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Si en Occidente la animación siempre ha tenido el punto de mira puesto en la infancia, en Japón se ha diversificado de tal manera que cualquiera puede encontrar el producto adecuado a sus expectativas y gustos. Ghibli ha demostrado durante años que la animación puede poseer una sensibilidad más allá de las emociones infantes y obras como 'Your Name' han dejado claro que el anime es un cine con mayúsculas en todos los sentidos. Ahora, la perfecta combinación de animación tradicional y las herramientas digitales convierten en toda una experiencia visual los últimos estrenos llegados del país del sol naciente como este a tratar hoy el cual CINEMATTE FLIX estrena para todos vosotros de forma gratuita.








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Pero antes de ver la película recomendamos que sigas leyenda para tener una información que complete la experiencia del visionado y de ahí hay que decir que en esta tesitura citada arriba es donde nos llega Okko, el hostal y sus fantasmas (Waka Okami wa Shōgakusei!, Kitaro Kosaka, 2018), una película destinada a los más pequeños de la casa, pero ofrecida con simpatía y sensibilidad suficientes como para encandilar a los adultos. Y es que en esta posada se tratan temas nada fáciles, sostenidos por personajes entrañables y un colorido entorno que aúna ecos de folclore con la más rotunda modernidad.

CRÍTICA DE OKKO

En la película se nos cuenta la historia de Okko, que ha perdido a sus padres en un terrible accidente. La jovencita se ve obligada a irse a vivir con su abuela, que regenta una posada que conserva la esencia del Japón tradicional. Mientras aprende los trucos para dirigir el local, descubre que en los pasillos de la posada hay algún habitante bastante distinto a los habituales huéspedes. Los fantasmas campan a sus anchas y resulta que Okko puede ver a estos espíritus traviesos, a diferencia del resto de los mortales. A lo largo de la trama, y gracias a su relación con estos ecos del pasado, Okko descubrirá secretos escondidos por el tiempo y aprenderá sobre la importancia del pasado para conocer el presente. 

En esta posada, la tragedia se aferra a cada rincón, y, sin embargo, en la película se huye del exceso de drama. Al contrario, es la comedia de equívocos y desencuentros por los particulares dones de Okko y sus amigos invisibles lo que prima y da impulso a la narración. La inteligencia e intuición de Kitarô Kôsaka, director del filme, le lleva a tratar temas muy densos de la manera más simpática posible, haciendo partícipe al espectador de las aventuras de Okko, sobre la base de la creación de personajes entrañables, presentados con amabilidad y cierto punto de descaro que hará las delicias de los peques de la casa.
El entorno visual de la película es colorido, cálido, vivo y delicado; tanto, que parece que nosotros mismos estuviéramos en un confortable día de primavera, mientras vemos las correrías de Okko. El equilibrio con el que narración y espacios se funden es orgánico y medido, puesto que el escenario es un personaje más. A eso hay que sumar el sencillo diseño de personajes, llenos de vida y movimiento, de rasgos exagerados, que dan personalidad a cada aparición.
Lo realmente importante de Okko es la intención que hay tras la explosión de color y viveza. La película trata de la amistad, de la familia y del valor de la tradición en un mundo donde se impone lo nuevo arrasando con lo viejo. Por lo menos, de manera visible, esa es la lectura entre líneas. Pero hay mucho más. Okko, el hostal y sus fantasmas hablan de temas tan rotundos como la muerte y la pérdida. Hablan del dolor tras la desgracia, de vivir todos los días sabiendo que lo único que queda de las personas que amaste es el recuerdo y, quizá, el vacío en el corazón. Todo este torrente de emociones se presenta a los más pequeños de manera maravillosa, sin estridencias, amable pero rotundo, en un discurso bastante resbaladizo, que la película solventa con naturalidad y sin drama.
En ese sentido, Okko es un auténtico éxito, puesto que responde a la necesidad de emociones más allá del ABC de la felicidad obligatoria en el mundo de la animación infantil. La variedad de los sentimientos humanos es clave para que los peques se hagan preguntas, aprendan la inabarcable tonalidad de matices de gris y lidien con sus propios miedos. Okko ayuda a este viaje de descubrimiento con la candidez de una nana, con base en colores y risas, de porciones de realidad condimentada de lo fantástico y sobrenatural, resultando en una película dulce, quizá cándida en exceso, en algunos momentos. Quizá ese espíritu naif sea lo que más dificulte la atención por parte del público adulto, que agradecerá la justa duración de la propuesta. Otro acierto, porque media hora más de Okko podría resultar un tanto indigesto.
He disfrutado bastante con la sencillez de cuento de hadas moderno e imaginativo presentado por Kitarô Kôsaka. Vivimos en tiempos quizá algo destructivos, así que agradezco sobremanera esta hora y media de tranquilidad y finales felices. Entre tanto ruido y furia audiovisual, escapar a ese pequeño refugio de la infancia es todo un lujo, sobre todo si encuentras películas que no traten a los niños como idiotas. Okko es de esas. Aprovechen si tienen retoños. Y si no, también.


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