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Crítica 'El Rapto de Bunny Lake' (1965) de Otto Preminger | Obras clásicas y culto de género


Tras haber cosechado éxitos en Hollywood que lo reafirmaban como uno de los mejores directores del momento, Otto Preminger (Bonjour Tristesse, Exodus) rodó en Londres ésta inquietante película con una intencionada y grotesca trama cuya importancia radica en la absurda situación en la que se ve involucrada una madre americana (interpretada por Carol Lynley) tras la desaparición de su hija a plena luz del día. Ni qué decir que la investigación acaba siendo un oscuro rompecabezas.


El director puede considerarse como uno de los grandes directores europeos que emigraron a Hollywood. Era poseedor de una cuidada puesta en escena en todas sus películas además de dotar al blanco y negro de una poderosa fuerza visual de manera algo expresionista, como buen director de origen germano que era. Quizás Preminger es más recordado por películas como Laura, Al borde del peligro o Anatomía de un asesinato. Pero Preminger borda con El Rapto de Bunny Lake una de sus películas más interesantes, que fue un fracaso comercial y de crítica en su momento pero que ha sido revaluada como una película de culto. Se podría definir a El Rapto de Bunny Lake como una de esas películas de Hitchcock que Hitchcock no hizo.


CRÍTICA DEL FILME

La película no se deja detalle alguno en lo referente a su acertada fotografía en blanco y negro. Como thriller psicológico cada uno de los personajes desarrollan una faceta de vital importancia y clave para comprender la situación en la que vives su sufrida protagonista, víctima constante de un calvario y tormento de la que no se desquita. Tal argumento e intenciones no pasaría hoy en dia ni por el filtro de un telefilme de sábado por la tarde pero lo que convierte ésta pieza de Preminger en especial es la elección de un elenco de actores, a (excepción de Laurence Olivier) no muy conocido: Keir Dullea no se había vestido aún de astronauta en “2001, una Odisea del Espacio” (1968) de Stanley Kubrick, Carol Lynley apenas se paseaba por películas de serie B aunque ya había trabajado con Preminger en “El Cardenal” (The Cardinal, 1963) y Anna Massey había aparecido en el fugaz pero ahora considerado todo un film de culto como es “El Fotógrafo del Pánico” (Peeping Tom, 1060) y que sería reclutada más tarde en “Frenesí” (Frenzy, 1972) de Alfred Hitchcock.


Además de la mano maestra de Otto Preminger contándonos la historia, tanto el excelente trabajo de una Carol Lynley en el papel de esa madre que no desmerece en absoluto en las escenas que comparte con Laurence Olivier (el comisario Newhouse de Scotland Yard encargado de la investigación), como el de Keir Dullea en el papel de su hermano, si bien son unos de los pilares que contribuyen a la calidad de la película, son la excelente fotografía y ambientación de ese Londres sixtie en blanco y negro (The Zombies cantando en la televisión y planos generales de la City), y sobre todo la sórdida, imaginativa y entretenida historia de inequívoco aroma pulp basada en una novela escrita por Evelyn Piper (también autora de la novela que adaptaba aquella joyita con Bette Davis, "La niñera 1965"), historia que desde ese desconcertante primer tercio de metraje, y su titubeante segundo acto, estalla en su tramo final en una magnifica resolución de la trama, que a mi juicio, la hace ser un perfecto ejemplo de esos buenos thrillers psicológicos rodados en la Inglaterra de los 60.


Preminger se las arregla para mantener el equilibrio suficiente para crear un misterio que satisfaga a un espectador más tradicionalista en este género y de ofrecer a un espectador lo suficientemente inteligente un trasfondo algo más trenzado, más psicológico y rompiendo ciertos tabús. Está en la línea de películas de aquellos años como ¿Qué fue de Baby Jane? y Canción de cuna para un cadáver. Y Preminger suma a la película la excepcional fotografía de Denys Coop, que sirve para ilustrar y exacerbar el miedo, aumentar la desconfianza y las dudas, haciendo esos interiores psicológicos más perturbadores. La cámara en blanco y negro contrasta perfectamente distintas localizaciones como la gris y fría guardería o ese estrecho apartamento logrando un grado de claustrofobia de manera excelente. El punto máximo se alcanza en la tienda de muñecas, con juegos de contrastes de sombra y luz además de algunas reminiscencias de expresionismo alemán que le dan cierto aire macabro. Preminger también juega con la cámara desde distintos ángulos, lo cual multiplica la tensión y respaldada por un ritmo sin interrupciones. También ayuda la partitura inquietante de Paul Glass.

NOTA: 8.5


POSTALES, LOBBY CARD, FOTOGRAMAS Y CARTELERÍA
















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