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Hablar de John McTiernan como un simple artesano del cine de acción es un error que solo se solucionará dentro de muchos años si algún día internet muere y vuelven revistas serias de cine al estilo 'Cahiers du Cinema'. Hasta que eso ocurra y haya que recurrir a internet, CINEMATTE FLIX intenta hacer justicia a películas y directores que son mucho más de lo que se dice, algo que ya ha ocurrido en otras décadas con nombres como los de Anthony Mann, Budd Boetticher, Neil Jordan, o el propio Garci entre muchos. John McTiernan es uno de estos nombres.


Si alguien lee algo de cine verá rápidamente que John McTiernan es el director de Jungla de Cristal y Depredador, y por eso, su única atribución es darle relevancia como uno de los mejores artesanos del cine de acción de los 80s, pero resulta que John McTiernan es más que un simple artesano, es un director totalmente reconocible en cada una de sus películas y por eso Jungla de Cristal y Depredador no son su definición sino simplemente dos geniales anécdotas en su filmografía. Para empezar John McTiernan es el creador de Los últimos días del edén (leer crítica aquí), una película que CINEMATTE FLIX cataloga como obra maestra de su tiempo. Pero es que además es el director de La Caza del Octubre Rojo, una de las mejores películas de submarinos de la historia (que hay muchas) y un thriller magistral. Además realizó una película como El último gran héroe donde adivinaba que el cine de acción de los 80s estaba muriendo y así lo interpretaba en uno de los filmes comerciales menos comprendidos de la historia. El Secreto de Thomas Crown, El Guerrero nº13, Basic o Rollerball son otras de sus películas junto a la menos afortunada Jungla de Cristal 3, quizás su peor película y en la que ya apenas tenía control. Lo importante es que es imposible no reconocer al director en cada una de sus películas: un diseño de personajes totalmente diseccionado, un sentido de la tensión dramática enorme y un dominio absoluto de la acción le respaldan junto a un estilo visual donde el uso de tomas con desenfoque, pequeños acercamientos de cámara, una fotografía totalmente marca y un uso del zoom fijo totalmente acertado le confieren un estilo totalmente único, irrepetible e identificable y eso señores se llama ser autor.

Pues bien, McTiernan tuvo un inició y lo tuvo con un propio guión, el único de su carrera que dio pie a Nomadas (1986). Una película en la que apenas vemos la enorme calidad del director pero que por peso histórico es totalmente obligatoria.





‘Nómadas’ da comienzo con la extraña muerte en un hospital de Jean Charles Pommier (Pierce Brosnan), un antropólogo que tras vagar por medio mundo había decidido instalarse definitivamente en Los Ángeles con su esposa. La doctora encargada de su caso, Flax (Lesley-Anne Down), empezará a sentir cosas extrañas, rememorando todo lo que Pommier vivió hasta el instante de su muerte. La película está narrada a modo de flashback, alternándose esta línea narrativa con lo que sucede en la actualidad que es más bien poco. La sorpresa y el miedo de la doctora al experimentar algo increíble y su curiosidad, que también es la nuestra, por saber qué le ocurrió al antropólogo, que se convierte en el protagonista absoluto del relato.
Pommier es como Dutch, John McClane, Marko Ramius, Robert Campbell, Jack Slater, Ahmed Ibn Fahdlan o Thomas Crown. Personajes posteriores en el cine de McTiernan que tienen en común el hecho de ser individualistas, normalmente con personalidades muy marcadas y una forma de hacer las cosas, digamos poco habitual. Pommier es el personaje mejor tratado en el film, el más interesante. Su obsesión por unos pandilleros que hacen de las suyas en la ciudad contiene cierto interés; su tratamiento empareja el film con otro de Peter Weir titulado ‘La última ola’ (‘The Last Wave’, 1977). Un hombre enfrentado a algo meramente intrascendente —pandilleros en el film de McTiernan— que termina alcanzando niveles de trascendencia muy importantes para Pommier y la gente cercana a él.
Una de las primeras interpretaciones vertidas en el film, la de una pandilla que vive como si fueran nómadas, de espaldas a la sociedad, prácticamente invisibles al resto de la humanidad, resulta de lo más interesante. Pero luego camina por los derroteros del fantástico, mezclando géneros y tonos, y la cosa va perdiendo fuelle peligrosamente hasta una conclusión poco menos que incomprensible y hasta absurda. Mientras unos pueden sentirse impresionados por un final sacado de la manga, aquí el firmante se siente algo así como engañado. Sí, es inesperado, y la música de Bill Conti funciona ahí mejor que en ningún otro momento del film, pero suena todo a que McTiernan se hizo un lío y no supo como terminar su historia.
Abiertamente ochentera, con todo lo bueno y malo que eso tiene. Por un lado está ese look visual muy típico en esos años en los que la factura videoclipera era lo más habitual. McTiernan toma ciertos riesgos, sobre todo de tono, pero no es capaz de mantener el equilibrio, quizá porque pretende abarcar demasiado. Ya no me paro en el cambio de cámara subjetiva —para hacernos entender que la doctora vive las experiencias pasadas de Pommier— a narrar los hechos de forma objetiva, porque es un mal muy común en aquellos años. A día de hoy queda un poco desfasado, sobre todo por el hecho de que McTiernan lo hace a libre albedrío. Eso sí, ya se vislumbra cierto gusto por la planificación, algo que perfeccionaría en futuros proyectos. De ellos hablaremos largo y tendido en las siguientes entregas del especial.


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