En los pasillos metálicos de la Nostromo, donde el horror adopta la forma de lo orgánico y lo viscoso, Ridley Scott también rozó —aunque fugazmente— una vulnerabilidad más humana y terrenal: la desnudez de Ellen Ripley. Aquella breve idea, esbozada durante el rodaje y atenuada después en la sala de montaje, no pretendía provocar, sino subrayar la fragilidad física frente a un universo mecánico e indiferente.
Sigourney Weaver, aún lejos de convertirse en icono definitivo de la ciencia ficción, encarnaba en Alien una corporalidad despojada de glamour. El posible desnudo —del que han sobrevivido comentarios dispersos y ecos de producción— habría acentuado esa cualidad: no la erotización del cuerpo, sino su exposición, su condición de materia viva frente a la criatura perfecta, biomecánica, sin pudor ni piel que proteger.
La secuencia final que sí conocemos, con Ripley preparándose para el hipersueño, conserva parte de esa intención. La cámara observa sin énfasis, casi con frialdad clínica. No hay música que endulce ni encuadre que idealice. Solo una mujer exhausta, reducida a su condición más elemental, respirando —perdón, existiendo— en un mundo que acaba de demostrarle su insignificancia.

Tal vez el metraje descartado habría intensificado esa lectura: el cuerpo humano como territorio vulnerable, como último reducto de intimidad en un relato dominado por túneles, tuberías y mandíbulas interiores. Al final, la elipsis resultó más elegante. Scott entendió que el verdadero desamparo no necesitaba mostrarse por completo; bastaba insinuarlo para que el espectador sintiera el frío del espacio filtrándose bajo la piel.















