Ver gratis EL GRAN DICTADOR | Obras maestras del cine clásico en Cinematte Flix

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Séptimo largometraje de Charles Chaplin, en el que interviene como director, actor, guionista y productor. Se rueda en exteriores de CA (Pasadena, L.A., Hollywood, Lago Malibú, Reuss Ranch, etc.) y en los platós de Chaplin Studios (Hollywood), durante 6 meses (septiembre 1939 a marzo 1940). Es nominado a 5 Oscar (actor, actor reparto, música, película y guión original). Producido por Chaplin para UA, se estrena con gran éxito el 15-X-1940 (NYC).

Chaplin no sólo fue un creador de sueños. Además fue un director comprometido y valiente. Cuando en Europa la Segunda Guerra Mundial se encontraba en sus primeros compases y la locura de Hitler tenía la rienda suelta y sin freno, a Chaplin se le ocurrió la feliz idea de realizar una de las más brillantes parodias jamás pensadas sobre el enajenado dictador alemán, su partido nacionalsocialista y, en general, sobre cualquier forma de dictadura. La divertida y corrosiva sátira, plena de denuncia y no exenta de amargura por las atrocidades humanas, lanza su demoledor ataque contra las bases del nazismo totalitario. Y el ataque llegó en plena contienda real.
Chaplin, inteligente y agudo, captó la esencia del nazismo a la perfección y la recreó admirablemente en esta ácida comedia. Gracias al despliegue de medios de que hizo gala y a un trabajo de puesta en escena y ambientación meticulosos, las imágenes son un puro derroche de detalles que representan hasta un extremo fascinante y ridículizante la tecnología destinada a servir a la guerra, la majestuosidad y la opulencia del palacio del dictador, la cansina tendencia de los partidos totalitarios a inundarlo todo con sus símbolos representativos (obsérvese la similitud entre las aspas de la película y la esvástica del partido real), sus gestos de identificación (el brazo alzado), los discursos fanáticos y estentóreos del dictador y las restricciones y penalidades del gueto judío. Asímismo, el vestuario también es digno de mención.


La capacidad creativa y satirizante de Chaplin continuó en la línea de «Tiempos modernos», mostrando aparatos y maquinarias que simbolizan la esclavitud humana a una tecnología utilizada con frecuencia con fines deshonestos y destructivos, añadiendo su toque de inventos y objetos inútiles o que nunca funcionan (un paracaídas de reducido tamaño, un traje antiproyectiles, plumas estilográficas que no escriben…)
Chaplin aprovechó el indudable parecido físico entre su entrañable Charlot (el mítico personaje que, con la extinción del cine mudo, se despidió de las pantallas) y Hitler para llevar a cabo un doble papel: el del dictador por un lado, y el de un barbero judío que rinde tributo al desaparecido Charlot adoptando su vestimenta, sus ideales románticos, su tendencia a meter la pata y meterse en líos y a luchar obstinadamente por la justicia.
Me he reído a carcajadas con la genial parodia del acento alemán y del tono de voz desaforado que adopta Hynker (transposición de Hitler), imitando los escalofriantes discursos del Führer.

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