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Crítica Suspiria (2018) | De nuevo terror, color, crueldad y belleza


Con su nuevo trabajo, Guadagnino, en un sorprendente cambio de registro tras la maravillosa 'Call Me By Your Name', se sumerge en un océano de temáticas —probablemente más de las que pueda y deba abarcar— entre las que pueden atisbarse lecturas feministas, políticas o psicoanalíticas; todas ellas tratadas con abstracción y presididas por un magnético discurso sobre la oscuridad inherente al proceso de creación artística que transpira desde la historia al propio largometraje.



Así, las dilatadas dos horas y media que dura 'Suspiria', divididas en seis actos y un epílogo ambientados en la Berlín dividida de finales de los setenta, divagan narrativamente hablando en un tsunami conceptual que parece empeñarse en sobreexplicar todos los requiebros de su trama sin llegar a hacerlo realmente; convirtiendo el visionado en una experiencia que podría llegar a ser frustrante frente al gusto por lo metafórico del filme.
Pero es entonces cuando hace acto de presencia el genio de Luca Guadagnino y su innato talento para dirigir y dar forma a un mundo único, sirviéndose de un reparto deslumbrante —incluida una sorprendente Dakota Johnson—, de un tratamiento visual portentoso, de un ritmo denso pero calculado con metrónomo, de una puesta en escena brillante y de un intenso abrazo a lo onírico. Un cóctel en el que arte y terror se dan la mano para fundirse en una producción imperfecta, pero inimitable.

'Suspiria' está destinada a polarizar las opiniones de un público en el que será complicado encontrar un término medio, desatando pasiones y animadversiones a partes iguales a causa del fuerte contraste entre su fantástica y arriesgada forma —que casi podría definirse como un ejercicio de hipnotismo— y su deslavazada coherencia argumental. Porque, a fin de cuentas, el arte es una cuestión de claroscuros, de caos, de nervio, de incomprensión y, sobre todo, de riesgo.



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