Hay películas que nacen para el prestigio… y otras que vienen al mundo envueltas en humo de pólvora, sintetizadores estridentes y trajes imposibles. Lady Battle Cop (1990) pertenece con orgullo a esa gloriosa estirpe de artefactos audiovisuales que hoy llamamos “trash oriental” con una mezcla de ironía, cariño y reverencia secreta. Porque bajo su superficie de serie B desatada late un corazón estético que, visto desde el presente, resulta casi profético.
La premisa es puro cómic de madrugada: una joven es brutalmente atacada por una banda criminal y rescatada —o reconstruida— por una organización gubernamental que decide convertirla en arma futurista contra el crimen. Así nace Lady Battle Cop, mitad mujer, mitad ingeniería punitiva, envuelta en una armadura que parece diseñada por un fan de Robocop con presupuesto de videoclip y alma de manga cyberpunk.
Pero lo fascinante no es la historia, sino la textura. La película está bañada en ese neón sucio tan característico del Japón de finales de los 80, donde el futuro se imaginaba como una mezcla de discoteca, fábrica abandonada y pesadilla tecnológica. Cada escenario parece sudar luz artificial: túneles industriales, laboratorios clandestinos, guaridas criminales que combinan chatarra, humo y focos de colores como si el apocalipsis hubiese sido decorado por un iluminador de conciertos.

El diseño del traje de la protagonista merece capítulo aparte. Es rígido, brillante, incómodo a la vista… y absolutamente magnético. No busca realismo, sino iconografía. Lady Battle Cop no es creíble: es un póster andante, una figura de acción en movimiento, un fetiche visual de la era del VHS. Su mera presencia en plano convierte cualquier pasillo mugriento en pasarela futurista.
Desde el punto de vista fílmico, la obra funciona como un cruce salvaje entre tokusatsu, cine de acción directo a vídeo y pesadillas electrónicas heredadas de Tetsuo. Los efectos especiales prácticos —explosiones físicas, chispas reales, prótesis mecánicas— poseen esa torpeza encantadora que hoy se ha vuelto casi lujosa. Cada disparo ilumina de verdad, cada impacto levanta polvo auténtico. Nada flota en la irrealidad pulida del píxel: aquí todo pesa, incluso lo absurdo.

La narrativa avanza a golpes, sin demasiadas sutilezas, pero con una energía casi punk. No hay tiempo para la psicología cuando puedes tener otra persecución, otro tiroteo, otro enfrentamiento en un decorado que parece construido con restos de otros rodajes y mucha imaginación. Esa urgencia es parte de su encanto: el film se siente como si pudiera descarrilar en cualquier momento, y justo por eso resulta vivo.
Vista hoy, Lady Battle Cop es una cápsula de una época en la que el futuro se soñaba con cables a la vista, hombreras imposibles y villanos operísticos. Es cine nacido en los márgenes industriales, lejos del prestigio, pero cerca de la libertad visual. Una obra donde el mal gusto se convierte en estilo y la limitación presupuestaria en estética propia.

En el gran museo secreto del cine trash oriental, esta guerrera metálica ocupa un pedestal de neón parpadeante: no como reliquia vergonzante, sino como testimonio de cuando la imaginación desbordaba a la lógica… y el videoclub era la verdadera academia del cine fantástico.















