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Obras de David Cronenberg | Un método peligroso (2011)



No lo vemos en pantalla desde el año 2014 y no tiene nada nuevo en cartera, por eso, a falta de uno de los grandes genios de la serie B tenemos que recurrir a su pasado y hoy venimos con una obra de 2011, una película de David Cronenberg  que tiene como protagonistas a dos grandes de la psicología moderna.



A continuación, nuestra crítica.






UN MÉTODO PELIGROSO
El origen de nuestros problemas

‘’Un método peligroso’’ narra una poderosa historia de descubrimiento sexual e intelectual basada en acontecimientos reales a partir de la turbulenta relación entre el joven psiquiatra Carl Gustav Jung, su mentor Sigmund Freud y Sabina Spielrein. A este trío se añade Otto Gross, un paciente libertino decidido a traspasar todos los límites. Esta exploración de la sensualidad, de la ambición y del engaño llega a su momento cumbre cuando Jung, Freud y Sabina se reúnen antes de separarse definitivamente y acabar cambiando la dirección del pensamiento moderno.
Normalmente, todo ser humano sueña, siempre, aunque no nos acordemos al día siguiente. Otras veces, son tan fuertes dichos sueños, que su imagen mental perdura en nuestros recuerdos. Si les digo la verdad, siempre que recuerdo un sueño, es en una etapa de cambios, y nunca me he equivocado. Pero antes de todo esto, volvamos atrás, estamos a principios del siglo XX, nuevos estilos de expresión, tanto en arte (el postimpresionismo y las posteriores Vanguardias) como la literatura o la música experimentan con el subconsciente, los estados de ánimo, el simbolismo y el misticismo. Por otro lado, la filosofía, la medicina, la tecnología y otros muchos campos del saber se expanden de manera prodigiosa. Como ya he dicho, el subconsciente era parte de esos análisis, así surgieron los padres de la psicología moderna, Sigmund Freud y Carl Gustav Jung, aquellos que abrieron la puerta a nuevas formas de entender la psique humana, empezaron sus estudios científicos partiendo de esa misma base, los sueños, unos pilares tan indelebles, tan subjetivos, que a día de hoy y en el gremio de psicología, lo onírico ya no se toma tan en cuenta a la hora de tratar pacientes (más que nada por el desarrollo y evolución de esta rama, como todo). Sin embargo, ello nos llevó a lo que Freud denominó ‘’Psicoanálisis’’, desgranar el momento presente para ir hacia atrás en el tiempo, y descubrir la fuente, el origen del por qué nos comportamos como nos comportamos, de nuestra actitud, de nuestros complejos, y nuestras enfermedades.

Esta vez, no nos encontramos ante un biopic al uso, y más, teniendo a David Cronenberg tras las cámaras, con todo lo que eso conlleva, y el guión adaptado de un ilustrísimo Christopher Hampton, que algunos recordamos por Las amistades peligrosas (1988) o El americano impasible (2002). El director vuelve a recurrir a sus temas predilectos, y casi podríamos subrayar que autoanaliza su filmografía. La sexualidad, la represión del instinto, las relaciones autodestructivas están ahí (¿en qué película de Cronenberg acaba bien un personaje principal?), pero dándole una vuelta de tuerca (cosa que viene haciendo en su última etapa como realizador), como un psicólogo que analiza a su paciente, la cámara se aleja de los personajes, nos conduce de forma racional e intelectual a lo largo de todo el metraje, un metraje extensamente dialogado que, probablemente, no encuentre su público en las masas, sino en una minoría a los que les interesen este tipo de temas sobre la conducta humana. Pero esto no quiere decir que esté mal, de hecho, alabo esa frialdad que empapa toda la película, empezando por los decorados donde predomina un ambiente burgués casi minimalista, poco recargado y relativamente enfermizo, la fotografía de tonos grises y los constantes planos picados, incluso en el ámbito puramente sexual, mostrado de forma gélida, un tema siempre demonizado por el autor como símbolo de nuestra propia autodestrucción, del detonante de corrupción en muchísimas personas, y que adquiere mayor significado en los tiempos que vivimos, en una sociedad donde el sexo y lo frívolo tiene connotaciones poco románticas.
El psicólogo Carl Gustav Jung es el personaje principal de esta historia, interpretado por un cada vez más solicitado y grandioso Michael Fassbender, y como antes explicaba, la represión sexual y nuestros demonios interiores son el principal aval de un relato que se torna en una caída al vacío más oscuro y la desolación, siempre de forma cerebral, todo ello provocado por una paciente que es pura sexualidad, todo un huracán de pasión, Sabina Spielrein (con una más que sobreactuada pero sensual Keira Knightley). Lo interesante del film es cómo ambos roles acaban intercambiándose, partiendo de la base de que todo el mundo puede ser corruptible, Cronenberg nos muestra su lado más oscuro, diciéndonos lo que muchos antes ya habían mencionado, para ser un genio, para ser un grande, a veces, hay que pasar por la locura, o transitarla momentáneamente, saber qué es, no mirarla desde fuera, sino todo lo contrario. Sentirla. Porque ahí es cuando de verdad se aprende, el ser se transforma, vive, reflexiona y vuelve a cambiar. A veces hay gente que transita por esta vida sin tener cambios en su vida, cambios radicales, crisis, y acaban siendo personajes planos, no logran tener un arco de transformación, y sus vidas, una vez concluidas, es como si no hubiera sucedido nada. Nada.
Cronenberg ha sabido reflexionar, ha interiorizado su obra, y ha pasado de la locura a la racionalidad pura y dura, tal y como se desarrolla el personaje de Sabina en esta quirúrgica película. Por lo demás, y dejando a un lado mi estado lisérgico (es decir, mis pajas mentales), es destacable el elaborado trabajo de producción en cuanto al detallismo histórico; los personajes secundarios como el obsesivo y cabezota Sigmund Freud, interpretado correctamente por Viggo Mortensen, o un doctor-paciente libertino interpretado por Vincent Cassel completan un excelente reparto que tiene como principal objetivo llevar por un camino intransitable al buenazo de Jung; finalmente, la partitura de Howard Shore se adapta como anillo al dedo a lo que acontece en pantalla, de forma inquietante, también plácida, divagando en el Sigfrido de Wagner, obra que subyace como un elemento más del relato. Como conclusión, sólo añadir que no es una película recomendable, que puede ser incomprendida, distante, pero a mi simplemente me ha parecido fascinante. Todo esto para contarnos que lo que somos, y de lo que carecemos, está en nuestra puñetera infancia. Todo viene de ahí. Cruel y maldita infancia. Qué ironía.


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