Hay cineastas que avanzan por la industria como quien cumple un itinerario; y hay otros —muy pocos— que se desplazan como un vector de inquietud. Joseph Kosinski pertenece a esta segunda estirpe. Mientras F1: The Movie sigue acelerando en taquilla y prestigio, el director de Top Gun: Maverick ya ha apartado la mirada del asfalto y la ha elevado hacia un cielo menos confortable. Allí donde la ciencia ficción empieza a parecerse peligrosamente a un expediente clasificado.
Su próximo proyecto no promete evasión, sino incomodidad. No busca el espectáculo como anestesia, sino como bisturí. Kosinski prepara una película de ciencia ficción basada en los UAP —los fenómenos aéreos no identificados—, un territorio donde el cine suele recurrir al artificio, pero que aquí se anuncia como un ejercicio de aproximación casi documental. El propio director ha deslizado una idea inquietante: quizá no estemos ante ciencia ficción, sino ante ciencia sin adjetivos.
La ficción como refugio… o como amenaza
Durante décadas, el cine de género ha funcionado como una cámara de eco de nuestros miedos colectivos. Pero Kosinski parece interesado en algo más perturbador: ¿qué ocurre cuando la pantalla deja de ser un refugio simbólico y se convierte en un espejo demasiado nítido? La película, desarrollada junto a Jerry Bruckheimer y escrita por Zach Baylin, se construye desde una vocación adulta, sin ironía ni caricatura, asesorada por voces directamente vinculadas al fenómeno que pretende explorar.
No habrá aquí platillos volantes ni coreografías de destrucción gratuita. El proyecto apunta a una exploración sobria, casi ascética, del desconcierto contemporáneo: la sospecha de que nuestro conocimiento del mundo es, en el mejor de los casos, provisional. El cine como herramienta para formular preguntas, no para clausurarlas.
El regreso al territorio donde Kosinski es más peligroso
No es casual que el director regrese a la ciencia ficción en este momento. Tron: Legacy y Oblivion ya demostraban su interés por un género entendido como arquitectura emocional y no como pirotecnia. En Oblivion, especialmente, Kosinski ensayaba una melancolía futurista donde la tecnología no era promesa, sino ruina elegante; donde el progreso aparecía como una forma sofisticada de soledad.
Él mismo ha señalado 2001: una odisea del espacio como faro creativo. No por su mística, sino por su negativa a tranquilizar al espectador. Ese cine que no explica, sino que permanece. Que no concluye, sino que se incrusta. En una industria obsesionada con el subrayado, Kosinski parece querer volver al silencio elocuente.
Un proyecto que llega cuando debe llegar
Durante años, el director estuvo asociado a remakes que nunca despegaron. Quizá fue una suerte. Este nuevo film se percibe como una obra más alineada con su tiempo y con sus obsesiones: la relación entre imagen, tecnología y fe; entre control humano y lo desconocido. Además, llega tras un éxito que le concede algo cada vez más raro en Hollywood: margen de maniobra.
El contexto acompaña. 2026 se dibuja como un año fértil para la ciencia ficción que piensa: Villeneuve, Spielberg, Ridley Scott… nombres que entienden el género como una conversación cultural y no como un simple producto. La película de Kosinski no competirá en volumen, sino en resonancia.
Mirar al cielo como acto político
Lo verdaderamente interesante de este proyecto no es su temática, sino su actitud. No parece querer ofrecer revelaciones espectaculares, sino activar una curiosidad colectiva que habíamos delegado en la ficción barata o en el meme. ¿Y si no lo sabemos todo? ¿Y si aceptar la ignorancia fuera el primer paso hacia una forma más adulta de mirar?
En ese gesto hay algo profundamente cinematográfico y, a la vez, profundamente humano. La ciencia ficción, cuando es honesta, no predice el futuro: interroga el presente. Y quizá por eso esta película promete incomodar más que entretener, sembrar dudas más que certezas.
Kosinski parece invitarnos a una experiencia poco frecuente: salir del cine y, en lugar de comentar la escena final, alzar la vista por puro reflejo. No por miedo. Por curiosidad. Porque hay preguntas que, cuando se formulan bien, ya son una forma de belleza.















