Los pintores de sueños: los diseñadores de pósters de cine en los años 80
Hubo un tiempo en que el cine comenzaba en el papel. Antes de que las plataformas dictaran su estética plana y uniforme, y de que el marketing digital convirtiera los carteles en simples mosaicos de rostros flotando sobre un fondo genérico, existieron los grandes ilustradores del cine. Y los años 80 fueron su última gran edad de oro.
Los diseñadores de pósters no eran simples publicistas: eran pintores de mitologías modernas. Con pincel, aerógrafo y temple, forjaron imágenes que no solo anunciaban películas, sino que las agrandaban, las elevaban a la categoría de epopeya. El cartel era altar, promesa y fetiche.

Drew Struzan: el arquitecto del mito
Ningún nombre resuena más alto que el de Drew Struzan. Maestro del aerógrafo, capaz de crear pieles que parecían tocarse y luces que parecían encenderse, fue el responsable de las imágenes icónicas de Indiana Jones, Regreso al futuro, Star Wars o Los Goonies. Sus composiciones equilibraban lo íntimo y lo espectacular: rostros humanos bañados en luz cálida junto a explosiones, aventuras y criaturas fantásticas. Struzan no pintaba pósters: pintaba el recuerdo que tendríamos de esas películas incluso antes de verlas.
John Alvin: el poeta del resplandor
Si Struzan era el arquitecto, John Alvin fue el místico. Su arte sabía evocar lo intangible: la mano luminosa de E.T., el vuelo dorado de Aladdin, la sombra felina en El retorno del Jedi. Alvin buscaba más la emoción que la fidelidad, lo sugerido más que lo mostrado. Sus carteles parecían encender una llama en el espectador, invitándole a soñar antes de consumir.
Bob Peak: el maestro de la energía
Más cercano a la estética de los 70 pero aún influyente en los 80, Bob Peak aportó un estilo explosivo, de colores vibrantes y trazos cargados de energía. Su cartel para Apocalypse Now no es solo un anuncio, es una obra de arte que condensa la locura bélica en un sol rojo desbordante. Peak convirtió el caos en belleza.
Richard Amsel y otros alquimistas
Richard Amsel, con sus trabajos para Flash Gordon o Mad Max Beyond Thunderdome, supo capturar la cultura pop con un trazo elegante y delirante a la vez. Otros como Steve Chorney, Brian Bysouth o Renato Casaro —este último muy activo en Europa— llenaron las marquesinas con mundos donde la fantasía era siempre posible.
El ocaso del pincel
Los años 80 fueron el último desfile glorioso de estos creadores. La llegada de la fotografía digital, los programas de edición y el minimalismo de la publicidad acabaron por arrinconarlos. A partir de los 90, las distribuidoras prefirieron el rostro de la estrella en primer plano a la pintura épica que desbordaba imaginación. El resultado fue un cartel global más uniforme, pero infinitamente más pobre.
El legado inperecedero
Hoy, los pósters ilustrados de los 80 son piezas de coleccionista, impresiones buscadas con fervor, altares de nostalgia. Pero más allá de la melancolía, son recordatorio de algo esencial: el cine, en su dimensión más pura, es un acto de imaginación. Y nadie supo dibujar la imaginación como aquellos pintores que, con aerógrafo y pincel, hicieron de cada estreno una promesa de aventura.
Diez altares de papel: los pósters ilustrados más icónicos de los 80
1. Indiana Jones: en busca del arca perdida (1981, Drew Struzan)
El sombrero, el látigo, la sonrisa confiada: Struzan convirtió a Harrison Ford en mito antes de que el látigo se moviera en pantalla. La composición mezcla exotismo, aventura pulp y calidez clásica, un cartel que condensa la nostalgia de los seriales con la épica moderna.

2. E.T. el extraterrestre (1982, John Alvin)
Un dedo que toca otro dedo. Dos manos iluminadas sobre el fondo de la luna. Alvin sintetizó la ternura cósmica en una imagen minimalista y mística. No se necesita nada más: la comunión entre lo humano y lo otro, entre la infancia y lo infinito.

3. Blade Runner (1982, John Alvin)
Futurismo y melancolía. Ford y Sean Young aparecen entre torres iluminadas y humo azul. El cartel no solo promocionaba una película: anunciaba un porvenir sombrío y sensual. Alvin supo capturar la mezcla de noir y ciencia ficción que definió una era.

4. Star Wars: El retorno del Jedi (1983, Kazuhiko Sano & Struzan)
El sable láser azul brillando en el centro, sostenido por unas manos, como un nuevo Excalibur. El cartel es religión pop: lo humano enfrentado al imperio de las sombras. La imaginería medieval y la épica galáctica se fusionan en un ícono generacional.

5. Los Goonies (1985, Drew Struzan)
Una cuerda infinita, niños colgando en fila sobre el abismo. Struzan resume la aventura infantil como rito de paso, el vértigo como símbolo de amistad. Puro ochentero en su ADN: cuando el riesgo y la inocencia podían convivir.

6. Conan el bárbaro (1982, Renato Casaro)
Arnold Schwarzenegger erguido, espada en alto, Sandahl Bergman a sus pies, y un fondo teñido de rojo. Casaro convirtió la barbarie en ópera heroica: un póster que parece salir de una portada de heavy metal, testamento de la fuerza como mito.

7. Regreso al futuro (1985, Drew Struzan)
Marty McFly levantando su reloj, saliendo del DeLorean incandescente. Struzan hizo del tiempo un gesto juvenil y luminoso. La composición es perfecta: movimiento, luz y un héroe adolescente atrapado en el vértigo de lo imposible.

8. Mad Max: más allá de la cúpula del trueno (1985, Richard Amsel)
Amsel convierte el polvo y el acero en elegancia apocalíptica. Tina Turner y Mel Gibson son iconos inmortales, rodeados de fuego, chatarra y gloria. Es un cartel que parece un mural épico, un cómic adulto, un relato de supervivencia elevado a balada.

9. Gremlins (1984, John Alvin)
Unas manos humanas sujetan una caja de la que escapa una luz mágica. Nada más, nada menos. Alvin, otra vez, sabe que el misterio es más poderoso que la revelación. La promesa del cartel es la del cine mismo: abrir la caja y asombrarse.

10. Big Trouble in Little China (1986, Drew Struzan)
Kurt Russell con camiseta blanca y pistola, rodeado de monstruos, hechiceros y luces de neón orientales. Struzan mezcla la aventura pulp con el cómic delirante. Es un carnaval gráfico que traduce perfectamente la locura deliciosa de John Carpenter.

Epílogo: el póster como altar
Cada uno de estos carteles no solo anunciaba un film: lo magnificaba. El espectador no acudía al cine, acudía a la promesa que el póster le había tatuado en la retina. Hoy, esas pinturas sobreviven como reliquias de un tiempo en que la fantasía aún se pintaba a mano y los sueños tenían textura de papel satinado.