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Lo más probable es que nadie se haya preguntado, jamás, qué empujó a Cruella de Vil a convertirse en uno de los villanos más icónicos de Disney, capaz de matar mascotas para desollarlas y hacerse abrigos con sus pieles. ¿Es que nació siendo malvada? Si no es así, ¿qué trauma o zancadilla del destino la desvió hacia él? Son cuestiones que, decimos, no tuvieron relevancia ni para quienes conocieron al personaje gracias a la fantasía animada ‘101 dálmatas’ (1961) ni para los que lo hicieron a través del ‘remake’ de acción real protagonizado en 1996 por Glenn Close. Y, pese a ello, ahora hay una película que trata de responderlas, o al menos finge hacerlo.
Si no lo logra de forma mínimamente satisfactoria es en buena medida por su empeño en someter al personaje titular a un proceso de humanización y blanqueamiento similar al que Disney ya practicó a través de la saga ‘Maléfica’ sobre la bruja del cuento de la Cenicienta. En ‘Cruella’, en consecuencia, una mujer despreciable conocida por odiar a los perros —y por otros rasgos despreciables— aparece transformada en una amante de los animales y una víctima del abuso, y hasta caracterizada con adornos típicos de superhéroe: un ‘alter ego’, atuendos vistosos, habilidades para el combate y una antagonista a la que derrotar con sus poderes sobrehumanos, en este caso relacionados con el diseño y la costura. Por cierto, que llega al mismo tiempo a salas de cine y a la plataforma Disney+.

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Ambientada en el Londres de los años 70 en plena revolución punk rock, cuenta la historia de una joven estafadora llamada Estella, una chica inteligente y creativa decidida a hacerse un nombre con sus diseños. Se hace amiga de dos jóvenes ladrones fascinados por sus ganas de aventura, y juntos construirán sus propias vidas en las calles de Londres. Un día, el estilo de Estella por la moda llega a oídos de la baronesa Von Hellman, una leyenda de la moda. Pero su relación saca a la luz ciertos acontecimientos que harán que Estella elija su lado perverso y se convierta en una Cruella vengativa.

Más allá de la convincente labor de Stone en un papel mejor interpretado que escrito, ‘Cruella’ funciona bien por su libre mezcla de estilos, géneros e influencias, situándose en un punto medio entre el relato original de Disney y una película como ‘El diablo viste de Prada’.
Otro elemento jugoso es fruto de su ambientación en el Londres de los 60 y 70, la cuna de la moda más revolucionaria, el lugar perfecto, cerca de Carnaby Street, para la colisión de egos y estéticas en el diseño de alta costura emprendido por las dos protagonistas hasta que irrumpe el punk.

La trama general, con su particular dosis de venganza, acaba siendo lo de menos. Otra cosa es saber para qué tipo de espectador está ideada la película. Siendo coherente en la revisión del temario Disney que propone, le sobran, eso sí, unas cuantas canciones: durante la primera mitad, cada secuencia empieza con un tema rock o pop, hasta el punto de que las imágenes parecen estar al servicio de las canciones y no al revés.

A pesar de que los focos estaban centrados en Emma Stone, y ver su evolución desde la dulce Estella hasta la vengativa Cruella, sin embargo la veterana actriz Emma Thompson es lo mejor de la película, que se cree la reina de la película y luce más y mejor que nadie. Cada aparición de la Baronesa es un regalo para el espectador, que nos puede recordar a Meryl Streep como Miranda Priestly en ‘El diablo viste de Prada’. Sin desmerecer a la actriz protagonista, que también ofrece una buena actuación (aunque no sea la mejor de su carrera), es la propia Thompson y Paul Walter Hauser quienes más quieren los focos para sí, protagonizando las mejores secuencias de la película (sin contar las escenas fruto de trampantojos y conveniencias de un guion muy mejorable, y más teniendo en cuenta que ha pasado por cinco personas). Mientras tanto, destaca la actuación revelación de John McCrea (que encarnó a Tiff en la serie ‘Giri/Haji: Deber/Deshonor’), construyendo el personaje de Artie como si fuera la viva imagen de David Bowie, y que promete que sus actuaciones en futuras producciones darán mucho de qué hablar. Por otro lado, las planas actuaciones de Joel Fry y Mark Strong desmerecen el resultado final, donde especialmente este último parece que simplemente acudió a por el cheque (aunque también puede ser que los tijeretazos de un montaje al que se le ven las costuras hayan provocado que haya visto suprimidas sus mejores escenas).

Pero si hay algo que también merece una digna mención es el vestuario, la diseñadora Jenny Beavan demuestra poseer muchísimo talento, llevando al espectador a un mundo único de colores y formas, con vestidos y peinados imposibles y muy originales, mostrando una gran variedad de diseños, desde los sobrios y elegantes de la colección de la Baronesa, hasta las piezas desenfadadas y rompedoras que propone Cruella en sus apariciones públicas.

‘Cruella’ es una película perfectamente equilibrada, de dos horas ágiles y sin demasiadas concesiones, y rebosante de detalles: de las interpretaciones de los secundarios (el dueño de la tienda donde trabaja Estella es increíble, necesito un spin-off solo para él) a los espectaculares escenarios llenos a rebosar de extras, de ideas como la multiplicación de las Cruellas a diálogos que supuran veneno y malas intenciones. Aunque, como siempre en Disney, el resultado final sea mayormente inofensivo, ‘Cruella’ es una fenomenal comedia pop llena de vitriolo visual.

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