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DOMINO de Brian De Palma y la confirmación de la destrucción cine

Hace menos de 2 años un consorcio de inversores europeos decidieron crear una película sobre el terrorismo islámico que fuese firmada por varios paises entre los que se encontraban Alemania, Francia, Italia, Holanda e incluso España y alguno más. Para ello recurrieron a actores conocidos como Nikolaj Coster-Waldau, Carice van Houten o Guy Pearce y para la dirección con nada más y nada menos que Brian De Palma. Lo curioso es que cuando uno ve el filme lo primero que nota es la firma y el genio de De Palma. El empezar es una suerte hitchconiana de ‘Vértigo’ y ‘Atrapa un Ladrón’ y el final es puro De Palama con una secuencia largisima donde solo existe banda sonora y la inquietante cámara subjetiva del director (incluido el recorte de prismáticos) que tantas veces hemos en películas de su filmografía como ‘Los Intocables de Eliot Ness’, ‘Corazones de Hierro’ y un largo etcétera.

Hasta aquí todo bien excepto por un pequeño detalle: la película fue filmada con un eqiupo de cámaras e iluminación que no llegaban ni a semi-profesional. ¿El resultado? Una película que no se puede llamar película por su ausencia de textura fílmica, profundidad de campo, etalonaje, color, luz, optica e incluso me atrevería decir que fotogramas (ya que dudo que este filmada a 24 fotogramas). ¿El por qué? Pues porque simplemente un grupo de inversores que igual invierten en cine que en Uber decidideron crear una «película (realmente una telemovie o fan film)» donde el riesgo fuese mínimo y las ganancias máximas, y para ello que mejor que recurrir a equipo semiprofesional que abaratase costos aunque por el camino la experiencia cine muriera antes de ser gestada. Esto cada vez lo estamos viendo más en producciones de Netflix, Amazon, Disney+ y similares y el objetivo es, hacer que el nuevo espectador abandone o incluso no conozca lo que es la textura cinematográfica:

En la composición cinematográfica (como en la fotográfica y en la pictórica), existen geometrías tales como el punto, la línea, la zona áurea, etc., que conforman la imagen de un modo organizado, poniendo en armoniosa relación todos los elementos del plano. Pero además de esos referentes espaciales existen elementos que son fundamentales y muy necesarios: La luz, la textura y el color.

La luz es un elemento fundamental en la composición principalmente por su capacidad para determinar el significado de una imagen y para expresar emociones. Sin luz no hay cine.

El color proporciona mayor adecuación de la imagen a la realidad, ya que el mundo es en colores, pero al mismo tiempo brinda una más amplia libertad para el juego creativo, ya que el cine también busca su propia coherencia y por ello, en ocasiones, manipula el color alejándose del realismo.

La textura está formada por el movimiento de la imagen (24 fotogramas) el relieve, las líneas y la forma en que se expresa la imagen, entre otras.

Estos elementos forman la arquitectura de luces, sombras y tonos de las imágenes cinematográficas que lo alejan de la realidad para crear su propia geografía o existencia como ocurre en un cuadro de Van Gogh, Rembrant, Vermeer, Picasso o cualquier genio de la pintura. Su uso, según sea efectista o realista, influye sin duda en la belleza del filme, el carácter que le imprime el creador y a la postre en la promoción de determinadas emociones en el espectador.

Una vez eliminado el handicap que supone crear una imagen original y propia como es la que ha tenido el cine hasta ahora, es el momento de recurrir a material de filmacion económico como son cámaras de bajo coste e incluso hasta telefónos móviles (Apple todavía nos quiere convencer que con un iPhone su puede grabar un filme de verdad). Así con un público aturdido e idiotizado el cine será mucho más rentable para todas esa jauría de inversores encorbatados que les importa una mierda el arte o la evolución de la especie humana.

Domino en digital
Corazones de Hierro en celuloide
Los Intocables de Eliot Ness en celuloide

Y ya que estamos con Domino de Brian De Palam, decir que no es ninguna novedad que la última obra de Brian De Palma se reciba con rechazo, la mayoría de sus películas (ahora) más populares fueron acogidas, en el mejor de los casos, con tibieza. Probablemente, las únicas excepciones fueron Carrie, Vestida para matar y Los intocables, lo cual es absolutamente ridículo en una de las filmografías más coherentes y sólidas del cine americano en el último medio siglo.

Si a este patrón le añadimos una producción caótica e incluso los interrogantes de hasta qué punto intervino De Palma en el proceso, ya tenemos la tormenta perfecta para un blanco fácil. Lo cierto es que, si se conocen razonablemente las constantes de su filmografía, sus temas y su manera de entender el cine, Domino es inequívocamente depalmiana y, además, entronca a la perfección con el conjunto de películas que ha rodado este siglo, ya fuera de la industria hollywoodiense, de la que salió por su carácter rebelde e independiente.

Domino es una fusión precisa entre el thriller loquísimo y pulp que tanto gusta a De Palma y en el que se ha prodigado toda su carrera (Hermanas, Vestida para matar, Impacto, Doble cuerpo, En nombre de Caín, Femme Fatale, Passion, etc) y el vanguardismo del uso de las tecnologías en la guerra y el terrorismo islámico que significó su película Redacted (que a su vez, ya era un pseudo-remake en clave no dramatizada de la muy moral Corazones de hierro), por lo que el tono de la película es casi imposible, casi una cuadratura del círculo y uno de los mayores factores de rechazo, ya que es arriesgadísimo realizar una obra de género puro (con villanos que podrían salir en una de Indiana Jones) con una crítica y una reflexión muy madura sobre un tema tan serio y doloroso como es el terrorismo islámico. De Palma lo consigue gracias a su exquisita puesta en escena, su respeto por el punto de vista, su diseño de la arquitectura de la escena, su reparo en los objetos que tendrán incidencia en la trama, su capacidad para crear tensión entorno a un clímax y a que sigue siendo el mejor localizando espacialmente la acción, es imposible que el espectador se pierda en alguna de sus «set pieces», quizás muchos, acostumbrados a la epilepsia moderna, lo encontrarán anticuado, pero el clasicismo asumido y evolucionado de este veterano es de una pulcritud y una capacidad técnica admirable a sus casi 80 años. Muy pocos son capaces de crear una atmósfera de tanta fascinación por un momento determinado como en el clímax de esta película, algo que ya se puede rastrear en otras como En nombre de Caín y Femme fatale.

En cuanto a los temas de la película, De Palma consigue filtrar apuntes muy interesantes entorno a la importancia para los terroristas de filmar la barbarie más que la barbarie en sí, la venganza como motor de una espiral de violencia de estado y, en general, una inteligente sátira sobre el cinismo de las agencias de inteligencia en su manera de actuar. Lo más curioso, quizá por su edad, quizá por las condiciones del rodaje, es la distancia con la que narra los acontecimientos, casi se parece a la última etapa de Fritz Lang en la que no había énfasis en las emociones de los personajes y, sin embargo, todos tienen sus motivaciones y su arco, pero De Palma los retrata como una pequeña parte de un engranaje cínico del que forman parte sin saberlo.

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Autor y director de las webs: Videoclub Cinematte Flix, Lucenpop y Passionatte

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