La eficacia del arte: el díptico político-militar de Edward Zwick y Denzel Washington

En honor a la verdad (1996) y Estado de sitio (1998)

La eficacia del arte: el díptico político-militar de Edward Zwick y Denzel Washington

Entre el ruido del blockbuster hueco y la pompa del cine de autor que se mira el ombligo, hay una estirpe de cine que resiste: el del artesano. Y Edward Zwick —pese a no figurar en los altares de la crítica ni en los ciclos del Cinémathèque— es uno de los últimos grandes de esa estirpe. Su díptico compuesto por En honor a la verdad (1996) y Estado de sitio (1998), ambas protagonizadas por un Denzel Washington en pleno ascenso hacia la divinidad interpretativa, es un ejemplo cristalino de eficacia narrativa, solidez formal y emoción dramática sin imposturas.

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Zwick no reinventa la forma, no busca la extravagancia ni la pirueta posmoderna. Su mirada no pretende epatar ni adoctrinar, sino contar con rigor, tensión y humanidad. Como un Anthony Mann del ocaso del siglo XX, coloca a sus personajes en encrucijadas morales donde la acción es solo una prolongación del conflicto interior. En En honor a la verdad, el coronel Serling (Washington) investiga con creciente angustia la muerte de una oficial en combate. En Estado de sitio, su personaje, un agente del FBI, es atrapado en la pesadilla de un Nueva York militarizado por la amenaza del terrorismo. En ambos casos, el conflicto es ético, el arma es el alma, y el campo de batalla es la conciencia.

La clave de este díptico está en su doble espina dorsal: un guion que nunca se permite tambalear —ni siquiera en sus secuencias más expositivas— y una interpretación que bordea la perfección. Denzel Washington, sin necesidad de gritar ni sobreactuar, domina cada plano. Su sola presencia desplaza el eje de gravedad de la imagen. Hay en él un peso moral que lo convierte en una especie de brújula dramática: el espectador lo sigue porque confía en él, aunque no siempre esté seguro de lo que busca. ¿Cuántos actores pueden decir eso?

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Y si Zwick es un narrador clásico, su puesta en escena lo es también. Pero bajo esa aparente simplicidad visual hay inteligencia: la cámara se mueve cuando debe, observa cuando hace falta, se retira cuando el actor manda. En Estado de sitio, basta con recordar aquella escena de pasillo, tras el asesinato post-interrogatorio, en la que los personajes de Denzel Washington y Bruce Willis se alejan en direcciones opuestas mientras Annette Bening queda suspendida entre ambos, paralizada, símbolo perfecto de la ambigüedad moral del relato. Esa composición, sin aspavientos, es puro cine.

La fotografía del siempre elegante Roger Deakins (en En honor a la verdad) añade la textura justa: contención lumínica, sombras medidas, tonos que no buscan belleza sino peso, contexto, verdad. No hay fuegos artificiales, pero sí pinceladas de genio que elevan la atmósfera sin robar protagonismo al drama.

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¿Son estas dos películas obras maestras? Quizá no. Pero tampoco lo pretenden. Son, eso sí, ejemplares: piezas de un cine que sabe dónde poner la cámara, cómo dirigir actores, cuándo cortar una escena. Cine sin florituras pero con nervio, sin desvaríos pero con alma.

Y sobre todo, cine que perdura. Porque hay una dignidad profunda en la mirada de Zwick: una que no desprecia al espectador, ni lo infantiliza, ni lo manipula. Una que cree en el relato clásico, en el conflicto ético, en la emoción construida a fuego lento. El díptico Zwick–Washington de los años noventa debería recordarse más. Porque en tiempos de confusión estética y discursos vacíos, recordar el valor de la artesanía es un acto casi revolucionario.

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