‘Ricochet’, el disparo que rebotó sin dejar marca
En 1991, Ricochet apareció en las carteleras como un proyectil cargado de expectativas. Dirigida por Russell Mulcahy, quien venía de asombrar con la estilización visual de Highlander y un legado en videoclips icónicos, la película prometía dinamitar el thriller de acción de la época con un enfoque más adulto, retorcido y oscuro. Sin embargo, lo que terminó entregando fue un film de identidad fracturada, atrapado entre dos géneros que nunca se abrazan del todo.

Un alma partida
Ricochet no es una mala película. De hecho, tiene momentos de tensión tan afilados como el acero de la navaja que su villano, interpretado con demencia felina por John Lithgow, parece llevar clavada en el alma. Denzel Washington, joven pero ya magnético, da vida a un policía convertido en fiscal que, tras encarcelar al psicópata de turno, sufre años después el más retorcido y personal de los acosos. La premisa es potente, casi shakesperiana, y ofrece oportunidades dramáticas que la película tantea… pero no explora.
Mulcahy intenta fusionar dos visiones: la del héroe de acción casi superhombre que se enfrenta a un némesis brutal, y la del thriller psicológico más oscuro, casi lynchiano, donde el enemigo actúa desde las sombras para desmembrar la vida del protagonista sin tocarlo. El resultado es una obra que nunca termina de decidirse por un camino, como si el guion y la dirección pelearan cada escena entre el exceso pulp y la introspección siniestra.

La estilización que no salva
Donde Ricochet muestra su mejor cara es en la puesta en escena. Mulcahy, siempre estilista, bordea lo barroco con encuadres delirantes, contrastes de luz afiladísimos y una violencia que a veces roza lo operístico. Algunas secuencias, como el tiroteo en la iglesia o la caída final, tienen un sabor de videoclip apocalíptico que anticipa ciertos excesos del cine de acción noventero.
Pero ese mismo estilismo, que en Highlander funcionaba como una sinfonía estética, aquí parece un disfraz sobre un esqueleto que no aguanta el peso. Las imágenes son bellas, pero no siempre tienen eco dramático. La sordidez del plan de Lithgow contrasta con la falta de impacto real que genera su ejecución: todo es ruidoso, pero no estremecedor.

Lo que pudo ser
Tal vez Ricochet merecía una reescritura. Un enfoque más definido. Si hubiera apostado del todo por lo siniestro, habría sido una pieza enfermiza e inolvidable. Si se hubiese abrazado sin vergüenza al espectáculo de acción, podríamos tener hoy un clásico adrenalínico. En cambio, queda en la tierra de nadie: interesante, incluso disfrutable, pero sin esa fuerza que hace que un film perdure más allá del recuerdo borroso de una tarde de videoclub.
Mulcahy, en su intento por trascender el género, termina diluyéndolo. Ricochet rebota en las paredes del thriller, pero nunca da en el blanco emocional o narrativo que merecía. Aun así, como reliquia de una era de excesos y experimentaciones formales, tiene un valor curioso: el de ser una promesa que nunca se cumple del todo, pero que al menos intentó volar más alto que otros thrillers de su tiempo.