Una serie nunca debe seguirse por lo que será sino por lo que es

¿Para que verla si no va a continuar? Escribe hoy un redactor de un medio principal en temática cine y series de este país sobre una nueva propuesta de Netflix. Y ese el gran problema que tiene el público actual y que la propia Netflix ha gestado.

El público (y lo que es peor, la teórica crítica) no entiende que el cine o incluso las series, no se deben ver por lo que pueda venir, sino por lo que ofrecen mientras se ven. Es el fenómeno «cliffhanger» el que ha atrofiado el planteamiento de visionado. De nada vale que una serie continúe, si mientras la has visto no ha aportado motivos suficientes de entretenimiento o aprendizaje.
Cualquier producto o producción debe vivir de si mismo, de su oferta presente y no de su oferta futura. Estamos siendo engañados con enormes horas de aburrimiento y vacío justificado solo por una escena final que promete un futuro mejor que luego nunca llega a ocurrir.

Las obras deben nacer de un planteamiento autoconclusivo y solo después, ver si su legado debe o no continuar.
Netflix empieza a pagar los platos rotos de lo que ella misma ha fomentado y no me refiero a las cancelaciones, sino a la idiotización del espectador.

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Conclusión:

En la búsqueda frenética de futuros que rara vez llegan, el presente ha sido despojado de valor. Se ha educado al espectador para consumir promesas, no experiencias; para buscar finales que siempre se aplazan, como si el arte narrativo debiera justificarse solo por su segunda temporada. Pero el cine —y por extensión, la ficción audiovisual— no es una inversión especulativa, sino un acto de presencia, un instante cargado de sentido que no necesita de secuelas para justificar su existencia.

Lo que Netflix ha sembrado con su modelo de continuidad infinita, ahora florece en una cosecha de impaciencia, desconfianza y vacío emocional. Ha enseñado al espectador a no mirar lo que tiene delante, sino a preguntarse si valdrá la pena el “después”. Y así, lo que debería ser un goce se convierte en espera, y lo que debía conmover, en cálculo. Las obras deben vivir como vive una novela, una sinfonía o un cuadro: completas en su propio pulso, autosuficientes en su mensaje, honestas en su propuesta.

Porque el arte —incluso en su versión más popular— no necesita continuar para tener sentido. Solo necesita existir con verdad. Y si el público ya no lo entiende, quizás es porque alguien se lo ha olvidado de enseñar.

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