Eleine Marlowe, la primera novela cinematográfica de la historia
La noche en Chicago tenía el color del humo barato y de los secretos mal guardados. Los trenes cruzaban la ciudad como animales metálicos, dejando en el aire un rumor de hierro y distancia. En uno de los barrios olvidados, junto a la vieja Union Station donde el tiempo parecía detenerse entre silbidos y vapor, vivía Eleine Marlowe.
Su apartamento estaba pegado a los raíles, en un edificio cansado que había visto demasiados inviernos. La habitación donde trabajaba —y a veces dormía— nunca conocía la verdadera oscuridad. Desde la calle, un viejo neón de Sprite derramaba una luz verde sobre la fachada, una luz líquida que se filtraba por las persianas y convertía el cuarto en un pequeño acuario nocturno. Pilsen y la zona de Lower West Side junto al rio eran así.
Allí, entre archivadores torcidos, una mesa de madera arañada y una Underwood Rhythm Touch que sonaba como un tren en miniatura, Eleine reconstruía vidas ajenas. Tenía la obstinación de quien no sabe rendirse y la belleza peligrosa de quien lo sabe.
En los bares de la ciudad decían que sus ojos podían desarmar a un mentiroso antes de que terminara la frase. Otros aseguraban que era su paciencia lo que resultaba realmente inquietante: Eleine podía esperar horas, días si era necesario, sentada en un coche bajo la lluvia, observando una puerta que tarde o temprano acabaría por abrirse.
Aquella noche, mientras el último tren de mercancías cruzaba la estación dejando un eco profundo en los cristales, Eleine encendió un cigarrillo y revisó una fotografía sobre la mesa. Un hombre sonreía en ella con la falsa tranquilidad de quien cree haber escapado.
La luz verde del neón bañaba su rostro, dibujando sombras suaves sobre sus pómulos.
Eleine Marlowe suspiró.
En Chicago, incluso la belleza tenía que aprender a ser peligrosa. Y ella llevaba años practicando. Tras eso, tomó su baño diario y su vaso de Old fashioned.
El golpe en la penumbra
La ducha había dejado en el baño un leve perfume a jabón barato y vapor. Eleine Marlowe se secó el cabello con una toalla áspera mientras el neón verde que colgaba en la fachada seguía derramando su luz sobre el apartamento. A aquella hora de la noche, su habitación parecía el camarote de un submarino perdido en la ciudad.
Se vistió despacio: medias oscuras, falda de lana, una blusa clara y el abrigo gris que había sobrevivido a demasiados inviernos de Chicago. Sobre la mesa la esperaba su bolso de cuero, una libreta, un lápiz y una pequeña pistola que rara vez tenía que usar, pero que prefería no dejar sola en casa.
Los trenes pasaban cerca, tan cerca que las tazas de la cocina vibraban suavemente en el armario.
Eleine estaba a punto de apagar la luz cuando lo oyó.
Un sonido.
No era el rumor habitual del edificio ni el crujido viejo de la madera. Era algo más pequeño… más deliberado. Un leve golpe metálico, como si alguien hubiese rozado una cucharilla contra el borde de una taza.
El ruido venía de la cocina.
Eleine se quedó inmóvil en mitad del salón. La luz verde del neón dibujaba su silueta en la pared como una figura recortada en agua oscura. Durante unos segundos no hizo nada. Solo escuchó.
Silencio.
Luego, otro pequeño ruido.
Esta vez no había duda.
Alguien estaba dentro.
La detective avanzó lentamente por el pasillo, descalza sobre el suelo frío para no hacer ruido. Con una mano abrió el bolso y sacó la pistola. No apuntaba todavía, pero la sostenía con la naturalidad de quien ha aprendido que la ciudad nunca duerme del todo.
La puerta de la cocina estaba entreabierta.
Desde dentro llegaba la misma luz verde que inundaba todo el apartamento. El neón hacía que los azulejos brillaran como si estuvieran bajo el agua.
Eleine empujó la puerta con dos dedos.
Y entonces lo vio.
La ventana estaba abierta, balanceándose suavemente con el viento nocturno. Sobre la mesa, junto al fregadero, una taza había sido desplazada unos centímetros. Y sobre el suelo, húmedo por la lluvia reciente, quedaban las huellas oscuras de unas pisadas.
Huellas que entraban por la ventana.
Pero no salían.
Eleine levantó lentamente la mirada.
Detrás de ella, en el reflejo verde del cristal del horno, una sombra acababa de moverse.
El sonido de Jazz
Eleine giró con rapidez, la pistola firme pero sin disparar.
La sombra volvió a moverse.
Durante un segundo que pareció eterno, la detective se ralentizó. En Chicago, muchas historias terminaban mal en cocinas como aquella: con un ruido inesperado, una puerta mal cerrada y alguien esperando en la penumbra.
Pero entonces la figura saltó desde la encimera.
Un gato.
Aterrizó con elegancia sobre el suelo, con el pelo gris oscuro como el carbón húmedo de las locomotoras. Sus ojos rojos parecían encendidos bajo la luz verde del viejo neón de Sprite, que seguía parpadeando fuera, derramando aquel resplandor casi submarino sobre el apartamento.
Eleine bajó lentamente la pistola.
—Fantástico… —murmuró—. Me he vestido para una emboscada y resulta que solo eres tú.
El gato la observó con esa paciencia antigua que tienen los animales callejeros, como si la ciudad les hubiera enseñado todos sus secretos. Tenía el pelaje húmedo, seguramente de haber cruzado los tejados bajo la niebla del lago.
Eleine cerró la ventana y se acercó a la mesa.
Las huellas de barro estaban allí, pequeñas, redondas. El animal debió de entrar buscando calor o comida, atraído quizá por el olor del café frío o por la luz perpetua que convertía el apartamento en un faro extraño entre los edificios cansados del barrio.
La detective abrió una lata de sardinas olvidada en la despensa.
El gato no se acercó de inmediato. Primero caminó con cautela, inspeccionando la habitación como un investigador silencioso. Luego saltó a la mesa y empezó a comer con una concentración admirable.
Eleine lo observó apoyada en el marco de la puerta.
A lo lejos pasó otro tren. El sonido del acero rodando sobre los raíles vibró en los cristales y atravesó el apartamento como un recuerdo.
—Escucha, compañero —dijo ella mientras encendía un cigarrillo—. Si vas a quedarte aquí tendrás que acostumbrarte al horario nocturno.
El gato levantó la cabeza un instante, como si considerara seriamente la propuesta.
La luz verde seguía bañando la cocina.
Y en ese momento, justo cuando Eleine empezaba a relajarse, alguien llamó a la puerta del apartamento.
Tres golpes lentos.
No eran los nudillos nerviosos de un vecino.
Ni el golpe torpe de un borracho.
Eran golpes firmes. Calculados.
Golpes de alguien que sabía perfectamente a quién venía a buscar.
Eleine apagó el cigarrillo en el fregadero.
El gato, sin dejar de comer, movió apenas la cola.
Y la detective volvió a coger la pistola.
Pero aquella noche algo en su interior cambió. Tal vez fue el silencio que siguió a los golpes. Tal vez el cansancio acumulado de demasiadas noches persiguiendo sombras. O quizá simplemente la presencia tranquila de aquel gato de ojos encendidos, que comía con la serenidad de quien conoce bien el ritmo secreto de la ciudad.
Eleine caminó hasta la puerta.
Se quedó allí unos segundos, escuchando.
Nadie volvió a llamar.
Ni pasos en el pasillo.
Ni ascensor.
Ni el jadeo impaciente de alguien esperando al otro lado.
Solo el murmullo lejano de otro tren cruzando la noche de Chicago.
La detective guardó la pistola.
—No esta noche —susurró.
Regresó a la cocina y se sentó frente a la mesa. El gato ya había terminado las sardinas y ahora la observaba con esa mirada roja que parecía contener un pequeño incendio doméstico.
Eleine abrió otra lata.
—Está bien —dijo con una media sonrisa—. Supongo que un detective siempre necesita un socio.
El animal parpadeó lentamente, como aceptando el acuerdo.
Fuera, el neón de Sprite siguió derramando su luz verde sobre la fachada, sobre las vías del tren y sobre el pequeño apartamento donde, sin saberlo todavía, acababa de comenzar una amistad improbable.
Una detective cansada.
Y un gato de ojos encendidos que había elegido exactamente la puerta correcta aquella noche.
Cuando la ciudad empieza a oscurecer
La noche fue deslizándose con la lentitud con la que pasan las cosas importantes: sin ruido, casi sin darse cuenta.
Eleine permaneció un buen rato sentada en la cocina, observando al gato mientras terminaba las sardinas con una dignidad casi profesional. Afuera, los trenes continuaban cruzando la ciudad de Chicago, arrastrando vagones llenos de mercancías, historias y destinos que no siempre llegaban a buen puerto.
El neón de Sprite parpadeó un instante y volvió a estabilizar su luz verde. Aquella iluminación extraña seguía transformando el apartamento en un pequeño mundo submarino donde todo parecía moverse con una calma diferente.
—Bien, socio —dijo Eleine mientras se levantaba—. Creo que por hoy hemos resuelto el caso más complicado de la noche: alimentar a un intruso.
El gato respondió con un breve maullido grave, más cercano a una opinión que a una queja.
La detective apagó las luces de la cocina y caminó hacia el dormitorio. El apartamento era pequeño, apenas dos habitaciones y un pasillo estrecho que olía siempre a madera vieja y café. En la distancia volvió a escucharse el silbido de una locomotora.
Eleine dejó el abrigo en la silla.
La noche había sido larga y el cansancio se le había instalado en los hombros como una segunda piel. Como hacía casi siempre al final del día, se desvistió lentamente, dejando la ropa doblada sobre la misma silla donde tantas veces reposaban también sus dudas y sus casos a medio cerrar.
La luz verde seguía filtrándose por las persianas.
Se deslizó entre las sábanas desnuda, disfrutando por un momento del silencio del apartamento. Durante años había terminado las noches así: sola, con el murmullo lejano de los trenes como única compañía.
Pero aquella noche algo era distinto.
Un pequeño salto sobre el colchón.
Eleine giró la cabeza.
El gato gris oscuro acababa de instalarse a los pies de la cama, enroscándose con la elegancia tranquila de quien ha decidido que ese lugar le pertenece desde siempre. Sus ojos rojos, aún encendidos por la luz verde del neón, brillaban como dos diminutas brasas en la penumbra.
Eleine dejó escapar una breve risa cansada.
—Vaya… —murmuró—. Así que no estaba sola después de todo.
El gato cerró los ojos con absoluta serenidad.
Afuera, otro tren atravesó la noche de Chicago, y en aquel pequeño apartamento junto a la vieja estación, bajo la luz verde que nunca se apagaba del todo, comenzó sin ceremonia la más improbable de las compañías.
La luz verde de Eleine Marlowe (un nuevo día)
El amanecer en Chicago no entraba por las ventanas: se insinuaba. Primero como un gris tenue entre las persianas, luego como una claridad tímida que competía con el eterno resplandor verde del neón de Sprite que colgaba frente a la fachada.
Eleine Marlowe abrió los ojos.
Durante un instante no recordó dónde estaba. Aquella era una de las pocas ventajas de dormir poco: los despertares tenían siempre un aire de pequeño misterio.
Entonces lo sintió.
Un peso ligero sobre sus pies.
Bajó la mirada. El gato gris oscuro seguía allí, perfectamente enrollado sobre la manta como si hubiera firmado un contrato de alquiler nocturno. Sus ojos rojos se abrieron lentamente, dos brasas tranquilas que parecían estudiar a la detective con un interés científico.
—Buenos días, socio —murmuró Eleine.
El gato no respondió. Los gatos nunca responden; simplemente conceden su presencia.
Eleine se levantó de la cama y caminó hacia el baño. El apartamento seguía lleno de aquel resplandor verdoso que convertía las mañanas en algo parecido a una madrugada que se negaba a marcharse.
Abrió la ducha.
El agua caliente comenzó a caer con un sonido constante, casi hipnótico. Eleine se metió bajo el chorro y cerró los ojos. Durante unos minutos el mundo quedó reducido a vapor, agua y silencio. Las calles, los casos sin resolver, los hombres que mentían demasiado y las mujeres que mentían mejor… todo quedó suspendido en aquella pequeña lluvia privada.
Cuando salió del baño, el apartamento olía a jabón y a café recién hecho.
El gato estaba sentado sobre la mesa de la cocina, observando con atención una cuchara que se balanceaba lentamente tras el paso de un tren cercano.
—Te advierto —dijo Eleine mientras servía el café—, mi oficina no paga salario a los socios nuevos.
El gato movió la cola con una indiferencia majestuosa.
La detective se vistió con la elegancia práctica que exigía su oficio: falda oscura, camisa clara, medias resistentes y sin aquel abrigo gris que ya conocía demasiadas noches de vigilancia. En el bolso guardó su libreta, la pequeña pistola y un lápiz que siempre parecía más optimista que los casos que anotaba.
Antes de salir, se detuvo en la puerta.
El gato la observaba desde la mesa.
—Escucha —dijo Eleine—. Si vas a quedarte aquí, tendrás que cuidar del apartamento.
El animal parpadeó lentamente, como si aquella responsabilidad no le pareciera demasiado exigente.
Eleine sonrió.
Abrió la puerta y salió al pasillo. El edificio olía a tabaco viejo y a madera húmeda. Desde la calle llegaba el rumor metálico de los trenes y el murmullo lejano de la ciudad que despertaba.
La detective descendió las escaleras.
Un nuevo día comenzaba en Chicago, y en algún lugar entre sus avenidas alguien mentía, alguien desaparecía o alguien necesitaba encontrar una verdad que prefería seguir escondida.
Eleine Marlowe encendió un cigarrillo.
Y caminó hacia su oficina de detective privado en el Loop, la catedral del comercio y el asfalto. Entonces ocurrió.
El ruido de un motor.
Un coche apareció al final de la calle, junto a Marshall Field & Company y Carson Pirie Scott y avanzó directamente hacia ella. No redujo la velocidad al principio. El vehículo se acercó con una decisión inalterable.
Eleine no se detuvo.
El coche siguió avanzando hasta colocarse frente a ella.
Los frenos chirriaron.
El automóvil se detuvo exactamente delante de la detective.
Durante un segundo la calle quedó suspendida en un extraño silencio.
Eleine Marlowe expulsó el humo del cigarrillo con calma.
Y miró al conductor.
Las ratas
Hay algo curioso en mi trabajo: siempre acabo rodeada de ratas.
No hablo de las que corretean por las alcantarillas de Chicago, aunque en esta ciudad tampoco faltan. Me refiero a las otras. A las que llevan sombrero, traje barato y una lealtad que dura exactamente lo que tarda en cambiar el viento.
Aquella mañana, mientras caminaba hacia mi oficina con un cigarrillo entre los labios, dos de esas ratas frenaron un coche justo delante de mí.
Venían de parte de Emer el Tuerto.
Sí, ese Emer.
El hombre que gobierna el lado oeste de la ciudad como si fuera un pequeño reino donde la ley se escribe con pólvora y paciencia.
Pero aquella vez no me buscaba por un ajuste de cuentas ni por uno de esos problemas que se resuelven con una pala y un descampado.
Aquella vez era algo distinto.
Su hija había desaparecido.
Lo curioso es que incluso los hombres más peligrosos del mundo conservan una debilidad. Una grieta en la armadura. En el caso de Emer, esa grieta tenía nombre y apellido: su hija.
Y cuando desapareció, decidió hacer algo que nunca había hecho.
Pedir ayuda.
Sus dos mensajeros me dieron una pista antes de desaparecer calle abajo en su coche: un muchacho llamado River.
Un joven que cantaba por las noches en un tugurio llamado Blue Lantern, uno de esos clubes donde el humo, el dinero y los secretos se mezclan hasta que nadie recuerda exactamente quién manda a quién.
Un sitio curioso.
Porque allí se sientan en las mismas mesas los tipos que controlan los sindicatos, los que firman las leyes en el ayuntamiento… y algunos policías que preferirían no aparecer en fotografías.
Según Emer, River podría ser un amigo profundo de su hija.
O al menos eso creían.
Y en una ciudad como Chicago, cuando una chica desaparece y su novio canta en un club lleno de políticos, policías y peces gordos… normalmente significa que alguien ha abierto una puerta que nunca debía abrirse.
Así que allí iba yo.
Una detective privada con demasiado café en el estómago, un gato nuevo en casa y un caso que olía a pólvora desde la primera palabra.
En esta ciudad hay muchas formas de desaparecer.
Pero pocas veces alguien como Emer el Tuerto admite que tiene miedo.
Y cuando un hombre así tiene miedo…
significa que la historia acaba de empezar. 🚬
El Blue Lantern
En Chicago hay bares que nacen para servir whisky barato y desaparecer sin dejar memoria. Y luego están los otros: los que sobreviven lo suficiente como para convertirse en un rumor.
El Blue Lantern pertenecía a la segunda categoría.
No era un lugar elegante. Ni siquiera era un lugar particularmente limpio. Pero tenía algo mucho más valioso que el lujo: discreción. Allí las conversaciones nunca terminaban en los periódicos, y las decisiones que se tomaban entre aquellas paredes solían tener más peso que muchos decretos del ayuntamiento.
Llegué poco antes de la medianoche.
La fachada estaba iluminada por una farola cansada y por un pequeño farol azul que daba nombre al local. La pintura de la puerta se estaba cayendo a pedazos, pero la cola para entrar decía todo lo que había que saber: gente con dinero, gente con influencia… y gente que sabía demasiado.
Empujé la puerta.
El humo del tabaco me recibió como una vieja cortina.
Dentro, el club era un océano de mesas pequeñas, vasos de whisky y conversaciones que se apagaban en cuanto alguien levantaba la voz. Un piano sonaba al fondo, acompañado por una batería suave que marcaba el ritmo de la noche.
Los camareros se movían con rapidez entre los clientes.
En una mesa cercana reconocí a un concejal de la ciudad hablando con un hombre que juraría haber visto salir alguna vez de la jefatura de policía. Más al fondo, un par de empresarios discutían en voz baja mientras una mujer con vestido rojo fingía no escuchar nada.
Así funcionaba el Blue Lantern.
Nadie miraba demasiado.
Nadie preguntaba demasiado.
Me senté en la barra.
—Whisky —dije.
El camarero me observó durante un segundo y luego sirvió el vaso sin hacer preguntas. Era una buena señal. En los lugares verdaderamente peligrosos, la curiosidad no es una virtud profesional.
—¿River toca esta noche? —pregunté.
El camarero limpió el mostrador con un trapo.
—Dentro de unos minutos.
Tomé un sorbo.
El piano dejó de sonar.
Las luces del pequeño escenario se encendieron lentamente.
Entonces apareció él.
River era más joven de lo que esperaba. Delgado, con el cabello oscuro cayéndole sobre la frente y una expresión que parecía haber aprendido demasiado pronto que el mundo no siempre juega limpio.
Se acercó al micrófono con una tranquilidad extraña para alguien rodeado de hombres que podían comprar o destruir una vida con una simple llamada telefónica.
El club guardó silencio.
River comenzó a cantar.
La voz era suave, casi melancólica, como si cada nota llevara escondida una historia que nadie había contado todavía.
Observé a la sala mientras cantaba.
Algunos escuchaban la música.
Otros escuchaban algo muy distinto.
Porque en el Blue Lantern la música era solo una excusa. Lo importante ocurría en las mesas, en los susurros, en los acuerdos que se firmaban con un apretón de manos y una mirada.
Y mientras River seguía cantando bajo la luz azul del escenario, pensé en la hija desaparecida de Emer el Tuerto.
En un club como aquel, una chica podía desaparecer de muchas maneras.
Pero una cosa era segura.
Si River sabía algo…
aquella noche pensaba averiguarlo.
La sombra imposible
En el Blue Lantern todo el mundo conocía a Eleine Marlowe.
En los lugares donde la noche se mezcla con el dinero y la información, la reputación viaja más rápido que el alcohol. Camareros, músicos, jugadores, políticos con corbatas demasiado caras para aquel barrio… todos sabían quién era aquella mujer que acababa de sentarse con River en una mesa apartada del club.
River aunque llevaba muy poco tiempo en la ciudad, también lo sabía.
—Así que tú eres Eleine Marlowe —dijo él, con una sonrisa tranquila—. La mujer que encuentra cosas que otros prefieren no encontrar.
Eleine levantó su vaso.
—Y tú eres el tipo por el que media ciudad parece perder el sueño.
River rió con suavidad.
La conversación fluyó con una naturalidad casi sospechosa. Eleine tenía un talento especial para aquello. Sabía cuándo preguntar y cuándo callar. Sabía cómo sostener una mirada el tiempo justo. Y, sobre todo, sabía beber.
Pero River también tenía sus propios trucos. Llenaba los vasos con generosidad y dejaba que la noche hiciera su trabajo.
Las horas pasaron entre historias, música lejana y vasos que se vaciaban con más rapidez de la aconsejable.
Cuando el club comenzó a apagarse y el piano dejó de sonar, River levantó la vista hacia Eleine.
—Una última copa —dijo—. Mi casa está cerca.
La lluvia había empezado a caer sobre Chicago.
Caminaron juntos por calles brillantes de agua hasta llegar a una zona más tranquila, cerca del Chicago River, donde los muelles y los almacenes convivían con pequeñas casas elegantes.
—Curioso nombre para alguien que vive junto al río —dijo Eleine.
River sonrió.
—Chicago está lleno de ríos… o al menos de historias que acaban en uno.
La casa era pequeña pero refinada. Muebles buenos, madera pulida, cuadros caros en las paredes. Todo indicaba que a River no le iba precisamente mal.
—Ponte cómoda —dijo él—. Voy a quitarme el traje del espectáculo.
Se perdió tras un biombo traslúcido en otra habitación pero visible.
La lámpara del salón proyectaba su silueta contra la tela lechosa del panel. Eleine, con el vaso en la mano, observó en silencio cómo el cantante se cambiaba. La figura que se dibujaba al otro lado del biombo revelaba un físico inesperado, más poderoso de lo que su apariencia delicada hacía pensar.
Eleine arqueó ligeramente una ceja.
Ahora entendía muchas cosas.
La silueta de su cuerpo se dibujó con una claridad casi escultórica al abandonar el biombo y salir en busca de un batín. Fue entonces cuando la sombra reveló un miembro viril de proporciones poco comunes, una visión rara incluso para quien había recorrido con soltura los territorios ambiguos de la noche.
Por la expresión de Eleine resultaba evidente que jamás había contemplado nada semejante, y eso que River se hallaba en el más absoluto estado de reposo. Durante un instante, la curiosidad la tentó a entrar en la habitación, como quien quiere comprobar si algo es real o simple exageración. Sin embargo, la elocuencia de aquella silueta parecía marcar una frontera invisible: no era una invitación, demasiado reposo.
Ahora comprendía algo que antes solo había oído murmurar entre susurros. Aquel hombre de apariencia andrógina, con rasgos casi juveniles —por momentos delicadamente femeninos—, despertaba un deseo feroz allí donde aparecía. No era extraño, pensó Eleine, que incluso la hija del gran capo de la ciudad ardiera por él con una impaciencia casi peligrosa. En River había algo que desafiaba las categorías comunes: un enigma envuelto en carne, mitad misterio, mitad tentación.
River apareció entonces con una bata oscura.
Y fue en ese instante cuando ocurrió.
Una sombra se deslizó por la ventana.
Un destello metálico.
Eleine lo vio primero.
Actuó sin pensar.
Saltó sobre River justo cuando el disparo estalló en la habitación.
El proyectil atravesó la ventana y destrozó una lámpara que explotó en una lluvia de vidrio. O era novato, o no era buen tirador.
El tirador estaba fuera.
Eleine rodó por el suelo, sacó su pistola y se lanzó hacia la ventana. En la calle, una figura corría hacia un coche estacionado.
—¡Eh!
Saltó al exterior bajo la lluvia.
El motor rugió.
Eleine disparó seis veces mientras el vehículo arrancaba con violencia.
Las balas rebotaron contra el metal mientras el coche se alejaba a toda velocidad por la calle mojada.
La detective, algo mareada por el alcohol y la adrenalina soltó el arma ya sin balas, siguió corriendo unos metros más antes de detenerse.
El vehículo desapareció finalmente en la bruma azulada del amanecer que comenzaba a extenderse sobre el Chicago River.
Eleine bajó el arma.
El humo del disparo se mezcló con la niebla del río.
Detrás de ella, River apareció en la puerta de la casa.
—Creo —dijo Eleine, respirando hondo— que alguien no quiere que hablemos demasiado.
El sol empezaba a levantarse sobre la ciudad.
Y en Chicago, cuando alguien dispara al amanecer…
significa que el caso acaba de volverse mucho más peligroso.
La luz verde de Eleine Marlowe (las Steel Lilith)
El amanecer siempre llegaba despacio a Chicago. Primero como una luz azulada sobre los tejados, luego como un reflejo pálido que se colaba entre las chimeneas y los raíles de la vieja estación.
Eleine Marlowe estaba apoyada en el pequeño balcón de su apartamento, con una taza de café en la mano y un cigarrillo apagándose entre los dedos.
A su lado, sentado sobre la barandilla como si siempre hubiese vivido allí, estaba Jazz.
El gato gris oscuro observaba las vías del tren con esa calma filosófica que solo tienen los animales que han decidido no preocuparse nunca por nada.
—Te lo digo en serio, Jazz —murmuró Eleine—. Ese tal River es un hueso duro de roer.
El gato no respondió. Los gatos nunca responden; solo escuchan cuando les conviene.
—Conversar con él fue como jugar al póker con un espejo —continuó ella—. Nada que rascar.
Eleine dio un sorbo al café.
El aire del río traía un olor húmedo y metálico desde el Chicago River, mezclado con el rumor lejano de los primeros trenes del día.
—Pero una cosa tengo clara —dijo finalmente—. River no le ha hecho daño a la hija de Emer el Tuerto.
Jazz movió la cola con una lentitud casi aristocrática.
—Es más —añadió Eleine—. Ese chico la quería. Y no hablo de una de esas historias pasajeras de club nocturno. Hablo de algo… complicado.
Guardó silencio unos segundos.
—Pero también ocultaba algo.
El gato giró la cabeza hacia ella, como si aquello le pareciera una conclusión razonable.
—Y mi historia con River todavía no ha terminado.
Eleine dejó escapar una pequeña sonrisa.
—Quizá por trabajo… o quizá porque me quedé con curiosidad.
Jazz la observó.
—Sí, ya sé —dijo ella—. Tú también tendrías curiosidad de haber visto aquello pender.
El gato parpadeó lentamente.
Eleine soltó una breve risa.
—Digamos que ese chico tiene… presencia escénica incluso cuando no está cantando.
El cigarrillo terminó de consumirse.
Eleine lo lanzó al cenicero del balcón.
—Pero cuando alguien dispara en mitad de la noche, Jazz, las bromas se terminan.
El gato volvió a mirar hacia las vías.
—Y cuando eso pasa —continuó ella— solo hay unos pocos lugares donde ir a hacer preguntas.
Se levantó.
Dentro del apartamento la luz verde del viejo neón de Sprite seguía filtrándose por las persianas como un recuerdo persistente de la noche.
—Hoy toca visitar a unas viejas amigas.
Las Steel Lilith.
Un grupo de mujeres que en otra vida habrían sido leyenda o pesadilla, dependiendo de quién contara la historia.
Moteras.
Rebeldes.
Salvajes.
Y, por supuesto, delincuentes.
Habían tomado posesión de una vieja barriada en el extremo industrial de la ciudad. Un barrio que en los años veinte había sido proyectado como un elegante distrito residencial… hasta que el Crack del 29 dejó los edificios a medio construir y a los inversores huyendo en silencio.
Décadas después, aquel lugar ya no parecía un barrio.
Parecía territorio enemigo.
Calles vacías.
Casas a medio terminar.
Garajes convertidos en talleres de motos.
Y una regla simple que todo el mundo en Chicago conocía: nadie cruzaba esa frontera.
Ni siquiera la policía.
Eleine Marlowe sí.
Porque, por alguna razón que ni siquiera ella entendía del todo —y que tal vez contaría otro día—, las Steel Lilith siempre le habían dejado la puerta abierta.
Y si había alguien en la ciudad que supiera quién había disparado contra River aquella noche…
Eran ellas.
Eleine se puso el abrigo.
—Cuida el apartamento, Jazz.
El gato ni siquiera se molestó en mirarla.
—Volveré antes de que anochezca.
Salió al pasillo.
La ciudad despertaba lentamente, ignorante todavía de que en algún lugar entre sus avenidas alguien había intentado matar a un cantante… y había fallado.
Pero en Chicago, cuando alguien falla un disparo…
normalmente vuelve para terminar el trabajo.
Las calles de las Steel Lilith
Los tacones de Eleine Marlowe murmuraban con un ronroneo grave mientras avanzaba hacia el sur de Chicago. A esas horas de la mañana la ciudad todavía se desperezaba: los primeros camiones de reparto, algún tranvía oxidado arrastrando su lamento metálico y el humo perezoso de las cafeterías abriendo persianas.
Pero cuanto más se alejaba del río y del centro, más cambiaba el paisaje.
Las avenidas limpias se volvían calles de asfalto agrietado. Los escaparates elegantes dejaban paso a ventanas tapiadas. Y el aire mismo parecía más espeso, como si las décadas se hubieran quedado atrapadas entre los edificios.
Eleine sabía exactamente dónde estaba entrando.
Aquella zona había nacido como un sueño inmobiliario en los años veinte: chalés, jardines, avenidas amplias. Un paraíso residencial que nunca llegó a existir cuando el Crack del 29 dejó a medio construir todo lo que prometía prosperidad.
Con el tiempo, el barrio había encontrado otra clase de habitantes.
Las Steel Lilith.
Las motos empezaron a aparecer antes de que el coche llegara al corazón del territorio.
Primero una.
Luego tres.
Después una fila entera de Harley envejecidas, alineadas frente a un edificio de ladrillo desnudo que alguna vez debió ser un club social.
Eleine aparcó despacio.
El motor se apagó.
Y el silencio que siguió fue denso, lleno de miradas invisibles.
Sabía que la estaban observando.
Siempre ocurría.
No había cámaras visibles, ni centinelas evidentes, pero las Steel Lilith tenían una manera casi animal de saber cuándo alguien cruzaba su frontera.
Eleine llegó.
El viento arrastraba el olor a gasolina, cuero y metal caliente.
Un par de mujeres aparecieron desde el interior del edificio. Chaquetas de cuero negro, botas pesadas y esa forma de caminar que no pide permiso a nadie.
Una de ellas mascaba chicle.
La otra llevaba el cabello rojizo y un tatuaje de serpiente que le subía por el cuello.
Se detuvieron frente a Eleine.
Durante unos segundos no dijeron nada.
Era un ritual.
Una forma de medir el aire.
—Marlowe… —dijo finalmente la del chicle.
Eleine se encogió de hombros con naturalidad.
—Buenos días, chicas.
La mujer de la serpiente sonrió apenas.
—No muchos se atreven a venir por aquí tan temprano.
Eleine miró a su alrededor.
—He visto barrios peores.
Las dos moteras intercambiaron una mirada divertida.
—La jefa está dentro —dijo la del chicle.
Eleine alzó una ceja.
—Entonces supongo que el café está listo.
La motera soltó una carcajada breve.
—No cambias nunca, detective. Arrancaron sus motos y se perdieron por el horizonte.
Eleine caminó hacia la puerta del edificio.
Pero antes de cruzarla se detuvo un instante.
El aire, el olor a gasolina, el murmullo de motores apagados… todo aquello le resultaba extrañamente familiar.
Por un momento sintió algo que no esperaba.
Algo parecido a estar de nuevo en casa.
Sonrió apenas.
Luego empujó la puerta.
Las horas siguientes pasaron entre humo de cigarrillos, café demasiado fuerte y el sonido lejano de herramientas golpeando metal.
Las Steel Lilith sabían muchas cosas de la ciudad.
Cosas que nunca aparecían en los periódicos.
Eleine fue directa al asunto: el coche que había disparado contra River frente al apartamento junto al Chicago River.
Al principio las respuestas fueron vagas.
Pero las Lilith no mentían a Eleine.
Solo necesitaban tiempo.
Una matrícula parcial.
Un modelo de coche.
Un par de nombres susurrados entre las mesas.
Cuando el sol empezó a caer, Eleine ya tenía algo sólido entre las manos.
Información suficiente para seguir tirando del hilo.
Y en Chicago, tirar del hilo correcto solía significar que alguien terminaba cayendo.
El atardecer llegó oscuro y pesado.
En la azotea del edificio, la ropa tendida se movía lentamente con el viento de la tarde.
Desde allí se veía el perfil iluminado de Chicago, las torres reflejando los últimos restos de luz mientras la ciudad encendía sus millones de ventanas.
Un par de motos coronaban la azotea, Eleine sentada sobre una, Kitty “la bala” Callahan, la líder de las Steel Lilith sobre la otra.
Durante unos minutos ninguna de las dos habló.
Miraban la ciudad.
—¿Sabes? —dijo Eleine finalmente—. Ya no estoy sola en el apartamento.
Kitty levantó una ceja.
—¿Ah, no?
—Tengo un compañero nuevo.
—¿Un tipo?
Eleine sonrió.
—Un gato.
Kitty soltó una risa grave.
—Eso sí que no me lo esperaba de ti.
—Se llama Jazz.
Kitty asintió despacio.
Luego su expresión cambió.
—Ten cuidado con lo que estás investigando, Marlowe.
Eleine no respondió.
—La desaparición de la hija de Emer el Tuerto… —continuó Kitty—. Ese es uno de esos casos que huelen mal.
—¿Por qué?
Kitty dio un trago a la cerveza.
—Porque no hay información.
El viento agitó las sábanas tendidas.
—Y cuando en esta ciudad no hay información… —añadió— es porque alguien se ha asegurado de que no exista.
Eleine miró el horizonte de luces.
—Eso significa que voy por buen camino.
Kitty la observó unos segundos.
Luego sonrió con una mezcla extraña de dureza y afecto.
—Recuerda una cosa, Marlowe.
Señaló con la botella hacia el edificio.
—Las Lilith siempre te han considerado una de las nuestras.
Hizo una pausa.
—Tú… y tu hermana.
Eleine guardó silencio.
—Siempre seréis como nuestras hermanas pequeñas —continuó Kitty—. Y este lugar siempre será tu casa.
Luego la líder de las Lilith bajó la mirada hacia la ciudad.
—Aunque entre las dos…
La sonrisa volvió a aparecer.
—Tú siempre fuiste mi favorita.
Eleine soltó una pequeña risa.
—No se lo digas a ella, esté donde esté.
—Ya es tarde para eso.
El silencio regresó unos segundos.
Entonces Eleine dijo, casi con tono distraído:
—Por cierto… el tal River.
Kitty la miró.
—¿Qué pasa con él?
Eleine se encogió de hombros.
—Digamos que durante la conversación… vi algo.
—¿Ah sí?
—Algo difícil de olvidar.
Kitty entrecerró los ojos.
—¿Un arma?
Eleine negó lentamente.
—No exactamente.
Una sonrisa pícara cruzó su rostro.
—Pero créeme… por su tamaño, tampoco era algo que se vea todos los días.
Kitty soltó una carcajada que se perdió en el viento de la azotea.
—Una última cosa, Eleine… ¿aún te cambia el color del cabello sin que sepas por qué?
Eleine asintió suavemente.
—Ajá.
Abajo, Chicago seguía encendiendo sus luces.
Y en algún lugar de aquella ciudad interminable, alguien empezaba a darse cuenta de que Eleine Marlowe estaba demasiado cerca de la verdad.
El resort del silencio
La dirección que le habían dado las Steel Lilith no estaba en ningún barrio de Chicago.
Eso ya era una pista.
Eleine Marlowe condujo durante casi una hora dejando atrás los muelles del Chicago River, los polígonos industriales y finalmente los suburbios donde la ciudad comenzaba a diluirse en carreteras secundarias y bosques de robles.
El lugar aparecía al final de un camino de grava.
Una valla alta de madera, reforzada con vegetación espesa, rodeaba toda la propiedad como si ocultara un secreto demasiado peculiar para el mundo exterior.
Un cartel discreto anunciaba el nombre del lugar.
Solarama Zonatan
Eleine ya había oído hablar de sitios como aquel.
En los años cincuenta, los llamados Solarama no se presentaban como clubes nudistas. Eran “campamentos de salud”, lugares donde familias enteras pasaban fines de semana al aire libre siguiendo una filosofía heredada de la Freikörperkultur, la vieja cultura alemana del cuerpo libre.
Nada de escándalos.
Nada de alcohol.
Actividades sanas: voleibol, tiro con arco, paseos por el bosque, cenas comunitarias.
Una moral casi puritana… aunque sin ropa.
Por eso estaban tan bien escondidos.
Las leyes de obscenidad de la época obligaban a rodearlos de vallas y árboles para evitar miradas indiscretas.
Eleine dejó el coche frente a la entrada.
Una mujer mayor le explicó las normas con la naturalidad de quien repite un ritual mil veces al día.
—Una vez dentro de la valla, todo el mundo sigue la filosofía del Solarama.
Eleine suspiró.
—Déjeme adivinar.
—Exacto.
La detective dejó el abrigo sobre una silla de madera.
Minutos después caminaba por el sendero del recinto tal y como había llegado al mundo.
Desnuda.
No era exactamente la forma en que había imaginado su jornada de investigación, pero Chicago siempre encontraba nuevas maneras de sorprenderla.
El lugar parecía más un campamento de verano que otra cosa.
Gente jugando al voleibol.
Parejas conversando en el césped.
Algún anciano leyendo el periódico bajo el sol.
Todo sorprendentemente tranquilo.
La dirección que le habían dado la condujo hasta una pequeña cabaña blanca cerca de un campo de tiro con arco.
Allí la esperaba Donna Moretti.
Donna la miró de arriba abajo y sonrió con naturalidad.
—Vaya… hace años que no veía entrar a una detective en Solarama.
Eleine se apoyó contra la barandilla del porche.
—Busco información sobre un coche.
Donna asintió.
—El coche está a mi nombre.
Eleine esperó.
—Pero no es mío.
—Explícamelo.
Donna suspiró.
—Era de Emer.
Eleine alzó una ceja.
—Más bien de su hija.
El viento movía lentamente los árboles del complejo.
—Ella tenía dinero de sobra —continuó Donna—. Mucho más del que una estudiante debería tener.
Eleine no necesitaba más explicaciones.
Las arcas de Emer el Tuerto financiaban muchas vidas cómodas en la ciudad.
Alcohol.
Casinos.
Drogas.
Todo ese dinero acababa cayendo como lluvia sobre quienes estaban cerca de su familia.
—Le gustaba gastar —dijo Donna—. Regalaba cosas.
—¿Como coches?
—Coches, apartamentos, viajes…
Donna sonrió con cierta nostalgia.
—Decía que la vida universitaria debía disfrutarse como si el mundo fuera a acabarse mañana.
Eleine imaginó perfectamente el tipo de fiestas que aquello implicaba.
Reuniones privadas.
Amigos.
Excesos.
—¿Y el coche?
—Lo puso a mi nombre para que pudiéramos movernos por la ciudad, pero todo el grupo de amigos tenía llave del mismo.
Donna se encogió de hombros.
—Nunca pregunté demasiado.
Eleine guardó silencio unos segundos.
—¿Cuándo fue la última vez que la viste?
Donna tardó en responder.
—Hace tiempo.
Su expresión cambió.
—Se volvió… rara.
—¿Rara cómo?
—Como si estuviera enferma.
Eleine la observó con atención.
—Tomaba pastillas.
—¿Muchas?
Donna soltó una pequeña risa amarga.
—Demasiadas.
Miró hacia el bosque.
—Vivíamos juntas en un apartamento a las afueras, cerca del río. Y cada día aparecía con más frascos.
—¿Recetadas?
—Por un médico alemán.
Eleine se inclinó ligeramente.
—¿Nombre?
—Dr. Lawrence Whitlock.
Eleine frunció el ceño.
—No suena alemán.
Donna negó.
—Pero su voz sí.
—¿Estás segura?
Donna asintió con firmeza.
—Estudiaba alemán en la universidad. Reconozco ese acento cuando lo oigo.
Se cruzó de brazos.
—A veces hablaban por teléfono y él levantaba la voz. Incluso oí algunas palabras en alemán.
El viento agitó las hojas del porche.
—¿Y luego?
Donna miró al suelo.
—Luego desapareció.
—¿Sin más?
—Sin más.
Su mirada era sincera.
—No sé si sigue viva, Eleine.
La detective se quedó unos segundos pensando.
El coche.
Las pastillas.
El médico alemán con nombre americano.
Las piezas empezaban a formar una imagen… pero todavía faltaba algo.
Eleine suspiró.
—Gracias, Donna.
La mujer sonrió con cierta melancolía.
—No es el caso que crees que es.
—Lo sé.
Eleine se levantó del porche.
Antes de marcharse, Donna dijo algo más.
—Ten cuidado.
Eleine se giró.
—Cuando una historia no deja rastro…
Miró hacia el bosque silencioso del Solarama.
—Normalmente es porque alguien se ha encargado de borrarlo todo.
Eleine caminó hacia la salida del recinto.
El sol empezaba a caer detrás de los árboles.
Y mientras recuperaba su abrigo al cruzar la valla, una idea se instaló lentamente en su cabeza.
Si el doctor Whitlock realmente era alemán…
quizá el pasado de aquella chica no estaba enterrado en Chicago.
Quizá estaba escondido en algo mucho más antiguo.
Y mucho más peligroso.
La pista del doctor Keller
Eleine Marlowe abandonó Solarama Zonatan con la sensación de haber recogido algo más que información. Había recogido un olor extraño en aquella historia, como el perfume de un secreto mal escondido.
Cruzó la valla de madera… y se detuvo.
Miró hacia su moto.
Luego miró hacia el cielo abierto de la tarde.
Y recordó.
Hubo un tiempo —no tan lejano como algunos querían creer— en que Eleine Marlowe había vivido con la misma filosofía que aquellos viejos seguidores de la cultura del cuerpo libre: el viento en la piel, el mundo entero como escenario y ninguna prenda que pidiera permiso para existir.
Así que, por puro capricho —o quizá por nostalgia— decidió que el regreso a Chicago sería exactamente así.
Libre.
El rugido de la moto rompió la calma del camino rural.
La carretera se abrió ante ella como una cinta gris entre campos y árboles, y Eleine condujo con la serenidad de alguien que ya había hecho cosas más escandalosas en su vida.
Algunos conductores tocaron el claxon.
Otros rieron.
Y un par de patrullas de policía que se cruzaron con ella redujeron la velocidad lo justo para observar.
Uno de los agentes incluso alzó la ceja con una sonrisa resignada.
Chicago tenía memoria.
Y algunos recordaban perfectamente a aquella detective que años atrás había convertido ciertos titulares policiales en una forma peculiar de arte urbano.
El viaje terminó en las afueras del centro.
Allí dejó la moto, se colocó por fin el abrigo que había recuperado del Solarama y bajó a la estación elevada del metro.
El Chicago ‘L’ llevaba funcionando desde 1892 y seguía siendo la forma más honesta de atravesar la ciudad: ruido metálico, vagones vibrando y ventanas desde las que Chicago parecía una película rodada con demasiado humo y demasiados secretos.
Eleine descendió en el distrito financiero.
Su destino era la oficina de Harold J. Whitaker, uno de los aldermen del Chicago City Council.
Treinta años ocupando el mismo despacho.
Treinta años sobreviviendo a alcaldes, escándalos y elecciones.
El motivo era sencillo.
Whitaker estaba casado con la hija de uno de los hombres más ricos e influyentes de la ciudad.
Pero Eleine conocía otra razón.
Sabía demasiadas cosas sobre los gustos privados del concejal. Gustos… sofisticados. Digamos que su vida nocturna tenía más capítulos que la biblioteca municipal.
Eso hacía que cualquier favor solicitado por Eleine Marlowe tardara exactamente unos segundos en concederse.
A veces menos.
Cuando llegó al edificio ocurrió algo muy propio de Chicago.
Un repartidor pasó a toda velocidad con su bicicleta.
Pisó un charco.
Y el resultado fue una pequeña tormenta de agua sucia que dejó a Eleine empapada de arriba abajo.
Durante un instante el mundo se quedó quieto.
Un par de ejecutivos que caminaban por la acera se apartaron como si hubieran presenciado una tragedia urbana. Un limpiabotas levantó la vista desde su caja y silbó con simpatía. Incluso el repartidor, detenido en el semáforo, levantó una mano en señal de disculpa que llegó demasiado tarde para tener dignidad.
Eleine se quedó mirando el desastre.
Luego soltó una pequeña risa.
Chicago tenía una forma muy particular de recordar a sus viejos conocidos.
Cruzó la plaza caminando entre corredores de bolsa, secretarias con carpetas bajo el brazo y el rumor incesante del distrito financiero.
Al fondo se levantaba el gran templo del comercio de la ciudad.
El Chicago Board of Trade Building.
Su silueta art déco dominaba el cielo gris como una estatua de ambición esculpida en piedra y acero.
Una vez arriba en la planta 22 del Chicago Board of Trade Building, La secretaria de Whitaker abrió mucho los ojos.
Harold, en cambio, reaccionó con la rapidez de un político acostumbrado a apagar incendios.
—Esto es inaceptable —dijo.
Diez minutos después un asistente regresaba con un elegante traje nuevo ya encargado en una boutique cercana.
La secretaria observó la escena con una expresión que mezclaba desaprobación y resignación cuando Eleine decidió cambiarse allí mismo.
Harold, curiosamente, tampoco parecía especialmente incómodo.
Tal vez incluso lo contrario.
Una vez resuelto el incidente textil, la conversación empezó de verdad.
Eleine fue directa.
—Busco a un médico.
Whitaker apoyó los dedos sobre la mesa.
—Nombre.
—Doctor Whitlock.
El concejal pensó apenas unos segundos.
Luego sonrió con esa sonrisa de archivo municipal lleno de secretos.
—Ese no es su verdadero nombre.
Eleine ya lo sospechaba.
—Lo imaginaba.
Whitaker abrió un cajón.
Sacó un expediente antiguo.
—Después de la Segunda Guerra Mundial, los cambios de identidad de inmigrantes alemanes estaban muy vigilados.
Levantó la mirada.
—Pero esto es Chicago.
Eleine sonrió.
En aquella ciudad, con suficiente dinero, un ruso podía despertar una mañana convertido en ciudadano chino sin que nadie preguntara demasiado.
Whitaker deslizó el expediente hacia ella.
—Su verdadero nombre era Friedrich Keller.
Eleine leyó los papeles.
—Médico alemán.
—Muy alemán.
—¿Dónde trabaja?
Whitaker apoyó la espalda en la silla.
—Eso también lo sé.
Escribió una dirección en un papel.
Un edificio médico en la zona industrial del río.
Un lugar discreto.
Demasiado discreto.
Eleine dobló el papel y lo guardó en el bolsillo del nuevo traje.
—Harold… siempre es un placer.
El concejal sonrió.
—Eleine, querida, tú siempre traes color a esta oficina.
La detective salió del edificio.
El sol empezaba a caer sobre las torres del centro.
Mientras caminaba hacia la calle pensó en Donna, en las pastillas, en las discusiones telefónicas en alemán.
Pensó también en la hija de Emer el Tuerto.
Si el doctor Keller estaba implicado…
existía la posibilidad de que la chica estuviera allí.
Viva.
O quizá guardada en algún lugar mucho más frío.
En Chicago, cuando un médico escondía su nombre…
a veces también escondía cuerpos.
La luz verde de Eleine Marlowe
Capítulo final
El papel que Harold J. Whitaker había deslizado sobre la mesa tenía una dirección breve y poco prometedora.
Goose Island.
Eleine Marlowe la leyó dos veces antes de doblarla y guardarla en el bolsillo del abrigo.
Goose Island era una rareza geográfica en Chicago: la única isla auténtica de la ciudad, nacida entre el cauce del Chicago River y un viejo canal de navegación abierto para domesticar el comercio.
Pero lo que realmente definía a Goose Island no era el agua.
Era el humo.
El lugar era un laberinto de chimeneas, silos de grano y curtidurías que gruñían como bestias industriales. Depósitos de carbón, madera apilada hasta el cielo, raíles que se perdían dentro de fábricas donde los trenes entraban como agujas en una máquina de coser gigantesca.
Barcazas negras resoplaban en el río.
Grúas chirriaban.
El aire tenía ese perfume áspero de hollín y metal caliente.
A su alrededor se extendían barrios obreros donde los inmigrantes europeos sobrevivían a pocos metros de fundiciones y mataderos.
Si alguien quería esconder una clínica… o algo que fingiera ser una clínica, difícilmente encontraría un escenario mejor.
Eleine cambió de tren dos veces en el Chicago ‘L’ antes de llegar al extremo industrial de la isla.
La dirección estaba en una calle secundaria donde las farolas parecían cansadas de existir.
El edificio era de ladrillo oscuro.
Las ventanas estaban cubiertas con cortinas gruesas.
Desde fuera, aquel lugar tenía la misma pinta que el laboratorio de un científico demasiado entusiasta de la electricidad.
Eleine empujó la puerta.
El interior estaba a oscuras.
Sacó su linterna.
La luz dibujó una escena que no tenía nada de hospital.
Camillas metálicas.
Camas estrechas.
Instrumentos que parecían más propios de un taller que de una consulta.
En una pared había una mesa cubierta de matraces, tubos de ensayo y líquidos de colores que flotaban en silencio como pensamientos peligrosos.
El aire era húmedo.
Y no olía precisamente a limpieza.
—Desde luego, Keller… —murmuró Eleine—. No vendes salud precisamente.
Avanzó hasta una pequeña oficina.
Archivadores.
Carpetas.
Expedientes.
Montones de ellos.
La linterna recorrió los lomos polvorientos hasta que un nombre saltó como un pez fuera del agua.
La hija de Emer el Tuerto.
Eleine abrió el expediente.
Leyó.
Y por primera vez en mucho tiempo, sus ojos se quedaron completamente inmóviles.
Ni siquiera los detectives veteranos esperan siempre la verdad.
A veces la verdad aparece de golpe, como un espejo que uno ha tenido delante todo el tiempo sin darse cuenta.
Eleine cerró el archivo lentamente.
Luego salió del edificio.
Se sentó en los escalones.
Las luces de Goose Island parpadeaban sobre el río mientras los barcos golpeaban suavemente contra los muelles.
Todo había estado delante de ella desde el principio.
Y no lo había visto.
Ahora solo quedaba comprobarlo.
La segunda parada de la noche estaba donde todo había comenzado.
El apartamento de River.
Eleine entró con la misma calma con la que otros entran en su propio salón.
Se sentó en una silla.
Apagó las luces.
Y esperó.
Abajo, en la ciudad, el Blue Lantern seguía lleno de música.
Pasaron las horas.
La madrugada cayó sobre Chicago como una manta oscura.
A las dos y algo de la mañana se escucharon pasos en el pasillo.
La llave giró.
La puerta se abrió.
River entró solo.
Sin acompañantes.
Sin público.
Caminó hasta el biombo donde siempre se cambiaba después de sus actuaciones.
Eleine lo recordaba bien.
Demasiado bien.
Aquel fue el lugar donde, la primera noche, había visto algo que la había dejado sinceramente sorprendida.
El secreto mejor guardado de River.
El biombo crujió.
Ropa cayendo.
Minutos después River salió con un batín.
Entonces la lámpara se encendió.
La luz reveló a Eleine sentada frente a él.
En una mano sostenía algo.
River se quedó helado.
Era una prótesis.
Una pieza de aspecto realista, exageradamente grande incluso en reposo.
Eleine la levantó ligeramente.
—Hola, River.
Hizo una pausa.
—O quizá debería decir… hola, Marina.
El silencio fue brutal.
—Esta noche te falta esto.
River —o Marina— retrocedió instintivamente hacia una pequeña mesa.
Pero Eleine levantó la otra mano.
En ella había una pistola.
—No te molestes en buscarla.
Marina se derrumbó.
Literalmente.
Las piernas le fallaron y terminó sentada en el suelo.
Todo aquel esfuerzo.
Toda aquella vida construida.
Y Eleine Marlowe había llegado hasta el final del hilo.
Durante largo rato hablaron.
Marina habló de su vida.
De lo que había sentido siempre.
De lo imposible que habría sido vivir aquello siendo la hija de un hombre como Emer.
Así que hizo lo único que podía.
Usó dinero.
Contactos.
Médicos dispuestos a cruzar líneas.
Y fue más lejos de lo que nadie había imaginado.
No quería fingir ser River.
Quería ser River.
Para siempre.
Costase lo que costase.
Eleine escuchó en silencio.
Ella también había tomado decisiones difíciles en su vida.
Decisiones que cambiaban el rumbo de todo.
Al final suspiró.
—River —dijo finalmente—. Para mí seguirás siendo River.
Le lanzó la prótesis.
—Solo haz lo que te diga.
Se levantó.
—Creo que Chicago puede seguir disfrutando de tu voz.
Miró la pieza de silicona con una media sonrisa irónica.
—Aunque no de… esto.
Luego añadió, casi divertida:
—Una lástima, por cierto. Alguna noche pensé en abrir la ventana y visitar tu alcoba para intercambiar… contactos.
Marina soltó una pequeña risa cansada.
Por primera vez en semanas.
Eran las diez de la mañana cuando Eleine entró en la mansión de Emer el Tuerto.
Dos guardaespaldas del tamaño de un armario la acompañaron hasta el despacho.
Aprovecharon el trayecto para manosearla lo justo como para recordarle quién mandaba allí.
Emer estaba sentado tras su mesa.
—Espero que tengas buenas noticias.
Eleine asintió.
El reloj marcaba las 10:14.
A las 10:15 exactas sonó el teléfono.
Eleine señaló el aparato.
—Cógelo.
Emer frunció el ceño.
—Ahí tienes a tu hija.
El mafioso levantó el auricular lentamente.
Al otro lado estaba la voz de Marina.
Tranquila.
Firme.
Le dijo que lo quería.
Pero que Chicago ya no era su hogar.
Necesitaba espacio.
Libertad.
Le explicó que no le diría dónde estaba.
Porque sabía que movería medio país para encontrarla.
Así que solo habría llamadas.
Ella llamaría.
De vez en cuando.
Para decirle que seguía viva.
Durante un segundo, el rostro de Emer cambió.
La dureza desapareció.
Y dejó ver algo mucho más humano.
Dolor.
Colgó el teléfono.
Miró a Eleine.
—Tú sabes dónde está.
Eleine negó con calma.
—No.
Hizo una pausa.
—O al menos ahora mismo ya no lo sé.
Se inclinó ligeramente hacia él.
—Pero si lo supiera… tampoco te lo diría.
Los guardaespaldas tensaron los hombros.
Emer levantó una mano.
Silencio.
Eleine continuó:
—Ahora mismo soy la única persona del mundo que podría traerla de vuelta a tus brazos.
Sonrió con serenidad.
—Así que será mejor que nos llevemos bien.
Emer la observó largo rato.
Entre odio.
Desesperación.
Y una extraña admiración.
Los guardaespaldas esperaban la orden para arrojarla al río.
Pero Emer suspiró.
—De acuerdo, Eleine.
Se recostó en la silla.
—De alguna manera… somos socios.
Empujó un sobre enorme sobre la mesa.
—Y como todos mis socios…
La miró fijamente.
—Me perteneces.
Eleine cogió el sobre.
Salió de la mansión sin mirar atrás.
Esa noche, en su apartamento, Jazz la recibió desde la ventana.
Había un baño caliente esperándola.
Un vaso de Old Fashioned sobre la mesa.
Y la ciudad de Chicago brillando detrás de los cristales.
Eleine Marlowe se sentó.
Encendió un cigarrillo.
En aquella ciudad siempre había otro caso esperando.
Otra mentira.
Otra historia que perseguir.
Y mientras la luz verde del viejo neón iluminaba el salón…
Eleine sonrió.
Porque en Chicago, cuando una historia termina…
siempre empieza otra.
FIN


Eleine Marlowe, la primera novela cinematográfica de la historia
Continua las aventuras con Eleine Marlowe y el crimen de la rueda roja, la segunda novela cinematográfica de la historia aquí:
















