‘ACERO AZUL’ by Lucen | Llegan los 90s

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Hablar mal de Kathryn Bigelow no es una de mis intenciones, la mujer que un año después de ‘Acero Azul’ filmó Le llaman Bodhi, siempre será santo de mi devoción más cuando su carrera siempre fue en aumento hasta llegar a construir varias obras maestras del cine. Pero dicho esto, hay que reconocer que su primera obra en primera fila de Hollywood tiene algunas taras que vistas a día de hoy la hacen demasiado vulnerable y demasiado anclada a los peores tics de su época. Y es que, lo que empieza siendo un policiaco deudor de aquellos grandes títulos de los 70s, acaba como un terrible slasher videoclipero con secuencias a cámara lenta y entre humos no dignas de su directora.

La contrucción del villano, un ser más cercano al Jason de Viernes 13 o al Michael Myers de Hallooween, tampoco encaja con el estilo policíaco al que debía ajustarse la producción. Además la presencia de Jamie Lee Curtis, lider de las scream queen, aumenta más la sensación de filme barato de terror sobre todo, en la recta final del filme tras la huida de la protagonsita del hospital, un final atrofiado con el tono de la película hasta ese momento. Todo el rigor que Bigellow consigue darle a la obra se desvanece como decimos con final en el que hay momentos en los que no llegas a saber si lo que ocurre es real, o invento de la protagonista. Com decimos, un villano de baratillo y una puesta en escena demasiado ochentera en lo negativo del término ochentero (también había cosas malas en los 80s), más unos delirios en la recta final, hacen que ‘Acero Azul’ a día de hoy sea una piedra en el camino en la filmografía de la Bigelow quien por cierto, siempre fue en aumento tras este trabajo.

En “Acero Azul” Jamie Lee Curtis se mete de lleno en el papel Megan Turner, una chica de la que la hija de Janet Leigh y Tony Curtis podría retomar esos viejos papeles de chillona veinteañera que interpretó. Sin embargo Bigelow le da un vuelco a ésta historia de una mujer policía acosada constantemente por un “broker” psicópata. Algo así como un Patrick Bateman caracterizado por Ron Silver, (papelazo de malo que le hace sombra a un inadecuado Clancy Brown en el rol de inspector de policía bueno y colega de la protagonista). La directora de “El peso del agua” (The Weight of Water, 2000), convierte a la víctima en una auténtica heroína de armas tomar y al agresor, en el reflejo y patrón de sus miedos sin llegar con su thriller a alcanzar las cotas de una película de terror. Policíaca se queda la película y ambos, víctima y agresor, se dejan llevar en un duelo con algún que otro tiro y mucha tensión psicológica.

Bigelow demuestra pasión por la imagen, por la iconografía de acción y por la Nueva York que retrata. Capital del caos, de la soledad, del acoso callejero y de los corredores de bolsa psicópatas. Maneja un ritmo inmejorable, de persecusiones y tiroteos, mezclados con realentizados traumatizantes y tensas quietudes. Y hace avanzar un argumento de acción, de cine de género, bastante entretenido. Sin embargo, rellena la historia de situaciones y diálogos que completan una especie de denuncia: ¿qué le pasa a una mujer, cuando se corre del lugar en donde la sociedad la coloca? Todo esto redondea una película tanto para dejarse llevar, como para pensar, lástima como ya hemos dicho en el inicio, que algunos matices demasiado importantes de la trama, hagan que este segundo trabajo de Bigelow no tenga el poder fílmico que debería haber tenido.

Y todo esto en 1990, sin alardes, ni demagogias, ni “grandes” parlamentos al respecto.