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“Jennie”, (“Portrait of Jennie”, 1948) se estrenó en Estados Unidos, el 22 de Abril de 1949. Se encargó de dirigirla William Dieterle que ya había triunfado con cintas como “Esmeralda la Zíngara” bajo la tutela del afamado productor David O. Selznick. Recibió un Oscar a los Mejores efectos especiales y el premio al Mejor actor para Joseph Cotten, en el Festival de Venecia. Jennifer Jones sería la protagonista que acompañara al siempre magistral Cotten, en esta nubosa y delirante fábula. Nace con un aire de obra menor, de historia intimista, pero la unión entre O. Selznick y Dieterle la convierte en algo muy grande. O. Selznick, con su visión ampulosa del cine le aporta magnificencia y Dieterle con una brillante dirección le otorga la suficiente intimidad y credibilidad.


David O. Selznick está en estos momentos bajo la lupa. Producciones míticas suyas como Lo que el viento se llevó no cabalgan por el mejor lado de la pradera actual que es este nuevo mundo nacido tras le famoso Covid-19. Pero, el que el mundo haya cambiado, y el que la opinión se vea obligada a cambiar para así poder pasar desapercibidos ante un único pensamiento mundial (eso mismo que tanto se le ha acusado a los nazis es lo que parece que el mundo acepta ahora de forma sumisa), pero aún así, aunque haya un solo pensamiento único que obliga a quitar películas como Lo que el viento se llevó de las parrillas televisivas y por qué no el siguiente paso lógico, llevar todas las copias a la hoguera y de paso si se puede alguna y de paso si puede algún libro y de paso si se puede a ¿alguna persoana? ah no, eso no que no es políticamente correcto. El caso es que aunque este nuevo pensamiento único nacido tras la "nueva normalidad" nos diga que David O. Selznick o sus películas son el mal que hay que desterrar, el otro pensamiento, el arcaico y al que yo me abono nos dice que este señor productor mirándolo únicamente como productor fue un genio capaz de crear obras maestras tan monumentales como la historia de Escarlata O'hara o, obras tan pequeños pero igual de maestras como la historia de Jennie a secas o esa chica que posaba en un retrato...


LA OBRA MAESTRA

Estamos ante un fascinante y conmovedor drama fantástico protagonizado por Eben Addams, un artista muerto de hambre que no consigue vender ninguno de sus cuadros hasta que un día encuentra la inspiración que necesitaba en Jennie, una adorable niña que conoce en un parque. Ésta afirma ser hija de unos funambulistas que actúan en un local que en realidad lleva muchos años desaparecido, y además se comporta como si viviera en otra época. La próxima vez que Eben se la encuentra, parece haber crecido como si hubieran pasado años por ella, y no días. Así mismo, la joven persiste en su extraña actitud de hablar de hechos ya pasados como si fueran del presente. Addams decide investigar y descubre que Jennie es una niña que vivió hace muchos años y que por algún motivo se le aparece de vez en cuando en diferentes etapas de la vida de ella.
Jennie es una de esas películas especiales que tienen un encanto único. La historia de por sí es fascinante pero el tratamiento que se le da la convierte en un memorable cuento mágico. La imaginativa puesta en escena de William Dieterle (actor y director de origen germano bastante desconocido pero con una carrera envidiable) captura por completo el espíritu de esta historia y transmite ese romanticismo puro que no cae en la ñoñería. La simple idea de contar la historia de un amor entre un hombre y una mujer del pasado que a cada encuentro ha crecido unos años ya se me antoja maravillosa, pero Dieterle acaba de redondearla magníficamente con su puesta en escena.

Otro punto importante es la fotografía, de la que se encargó Joseph August. Realizada en blanco y negro, adquiere unos matices y una texturas bellísimas, que le aportan esa magia y ese color a cuento de hadas del que habla el guión. Podríamos decir que la fotografía tiene mucho que ver con la de Ciudadano Kane, en esencia. Utiliza el sepia y el color para dar énfasis a ciertas escenas.
Las imágenes de Nueva York dan la impresión de parecer cuadros en movimiento, el director de fotografía  logró este efecto rodando estas escenas a través de un lienzo en blanco, lo que daba a las imágenes una textura similar a la de una pintura. Efectos como ese y las etéreas y atemporales imágenes de Jennie y Nueva York le proporcionaron una nominación al Óscar a la mejor fotografía, nominación que recibió a título póstumo. Una fotografía que a medida que nos acercamos al final del film,y en concreto a la escena de la espectacular y onírica tormenta (merced a la cual el film se llevó el Oscar a los mejores efectos especiales) va adquiriendo ciertas tonalidades de color a base de diferentes filtros de colores en claro homenaje al cine silente, hasta capturar toda la esencia del mismo en el magnífico plano final del film, donde vemos el cuadro de Jennie en todo su esplendor y colorido, con un grandioso Technicolor.


La música es también fundamental para entender esa "atmósfera" de Jennie. Las notas de "Preludio a la siesta de un fauno" de Claude Debussy que acompañan las apariciones del personaje de Jennie, constituye un adecuado fondo sonoro a la historia ya que refuerzan aún más la sensación de que ésta se escapa en cada minuto, de que es intangible. La canción de Jennie, compuesta por el prolífico músico Bernard Herrmann, habitual de las películas de Alfred Hitchcock, ayuda a reforzar ese tono romántico y de misterio de la película, su letra es una de las más misteriosas y sugerentes escritas para el cine; "De dónde venimos nadie lo sabe. A donde voy, todo va. El viento sopla, el mar se agita...nadie lo sabe".


JENNIE

Todas las apariciones de Jennie tienen algo de fantasmal o sobrenatural magníficamente recreado por la maravillosa  y ya citada fotografía en blanco y negro, que se sirve muy inteligentemente de los juegos de luz para darle ese aire espiritual e incluso un tanto irreal, patente en planos como ése tan maravilloso en que Jennie se va patinando bañada por la fuerte luz solar. Ese juego con realidad-ficción que no pretende dar explicaciones coherentes sino invitar al espectador a sumergirse en ese ambiente ensoñador, es una de las grandes cualidades de la película.
Llama bastante la atención el atrevimiento a la hora de servirse de algunos recursos poco habituales para acompañar esta mágica puesta en escena, como el tintado de algunas partes del film de colores azulados o marrones (un recurso típico del cine mudo totalmente en desuso en el sonoro) o el uso del color en el último plano del cuadro que da nombre a la película. Este recurso resulta especialmente destacable en la crucial última escena en el faro, que le da un tono aún más fantasmal y dramático. Por desgracia en el futuro no hubo apenas cineastas que se atrevieran a continuar con estos experimentos con el color.
Jennie fue uno de los últimos proyectos del ambicioso productor David O. Selznick, quien tras haberse hecho famoso con films como Rebeca (1940) y, sobre todo, Lo que el Viento se Llevó (1939), se encontraba por entonces en pleno declive. Jennifer Jones, que encarna a la protagonista, era su mujer a la que aspiraba a llevar al estrellato. Jones hace aquí un buen papel captando la esencia de su personaje, esa joven soñadora, vitalista y con algo especial que encandila a Eben Addams y el público. Joseph Cotten como de costumbre lleva a cabo un notable trabajo interpretando al pintor y es respaldado por secundarios de la talla de Ethel Barrymore y una Lillian Gish ya algo olvidada que hacía pocos años que había vuelto al cine después de un largo retiro de la gran pantalla.

Pese a ser un fracaso en su momento, este romántico film se ha convertido en una obra de culto muy reivindicada al mostrarnos una preciosa historia de amor contada con una pureza y hermosura que aún hoy en día logra encandilarnos.
Película extraña, misteriosa, evocadora, en donde se da esa única conjunción de magia y perfección artística que ocurre pocas veces en el cine. Quizás "Vértigo (1958)" de Hitchcock y "El fantasma y la señora Muir (1947)" de Mankiewicz sean otros ejemplos de que a veces el cine trasciende el tiempo, se funde con él. Los personajes están vivos pero están muertos, son una sombra, un fantasma, una proyección de luz y el amor es lo que sirve de nexo de unión entre esas dos irreconciliables fases del tiempo. El tiempo de la ficción se confunde con el tiempo real, los cómputos y las estructuras narrativas se fragmentan, lo que parece real, no lo es. Todo es magia, es la esencia del cine...


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