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Karate Kid (1984) | Por qué gusta tanto | Haciendo grande lo sencillo | Lección 29


Como sabemos la saga Karate Kid ha regresado con sus protagonistas originales (Daniel y Lawrence) en la serie Cobra Kai. Ahora queremos recordar y analizar el por qué es tan buena y gusta tanto la obra original.


Antes de nada decir que Karate Kid está formada por una trilogía y una cuarta entrega ya sin Daniel San (Ralph Macchio). De las cuatro, vamos a hablar únicamente de la primera entrega ya que es la que ha convertido en mito a esta franquicia puesto que las otras películas son productos de muy poca calidad, sobre todo Karate Kid II que queda muy muy lejos de la que fue su antecesora.
Pero ¿por qué esa primera entrega vista hoy sigue atrapando tanto al público?

Un poco de todo y para todos

Karate Kid pertenece a ese subgénero nacido en los 80 de películas destinadas a los adolescentes, pero, tiene varios toques especiales que la hacen única.
Sin duda la implementación de las artes marciales es lo que diferenció a Karate Kid de otras películas de su época como 'A toda marcha' donde únicamente se recreaba el mundo adolescente con muchas referencias al terreno músical. Aquí, el corte de banda sonora habitual de esa época apoyada en temas Pop y rock de moda, deja paso a una sinfonía mucho más clásica apoyada en sonidos orientales creados por un Bill Conti en estado de gracia, lo que ya diferencia claramente a Karate Kid de otros filmes con adolescentes como protagonistas.

Pero, el Karate aparte de aportar diferencias y misticismo al producto, solo sirve de leit motiv para presentarnos la clave del éxito de la función que sin duda sus dos protagonistas principales.

Miyagi y Daniel


El primer tema valiente de Karate Kid es que la película ofrece a dos protagonistas outsider del norteamericano habitual. Daniel Larusso es un claro chico de origen italoamericano y perteneciente a la clase baja del país. La apertura del filme con la llegada a su nuevo apartamento decorado con una piscina ruinosa lo demuestra. El segundo protagonista es un anciano oriental que ejerce de conserje de dicha ruinosa urbanización.
En el lado opuesto y como villanos tenemos a los Cobra Kai capitaneados por un fornido excombatiente del Vietnam y sus ricos y rubios pupilos. Todos analogía del norteamericano tipo.


Por lo tanto no sólo vemos una lucha de clases clara, sino una lucha de pieles lo que hace a Karate Kid una película más valiente de lo habitual. Para no abrir más ampollas los guionistas equilibran el asunto con el personaje de Elizabeth Shue, también rica, rubia y con flequillo que sirve para suavizar esa citada lucha de clases y pieles.

Pero si la debilidad racial y social ya eran buen motivo para empatizar con la pareja de protagonistas, la relación creada por ambos es aún mayor y es que, también desde la apertura del filme vemos como Larusso carece de figura paterna y minutos después vemos como Miyagi carece de familia, desde ahí, se crea ese vínculo especial no representado como hijo y padre, sino como hijo y mentor. Esto se simboliza en esa primera escena donde Miyagi trabaja en un bonsai, metáfora clara de la relación que Miyagi tendrá con Daniel: un "padre" que no dirigirá la personalidad de su "hijo", sino que simplemente quitará las impurezas que no le dejen mostrar la esencia pura de él.

Con este cóctel y gracias al trabajo interpretativo de Ralph Macchio y sobre todo al de Pat Morita, tenemos una de las relaciones más bellas que se dieron en los 80 donde la amistad, la fidelidad, la admiración, la educación, la confianza y la fe ciega del uno en el otro, son la clave de porqué amamos tanto esta película.

Pequeños detalles

Por supuesto, la película también tenía esa serie de pequeños momentos o detalles que se marcan en la cultura de cada época como Daniel cazando una mosca con palillos, los Cobra Kai disfrazados de esqueleto, los gags cómicos de Miyagi o las famosas frases del entrenamiento que todos conocemos.


A nivel técnico y de puesta en escena la película no goza de grandes momentos en líneas generales, pero, el director John G. Avildsen tuvo el acierto de saber implementar algunos momentos de magia y misticismo visual que siguen funcionando a la maravilla. El primero de ellos es un plano subjetivo con el que Daniel ve de forma borrosa la silueta de Miyagi tras encontrarse convaleciente en el suele tras la paliza recibida por los Cobra Kai. Con ese plano el director consigue dar ese aura mágica que parece tener siempre el peculiar maestro.
Lo siguiente son las secuencias donde Miyagi y Sam se fusionan como ente gracias al entrenamiento. Todas ellas son planos lejanos apoyados en el zoom de la cámara para crear esa imagen borrosa de nuevo de misticismo y decoradas con atardeceres, ocasos o puestas de luz. Todos estos momentos son los elegidos para dar rienda suelta y fuerza a la banda sonora de Bill Conti.



Un clásico de los 80s

Con todo lo dicho tenemos algunas pistas de por qué Karate Kid gustó tanto a una generación de padres e hijos y sigue gustando a las siguientes. Quizás en el debe de la franquicia tenemos el "mal trato" que se le da a la mujer ya que en el caso de la madre de Daniel su rol es prácticamente inexistente y en el caso de "la chica", tenemos como la saga se ventiló de mala manera a cada unas de las tres novias (díganos dos y media) que tuvo Daniel. De este modo y vista hoy día podemos decir que Karate Kid podría ser considerado un producto machista o al menos claramente enfocado al gusto de los hombres de aquella época (y seguramente de esta).
Pero bueno, esto no quita para que Karate Kid como decimos sea un clásico de lo humilde y lo sencillo; sea una película que enamora a cada nueva generación que la ve y que ante todo es una película que educa a los niños a saber y conocer el respeto, la fe y admiración hacia ellos mismos y hacia sus mayores pero sobre todo educa a los padres a como educar a sus hijos.
Postdata: quien busque peleas de calidad de artes marciales aquí no las va a encontrar.
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