De vez en cuando se estrenan películas que merecen estar en un museo. Hay largometrajes que podrían ser perfectamente troceados y fotografiados, enmarcados y repartidos por varias galerías de arte. Existen cintas cuya fotografía y composición escénica excede a su argumento y ocupan una importancia capital en su esencia cinematográfica. La chica danesa es una de estas producciones.

El sentido de la composición del gran Tom Hooper es inmenso en esta película. Es descomunal, exorbitado, fantástico, genial, sorprendente. Es precioso, deslumbrante, profundamente estético y soberanamente atractivo. Tiene unos planos que nos dejarán boquiabiertos, sorprendidos ante tal composición. ¡Qué maravilla de imágenes! Hooper consigue que hasta el espectador más pasivo comprenda por qué se habla muchas veces del cine como arte. Algunos se darán cuenta de cómo un buen plano, una decisión de encuadre o un sistema de montaje externo basado más en lo cromático que en lo emotivo, puede elevar a una película a la categoría de arte, haciendo que el argumento pase a un segundo plano y que, incluso aunque una película sea lenta, el espectador salga con la plenitud de haber contemplado algo precioso.

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