Videoclub Gratis | LA REINA DE NUEVA YORK

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Para evitar que le dejen en la sección de obituarios -a donde fue enviado como castigo-, el corresponsal del Morning Star, Wallace Cook (Fredrich March), convence a su jefe Oliver Stone (Walter Connolly), para que lo deje ampliar la noticia del envenenamiento por radio que se dice sufrió una mujer de Warsaw, Vermont, llamada Hazel Flagg (Carole Lombard), y queriendo sacar provecho del caso, la mujer es traída a Nueva York con la venia de su médico, y tras publicitar ampliamente su caso para despertar la sensibilidad del pueblo… una buena sorpresa se les tiene guardada.

Hubo una vez un tiempo, que ninguno de nosotros vivió y que muchos, sin embargo, añoramos cada vez que salimos de una sala de cine, en que las comedias de Hollywood no sólo no tenían por qué ser los insípidos platos precocinados y recalentados que son actualmente, sino que eran películas hechas con el primor y la profesionalidad que hoy parece destinarse, únicamente, a bobadas supuestamente profundas y turbadoras que resultan ser luego simples paseíllos de gaseosa solemnidad por la epidermis de asuntos de lo más nimios y sobados. ¿Qué chicles blandengues y bobalicones no estirarían y estirarían hasta la náusea (y, ¡Dios mío!, con música de Björk) algunas de las vacas sagradas del cine actual con periodistas sensacionalistas al borde del despido y brutalmente sometidos a su codicioso e insensible director, pobres chicas de pueblo asfixiadas por el mundo en el que viven, enfermedades terminales, intentos de suicidio, médicos más fieles al whisky o el dinero que al juramento hipocrático, una ciudad y una sociedad que crean, usan y tiran a la basura a sus héroes cuando sus cinco minutos de gloria han pasado ya?
Pero conviene no olvidar que esta película, en su versión original, se titula “Nada es sagrado”. Y es que las cosas, entonces, se hacían así: se cogía al periodista, al director, a la chica de pueblo, al médico, la enfermedad, el suicidio y la ciudad, se introducían en una coctelera, se agitaban con mimo y se servía el resultado, bien frío, con una rajita de limón y una aceituna. Tal vez sea cierto que no es el mejor de los combinados que ideó la década de los 30, aunque se halle, sin duda, entre los más notables, y que la ha perjudicado ese color aplicado a brochazo limpio tan propio de la época, pero es un trago corto, de apenas 75 minutos, repleto de chispeantes burbujitas, que refresca, relaja, pone de buen humor y es de fácil digestión. Y conste que no estamos de acuerdo con que no haya nada sagrado: nada es sagrado, salvo Carole Lombard, esa diosa que vivió 33 años en la Tierra y regresó en avión al Olimpo.

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