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Obras de culto perdidas: 'APOLLO 18' | Buen cine de ciencia ficción español


El porqué de no volver a la Luna, de la mano del terror. En 2011 tuviste la clave y llegada desde España...


A continuación, nuestra crítica.

APOLLO 18

Piedras lunares....

Corrían los primeros años de la década de los setenta cuando el hombre empezaba a conquistar el espacio, la carrera espacial se convertía en el principal baluarte entre dos frentes, los aliados y los soviéticos, la Guerra Fría estaba en su máximo apogeo, los estragos que supuso el conflicto vietnamita en los 60, tanto monetario, como a nivel armamentístico o humanitario, hicieron que EEUU mirara a otro lado y se centrara en otras historias, incluso dejando de lado la interesante exploración espacial. Pero centrémonos en los astronautas, año 1969, el hombre pisa por primera vez la Luna, los estadounidenses Neil Armstrong y Buzz Aldrin asisten a uno de los espectáculos que muy pocos han podido disfrutar, andar sobre la Luna, observar y escuchar en aquel hermoso paisaje desértico y gris, el inconmensurable silencio del espacio, las miles de estrellas que invaden el cosmos, con nuestra planeta desde la lejanía, maravillándose ante la grandiosidad del universo. La tripulación del Apollo XI pasaba, de este modo, a la historia, como una de las grandes cumbres alcanzadas por la humanidad. Tras este hecho, el gobierno de los Estados Unidos mandaría más misiones tripuladas a nuestro querido satélite, en concreto, el Apollo XVII en 1972, fue la última vez que nos posamos en aquel paraje, siendo el Apollo XIII uno de los peores acontecimientos que jamás se recuerden (y que retrató el director Ron Howard de forma eficiente en la gran pantalla), así como la cancelación por recortes presupuestarios del cohete número XV.


¿Y por qué tenemos una película que se titula Apollo XVIII, si no hubo más misiones después de la décimo-séptima misión? Pues bien, éste es el punto de partida para poder crear una notable cinta de terror, dirigida por el español Gonzalo López-Gallego y bajo producción de la Weinstein Company. El argumento nos sitúa en un hipotético 1974, donde los americanos deciden mandar una tripulación más, esta vez, en secreto, con unos motivos que ni los mismos astronautas son capaces de acertar, y que viene a explicarnos, de manera muy conspiranoica, el porqué de no haber vuelto más a la Luna. Con este hecho, lo que empieza con un suceso insólito como encontrar unas huellas en la superficie que no pertenece a ninguno de los protagonistas, acabará en toda una carrera contrarreloj por sobrevivir a una amenaza desconocida. Tomando como base para la realización la forma de mockumentary o falso documental, la historia se desarrolla como otras tantas cintas de horror que surgieron desde el boom de El proyecto de la bruja de Blair (1999), es decir, los mismos personajes son los que se graban a sí mismos con sus cámaras sufriendo lo indecible. El problema de muchos de estos films, y que cada vez rozan más lo absurdo, es la poca credibilidad de lo que acontece en pantalla, si uno se pone quisquilloso, después de ver algo así se plantea el hecho de Si están sufriendo, siendo perseguidos por monstruosidades o fantasmas, o gigantes, ¿por qué se graba todo? ¿Eso lo haría una persona en la vida real? No. Por eso triunfó El proyecto de la bruja de Blair, porque ésta empezaba como documental, había elipsis muy prolongadas en el tiempo, y cada escena situaba a los protagonistas en un conflicto o sitio distinto. Lo estúpido del asunto es que, muchos autores, queriendo imitar ese estilo, pretenden darnos películas donde un protagonista lo grabe todo, absolutamente todo, como bien podemos observar en la destacable pero ingenua en el segundo visionado, Monstruoso (2008).


Aún salvando estos baches, si algo extraordinario tienen este tipo de películas es la capacidad de sugestionarnos y meternos en la piel de los protagonistas, gracias a la vista subjetiva o en primera persona, profundizando en el misterio de lo que no podemos ver, en conjunción con un uso del sonido casi real, que omite cualquier efectismo musical o golpe contundente de percusión para asustarnos y pegar un brinco en la butaca. Apollo XVIII se mantiene, en su desarrollo de hora y poco, con estos defectos y virtudes mencionados, tomándose su tiempo para presentar a los protagonistas, inducirnos a ese mundo casi inexplorado, sorprendiéndonos con sus giros de guión, asistiendo a lo insólito y lo más visceral. Sin embargo, a pesar de esto, no está carente de ciertos efectismos creados a partir de la postproducción, y algunos momentos videocliperos sobresaturan por su uso nada verosímil si lo que se pretende crear es un pseudo-documental de terror de un hipotético cohete enviado a esa roca que vemos en el cielo todas las noches, sacándonos una risa cuando lo que se pretende es dar miedo. El guión de un desconocido Brian Miller peca de tópicos, y las partes más interesantes quizás sean ensombrecidas por el resto del relato, pobre incluso en su realización, y con un final que acaba siendo una meada fuera de tiesto por el disparate que sucede en pantalla, y que viene a contarnos que no somos más que marionetas en manos de unos gobernantes sin escrúpulos, pero de forma chapucera, caricaturesca. Por lo demás, técnicamente cumple, y recrea de manera fehaciente lo que es estar en la Luna.


En definitiva, divertida para pasar un rato, ver cómo unos astronautas las pasan canutas descubriendo que no están solos allí arriba y poco más. Olvidable a la media hora de haberla finalizado de ver.




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