paredes. Como el plano general permanece inmóvil, no nos queda más que adivinar el cigarrillo. Quizás hasta ese momento ni apreciabas una silueta tumbada en la cama. Su trazo queda también difuminado, ocultado por las sombras de una habitación casi obstinada a ser inerte. Casi… porque un pequeño pájaro pía durante dos minutos. Insidioso en su proceder, crea el contrapunto de la escena y al mismo tiempo el contrapunto de la escena final de la historia.

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