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Santiago Segura vuelve a demostrar que entiende mejor que nadie al gran público
El circo del poder en clave de chiste grueso
Hay cineastas que trabajan la forma como un orfebre trabaja el oro. Y hay otros que, sin apenas pulir el metal, descubren que basta con hacerlo brillar lo suficiente para que una multitud lo compre. En ese segundo territorio habita, con una habilidad casi instintiva, Santiago Segura: un director cuya gramática visual rara vez abandona la modestia televisiva, pero que posee una intuición sociológica extraordinaria para detectar el pulso del público mayoritario.
Su nueva entrega —un artefacto cómico construido con materiales de sátira política y esperpento mediático— vuelve a demostrar ese extraño talento. No hay en ella virtuosismo formal ni ambición estética. La puesta en escena es funcional, casi descuidada, como si el cine fuese simplemente un recipiente para la broma inmediata. Sin embargo, en ese aparente desaliño se esconde una precisión quirúrgica: Segura sabe exactamente a quién habla y qué resortes debe activar para arrancar la carcajada.
La película levanta un espejo deformante de la política española contemporánea. En él desfilan caricaturas transparentes de Pedro Sánchez, Isabel Díaz Ayuso, Pablo Iglesias, Santiago Abascal, incluso el fantasma mediático de Donald Trump, todos reducidos a figuras grotescas que parecen escapadas de un plató de tertulia vespertina. El resultado recuerda menos a la tradición de la sátira cinematográfica que al carnaval permanente de la televisión de cotilleo: un país convertido en espectáculo, una política transformada en circo.

Bajo el ruido de las bromas se desliza, sin embargo, una intuición más amarga. La película insinúa que los políticos visibles no son más que actores de reparto dentro de una maquinaria superior. Un estrato de poder difuso —corporativo, tecnológico, económico— movería los hilos de ese teatro público donde el ciudadano común ocupa el último peldaño de la jerarquía: la condición de figurante. No es casual que el film pueda sugerir cómo una empresa de movilidad como Uber parece ejercer, en la práctica, más autoridad sobre la vida urbana que la propia alcaldía.
Nada de esto convierte a la obra en cine imprescindible. Para el espectador que busca lenguaje, textura o riesgo artístico, la película resultará más bien un producto funcional, concebido para el consumo rápido y el olvido inmediato. Pero sería ingenuo despreciar su eficacia sociológica. Segura ha comprendido algo que muchos autores ignoran: que el público mayoritario no busca necesariamente cine, sino complicidad.
Y esa complicidad se construye hoy en el territorio del meme, de la broma que podría circular mañana por TikTok, de la caricatura política que cabe en un titular. Allí, en ese ecosistema de humor inmediato y digestión veloz, la película encuentra su verdadera razón de ser.
Puede que no eleve el arte cinematográfico. Pero confirma algo que la taquilla recuerda una y otra vez: quien sabe hablar el idioma de la multitud, incluso con frases simples, termina llenando las salas.















