‘Black Cobra’: la trilogía de furia, plomo y cuero que rugió desde Italia

Hay sagas que nacen del cálculo milimétrico de grandes estudios, y otras —más hermosas, más crudas, más verdaderas en su impudicia— que brotan del deseo inconfesable de explotar sin rubor los aciertos ajenos. La trilogía Black Cobra (1987, 1989, 1990), filmada en la Italia terminal de los años ochenta, pertenece a este segundo linaje: el del cine bastardo, delirio de videoclub, donde el cartucho de la Beretta vale más que la lógica y donde la sombra de Cobra (George P. Cosmatos, 1986) se proyecta como un tótem a imitar sin permiso.

Dirigidas por los artesanos low budget Stelvio Massi (el primero), Edoardo Margheriti (el segundo) y Umberto Lenzi (el tercero, bajo pseudónimo), las tres entregas de Black Cobra componen una rara gema dentro del cine exploitation italiano, esa gloriosa tradición de falsificadores con talento y desvergüenza. Y al frente de este aquelarre policial tenemos a Fred Williamson, ex jugador de fútbol americano y eterno macho alfa del blaxploitation, convertido aquí en el teniente Robert Malone: un policía de métodos expeditivos, mandíbula de acero y chaqueta de cuero eterna, que dispara antes de que los títulos de crédito hayan terminado de aparecer.

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Black Cobra (1987): el clon nace con bigote

La primera película es casi un calco plano por plano de Cobra, aquel monumento ochentero donde Stallone limpiaba las calles con su revólver y sus gafas negras. Aquí, Fred Williamson se enfrenta a una secta urbana de motoristas asesinos mientras protege a una bella fotógrafa testigo de un crimen. La urbe está podrida, la justicia es un chiste, y sólo Malone parece dispuesto a repartir justicia con una velocidad que bordea la teletransportación.

Rodada con descaro en Filipinas pero ambientada falsamente en Estados Unidos, la cinta tiene esa textura granulosa y nocturna del cine de acción más honesto: persecuciones imposibles, diálogos lapidarios, planos de relleno y una banda sonora que suena a sintetizador abandonado en un callejón. Es barata, sí. Pero también hipnótica. Porque hay una extraña pureza en su tosquedad: todo es sencillo, directo, sin rodeos ni ironías.

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Black Cobra 2 (1989): Manila, el regreso

En la segunda entrega, Malone es enviado —porque sí— a Filipinas para formar parte de un programa de intercambio entre policías. Allí, la trama gira hacia el buddy movie, al juntar a Williamson con un agente local, y lo que sigue es una sucesión de secuestros, peleas, corrupción y trajes arrugados bajo el calor tropical. La película se vuelve más aventurera, más soleada, menos noir y más Indiana Jones de saldo, pero conserva la fuerza de su actor principal: Williamson no actúa, impone. Sus frases suenan como profecías, sus puñetazos como clímax argumentales.

La cámara de Edoardo Margheriti intenta elevar la puesta en escena con cierto dinamismo (más grúas, más exteriores), pero lo que verdaderamente sostiene el film es su ritmo constante de acción. No hay minutos muertos. O alguien huye, o alguien dispara, o alguien lanza un chiste mientras otro cae por una ventana.

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Black Cobra 3: The Manila Connection (1990): del noir al commando

La tercera entrega da un giro total: ahora Malone es un operativo casi clandestino, en una selva armada de conspiraciones, mercenarios, explosiones y helicópteros de alquiler. La película abandona cualquier pretensión urbana y abraza el estilo de Commando, Strike Commando y otros delirios selváticos del actioner ochentero tardío. Williamson, ya totalmente convertido en mito, sobrevive a explosiones, tiroteos y traiciones con la facilidad de quien camina por su barrio.

Umberto Lenzi, maestro del cine de explotación, dirige esta tercera entrega con pulso firme y sin la más mínima concesión a la lógica. Aquí todo es exceso: más tiros, más músculo, más frases lapidarias. Es cine para ver con cerveza en mano y la nostalgia encendida. No pide comprensión: pide complicidad.


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Epílogo: Fred Williamson, la leyenda imperturbable

Black Cobra no es una gran trilogía en sentido clásico, pero sí es una cápsula perfecta del espíritu VHS. Una saga que nunca engañó a nadie: no prometía profundidad, ni verosimilitud, ni arte elevado. Prometía acción, rudeza y un protagonista que parecía cincelado por un dios menor del Olimpo del cool. Y cumplió.

Fred Williamson atraviesa las tres películas como un tótem impasible: es el mismo en Manila que en Nueva York, el mismo con camisa blanca o con granadas en la mano. Nunca se despeina, nunca pierde el control, nunca duda. Es la encarnación de una época: un justiciero sin pasado, sin debilidades, sin presupuesto… pero con un carisma que aún hoy podría apagar las luces de cualquier producción de Marvel.

Black Cobra no es una joya del cine. Es una joya del impulso. Y como tal, merece ser recordada.

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