La herejía del Imax en casa

Hubo un tiempo en que el cine se pensaba como arquitectura de luz. La pantalla era un muro sagrado y el encuadre, una promesa de inmersión. Hoy, en cambio, esa arquitectura se ha miniaturizado hasta caber entre una planta decorativa y una barra de sonido. Y en esa mudanza doméstica hay un damnificado ilustre: el formato Imax.

Sobre el papel, la idea parece generosa. Películas concebidas para el coloso vertical de las salas premium —Dune, las epopeyas de Nolan, F1, el nuevo Superman, ese inminente desfile de superproducciones que alternan 2.39:1 con 1.90:1— llegan a casa “respetando” su formato variable. Nada de recortes, nada de amputaciones. La imagen crece y se encoge tal como lo hacía en el cine. Fidelidad absoluta, dirán. Catástrofe visual, respondo.

En una sala Imax, el formato panorámico ya es descomunal. Ocupa un campo visual que roza lo físico. Cuando la imagen se expande verticalmente y entra el 1.90:1, no sólo vemos más: sentimos más. El encuadre se vuelve abismo, altura, vértigo. La pantalla no cambia de forma: crece como una marea luminosa que te arrastra. Es un efecto de sobrecogimiento, una intensificación del espectáculo.

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En casa sucede lo contrario. Nuestro televisor —orgulloso, reluciente, carísimo— no deja de ser una ventana pequeña. Cuando llegan las escenas en 1.90:1, la imagen llena el panel 16:9 y todo parece, dentro de lo posible, satisfactorio. Hay presencia, hay volumen. Pero la mayor parte del metraje vive en 2.39:1, con sus inevitables franjas negras. Y entonces ocurre el sacrilegio perceptivo: la película se encoge.

No es una cuestión técnica, es una cuestión corporal. El espectador pasa de una imagen que ocupa toda su televisión a otra visiblemente menor. El cambio ya no se siente como expansión, sino como pérdida. Como si el film palpitaba hondo… para luego quedarse sin aire. La lógica emocional del Imax —más imagen, más inmersión— se invierte en el salón: más imagen primero, menos después. El clímax visual se convierte en una meseta interrumpida por descensos.

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A esta esquizofrenia de formatos se suma otra herida menos comentada: la discontinuidad fotográfica. Muchas de estas producciones alternan cámaras Imax de altísima resolución con sistemas digitales más convencionales para el resto del metraje. En una sala bien calibrada la transición puede resultar orgánica. En streaming, bajo la compresión agresiva de las plataformas, la diferencia se vuelve grosera. Las escenas oscuras en 2.39:1 se empastan, se teselan, pierden textura. Los negros se convierten en barro digital. En cambio, los fragmentos Imax, más nítidos y luminosos, resisten mejor el castigo del bitrate. Resultado: no sólo cambia el tamaño de la imagen, cambia su dignidad visual.

La ironía es amarga. Nunca se ha filmado tanto pensando en el hogar, en la pantalla doméstica, en el espectador de sofá y manta. Y, sin embargo, se importan sin reflexión los códigos de una exhibición diseñada para pantallas de seis pisos de altura. Es como trasladar una catedral gótica al interior de un ascensor y pedirnos que admiremos las vidrieras.

Quizá ha llegado el momento de aceptar una verdad incómoda: no todo lo que es sagrado en una sala Imax lo es en el salón. Tal vez las versiones domésticas deberían estabilizar el formato, buscar una coherencia perceptiva en lugar de una fidelidad literal. Porque el cine, antes que una suma de píxeles, es una experiencia de proporciones, de cuerpo frente a la imagen.

Y en casa, por muy grande que sea la tele, el cuerpo sigue siendo más grande que la pantalla. Ahí empieza el problema. Y, de momento, nadie en la guerra del streaming parece dispuesto a admitirlo.

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