En los años 80, películas de aventuras de baja calidad, con flojos efectos visuales, no tenían inconvenientes para estrenarse en cines, pero “La cosa del pantano” (¡pero qué cosa!), ni siquiera tuvo ese honor en España.

Hasta un maquillaje lastimoso se puede tolerar si se cuenta con una historia decente. No es el caso. El guion, sobre una pócima que crea monstruos, es de risa. Wes Craven es el responsable de la dirección y el guion, con lo que las excusas se le acaban.

Hay unos malos, entre ellos una especie de caricatura de Rambo, que incordian continuamente a la chica protagonista. Pero el amable monstruo verde la defiende una y otra vez hasta resultar cansino. Todo es muy repetitivo. Suele llevársela en brazos imitando a ese gran clásico que fue “La mujer y el monstruo” (1954).

En unas escenas de acción que sonrojarían al “Equipo A”, el monstruo recibe todo tipo de disparos y bombas sin ser abatido. Ya que es indestructible, el asunto tiene poca incertidumbre.

Podría pensarse que está dirigida a un público infantil menos exigente, pero no es así. Hay un momento en que la protagonista, Adrienne Barbeau, se deja de sutilezas y enseña los pechos al respetable. Vamos, que es un truño para adultos, por si había alguna duda. Incluso hay una especie de orgía, pero nuestros “malos” pasan de las chicas que se contonean y están reunidos en una mesa como si fuera una comida de empresa. Todo es fallido, hasta el inevitable secundario afroamericano presuntamente gracioso y entrañable.

El villano es una estrella del cine clásico, Louis Jourdan, quien arrastra su historia por el fango de este pantano. Qué lejos quedaron los tiempos de “Carta a una desconocida”, “Madame Bovary” o “El proceso Paradine”.
En todo caso, el antiguo galán de Hollywood, se fue contento con sus honorarios, porque apareció en la secuela. Tuvo un título muy original: “El regreso de la cosa del pantano”.