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Películas y cine de John Ford en CINEMATTE FLIX


Hoy toca hablar de las mejores películas del gran genio del cine clásico norteamericano. Hablamos claro de John Ford, del cual no sólo vamos a conocer sus obras claves en texto sino que incluso vamos a poder ver algunas de forma totalmente gratuita en Cinematte Flix. De Momento podemos disfrutar de 7 Mujeres, la última película del director pero en breve iremos ampliando el catálogo.

Antes de empezar nos gustaría aclarar cual es la cualidad o el porqué el cine de John Ford es tan importante sino el más, dentro de la industria del Hollywood clásico. Mucho se habla de Ford o del cine fordiano pero ¿cual es su mayor virtud? ¿Qué hace distinto al cine de Ford del de otros talentos de su época como Hitchcock o Welles?

Para empezar pertenece a ese reducido número de autores que, dentro de la política de producción de los grandes estudios de Hollywood, pudieron escapar al férreo control de la industria desarrollando un universo propio a través de una filmografía que debía que mantener un equilibrio entre la finalidad comercial y artística. Ford no era un artesano cualquiera como podía ser Anthony Mann por ejemplo. Ford se implicaba en la producción de sus películas, participaba en el guión (aunque la mayoría de las veces no fuera acreditado en los títulos de crédito), y en el set de rodaje era capaz de imponer su estilo entre el colectivo de técnicos implicados y, finalmente, podía tener alguna opción sobre el montaje del filme. Para esta finalidad rodaba poco metraje adicional, de tal forma que se aseguraba que en la fase de montaje no se pudieran introducir demasiados cambios o modificaciones respecto de su idea original.

Pero, esto también se le puede acreditar a Hitchcock y Welles, ambos capaces de tomar el control de sus trabajos uno desde dentro de la industria como Hitchcock y otro desde el exilio como Welles. Pero, lo primero que nos llama la atención del estilo de Ford es precisamente que nada nos llama la atención. La forma en que Ford planifica las escenas es absolutamente transparente, es el mejor modelo de lo que significa el lenguaje clásico cinematográfico aplicado a narrar una historia. 
En el cine de Hitchcock la cámara denota la posición del director, todo lo que tiene que ver con el lenguaje cinematográfico (planos, movimiento de cámara, montaje) deja patente el autor que hay tras la cámara como también ocurre en el cine de Welles qiuen deja su sello con la profundidad de escena que fuerza la composición de los planos o los picados y contrapicados.
Pero el cine de Ford es radicalmente diferente porque sencillamente podemos repasar sus películas una y otra vez y comprobaremos que lo que caracteriza el estilo de John Ford es la trasparencia de la cámara. 
Para demostrarlo vamos a recurrir al ejemplo mil veces usado para explicar el estilo transparente de Ford. En Dos cabalgan juntos vemos la conversación entre los personajes que interpretan James Stewart y Richard Widmark, y donde la cámara permanece fija durante más de tres minutos. La escena llama la atención precisamente por la ausencia de fragmentación en diferentes planos de la conversación. La escena viene precedida de un plano general que sitúa a los personajes hablando sobre un tronco frente al río, de ahí pasamos a un plano medio que encuadra a los personajes y que se mantiene fijo durante esos tres minutos. Para Ford, simplemente no hacía falta nada más, ese plano sirve para que el espectador se dé cuenta de cómo son los personajes, sin que nada distraiga ese objetivo. Uno es un soldado, honrado y que malvive de su sueldo; otro, un civil, metido a sheriff que se beneficia de su cargo cobrando un porcentaje por sus servicios a los ciudadanos. El mensaje es tan fácil de entender gracias a la composición que forman los dos personajes en pantalla. Si Ford hubiese usado el montaje habitual de plano y contraplano, el contraste de personajes hubiese sido mucho menor ya que Ford se encarga gracias al diálogo y la composición de personajes (James Stewart, los cigarros, y Richard Widmark, el pañuelo de soldado) de ver cuan diferentes son de forma totalemente natural.
Y es que para Ford, el fondo y la forma son una misma unidad que tiene como objetivo hacer comprensible una historia de cara al espectador, teniendo muy en cuenta que el director es una parte importante, pero que debe velar para que todos los elementos que componen el engranaje del cine funcionen sin imponerse unos a otros.
El cine de Ford es para revisarlo una y otra vez precisamente porque multitud de detalles pasan desapercibidos en un maravilloso ejercicio de escritura clásica que intenta ocultar lo artesanal de su confección para potenciar el resultado final.

Obras maestras de su cine...

Los absolutismos no son buenos ni exactos, por lo que afirmar quien o quien no, es el mejor director de cine de todos los tiempos, es una acción como menos inútil, pero, lo que nosotros sí nos atrevemos a afirmar es que de entre todos los favoritos a ocupar ese puesto, John Ford es uno de ellos y posiblemente el que cuente con más papeletas para el trono.

John Ford es para el cine lo que el cine fue para John Ford: TODO. Ambos nacieron prácticamente de la mano y más de 100 años después siguen de la mano porque los films de este genial director son imperecederos y cualquier nuevo aficionado al cine no tiene más remedio que coquetear con su filmografía para así, acabar sin oposición alguna  con el enamorado de prácticamente toda su obra.

Hoy por eso queremos nombrar, elegir o exponer lo que para nosotros son sus mejores películas o al menos las más destacadas por alguna concreta razón, algo difícil, claro está, y un absolutismo odioso claro está también.
Por lo tanto está lista es un simple gusto personal, cada cual tendrá el suyo, por lo que debemos tratarla no como un absolutismo, sino como un simple juego cinéfilo.





CENTAUROS DEL DESIERTO. 1956

Las 5 mejores de JOHN FORD: Centauros del desierto, ¡Que verde era mi valle!, El sargento Negro...

Podríamos ir de eruditos o sibaritas e intentar elegir como primer film alguna otra gran obra de Ford, pero es que aunque sea fácil recurrir a lo evidente, este film no solo a nuestro parecer y al de medio mundo es seguramente su mejor film, si no que seguramente también sea el mejor western jamás filmado y  además posiblemente una de las películas número uno de la historia. Esta obra de 1956 dirigida por John Ford, fotografíada por Winton C. Hoch e interpretada por John Wayne es orfebrería pura, con una inquietante y sibilina denuncia racial bajo su aparente sencillez narrativa, acompañada de una puesta en escena de arte y ensayo como demuestran secuencias tales como la del apagado del candil a la llegada del indio Cicatriz. Además   está llena de momentos míticos de la historia del cine como su cíclica apertura y cierre, la relación entre Martha y Ethan o la ya famosa postal de la mirada en claroscuro de Wayne a la salida de la cantina, todo esto hace que este film sean mayúsculas del 7º arte.

Las cinco mejores películas de John Ford | Centauros del desierto, ¡Qué verde era mi valle!, El sargento Negro... | Obras maestras

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¡QUÉ VERDE ERA MI VALLE!. 1941

Las 5 mejores de JOHN FORD: Centauros del desierto, ¡Que verde era mi valle!, El sargento Negro... 

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Para defender esta película como número dos de la obra de Ford no hace falta extenderse en demasía, solo hay que dar una sencilla razón de peso, la cual es que en 1941 ganó el Oscar a mejor película, algo no tan importante si no fuese porque se lo ganó directamente a Ciudadano Kane, película que como todos sabemos lleva 100 años ocupando el primer puesto de mejor película de todos los tiempos. Qué calidad no debe tener entonces este film para que en aquel año 41 la academia la eligiese por encima del mítico film de Orson Welles.

Las cinco mejores películas de John Ford | Centauros del desierto, ¡Qué verde era mi valle!, El sargento Negro... | Obras maestras

La cruda fotografía en blanco y negro de Arthur C. Miller va perfectamente de la mano con aquella extraordinaria mirada de John Ford sobre los tiempos pasados, que José Luis Garci describió en su programa 'Cine en blanco y negro' como una "mirada sobrecogedora del paso del tiempo y de la vida”. A lo largo de sus dos horas de metraje, Ford trata diferentes historias relacionadas con los personajes del pueblo, desde la lucha de los mineros contra los ambiciosos propietarios de la mina, hasta algo tan pequeño, pero a la vez tan tierno, como la comunicación del hijo con su madre a través de golpes en el techo al estar los dos en cama por un accidente.

El elenco es de altísimo nivel, con brillantes interpretaciones por parte de todos los protagonistas. Walter Pidgeon es el pastor del pueblo. La fantástica Maureen O’Hara es Angharad Morgan, una de las hijas del minero Gwilym Morgan, padre de la familia, interpretado por Donald Crisp. Sara Allgood interpreta a Beth Morgan, genial madre de la familia, y Roddy McDowall sorprende como el pequeño Huw Morgan. La voz de Irving Pichel nos cuenta qué pasó en el valle, en el papel de un Huw adulto.


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El compositor Alfred Newmann destaca con su premiada banda sonora, en la que está muy presente la canción popular, que une al pueblo y a la familia.

Entre tanto cine moderno y postmoderno, se valora una película tan tradicional como esta, en la que simplemente se aprecian las sencillas virtudes del hombre. Enfocado todo lo ocurrido a través de la memoria de Huw, vemos como, para él, todo se resume en aprender y seguir aprendiendo. Hay un par de escenas que, creo, lo demuestran particularmente bien. Al levantarse de la mesa los hijos mayores tras una discusión con el padre, se queda únicamente cenando el pequeño Huw. Empieza a hacer pequeños ruidos con tal de que el padre reconozca su presencia, que está ahí, que no se ha quedado completamente solo. El padre, cabizbajo nada más dice que "Sé, hijo, que estás ahí", mientras reflexiona acerca del quebrantamiento de la familia.

En otro momento de la película, tras el accidente que sufren Huw y su madre, viene Mr. Gruffydd para animar al pequeño y para recordarle lo que debe hacer, regalándole "La isla del tesoro" de Robert Louis Stevenson. A partir de ahí, el interés por la lectura de Huw va creciendo, hasta llegar, a diferencia de sus hermanos, al colegio.

En conclusión, es una película. Una verdadera película, de aquellas que te dejan cierta esperanza por lo humano al acabarla. Los personajes pasan por buenos y malos momentos, pero el amor entre ellos es conmovedor y la virtud que algunos poseen es emocionante. No se la pierdan, les alegrará el día.

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EL HOMBRE QUE MATÓ A LIBERTY BALANCE. 1962

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1962, John Ford unía a James Stewart y John Wayne, y elegía a William H. Clothier en la fotografía para entre todos crear una palícula basada en un relato corto de Dorothy M. Johnson, el resultado ya es conocido por todos, otras obra maestra más en la peculiar carrera del director y por supuesto uno de los films más atípicos del género y de su propia carrera, pero...¿quien mató realmente a Liberty Balance?...

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EL SARGENTO NEGRO. 1960

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Otra obra de ensayo más y otro western tapadera más. Ford usaba el género para hablar de cualquier tema que le viniese en gana y está vez vuelve a arremeter contra el racismo como ya hiciese en The Searchers y lo hace mediante un procedimental o film de juicio. El sargento Rutledge interpretado por Woody Strode se erige como héroe y martir de un film maravilloso, emocionante y sentimental, un film que no hace falta tener nociones para disfrutarlo desde su primer minuto.

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LOS 3 PADRINOS. 1948

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Uno de los films menos conocidos de Ford y una de nuestras apuestas personales. Para nosotros juntar a Ford y a Hoch ya es motivo de obra maestra y así la escena del nacimiento en el interior de la caravana iluminada por simples velas y candiles es uno de los 10 mejores momentos del cine a nuestro parecer. Si el cine es imagen en movimiento contando una historia, este es el mejor ejemplo para reafirmarlo.
Solo esta escena sería suficiente para que este film fuese uno de nuestros favoritos pero por fortuna hay mucho más.

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SIETE MUJERES. 1966 en CINEMATTE FLIX



Siete Mujeres es la última película de John Ford. Se rodó en 1966, cuando la lucha por los derechos de las mujeres y de las minorías raciales ya había transformado el paisaje social de Estados Unidos. Narra las peripecias de una misión protestante en un contexto histórico difuso. Una iglesia reformada ubicada en Boston ha enviado a China a un grupo de voluntarios: cuatro mujeres y un hombre que realizan un trabajo de evangelización mediante labores humanitarias y una pequeña escuela infantil.

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Seven Women fue menospreciada por la crítica y el público. Es una película escasamente conocida, pero que muestra la evolución de John Ford hacia un cine más intimista y desencantado, con un fuerte acento lírico. Desde sus inicios, Ford rechazó el calificativo de poeta o artista: «No hago películas para hacer obras de arte –afirmó en más de una ocasión−. Ruedo películas para poder pagar las facturas». Cuando un periodista le preguntó qué era el cine, respondió: «¿Usted ha visto caminar a Henry Fonda? Pues eso es el cine». François Truffaut no se dejó engañar por estos desplantes: «Era uno de esos artistas que nunca pronuncian la palabra arte, y de esos poetas que nunca hablan de poesía».





EL JOVEN LINCOLN. 1939 en CINEMATTE FLIX


A nivel estructural, pueden distinguirse tres partes en El joven Lincoln: la inicial, que transcurre en el pueblo de Nueva Salem, donde Lincoln alterna su trabajo en un almacén con el estudio de diversos libros de leyes. En esta parte se muestra la cándida relación amorosa entre el joven y Ann Rutledge (Pauline Moore), la mujer prematuramente fallecida que lo marcará de por vida. Encontramos en este primer tramo del filme una elipsis magistral, en la que el director se vale del curso de un río para plasmar el paso del tiempo. La segunda parte comienza cuando Lincoln, ataviado con chistera y a lomos de una mula, se traslada a la ciudad de Springfield para ejercer como letrado. Allí, tras los festejos de celebración del Día de la Independencia (pocas veces Ford ha filmado escenas más relajadas y lúdicas), el joven abogado asumirá su primer caso verdaderamente serio: la defensa de dos hermanos acusados de asesinato que a punto están de ser linchados. Es el propio Lincoln quien impide su linchamiento gracias a un discurso público en una secuencia memorable. El último tercio de la película coincide casi en su práctica totalidad con la celebración del juicio a los hermanos Clay. Ford sienta aquí las bases del subgénero judicial que todos conocemos sin perder un ápice de su particular sentido del humor.


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John Ford nos deja algunas de las secuencias más hermosas que jamás filmara, brillando en especial esa breve escena en la que Abe abandonará una fiesta, en la que dejará patente su torpeza como bailarín pero a la vez su gran capacidad para mantener una conversación inteligente y divertida, para salir a una terraza con la que será su esposa, Mary Todd, y quedará atrapado por la belleza del río que fluye ante él destellando en el crepúsculo. La mirada de inmensa tristeza de Abe al rememorar a su amada fallecida, Ann, al pulso de las aguas, nos embarga con una inmensa melancolía. La figura mítica se humaniza y se nos hace aún más querida al poder compartir con él el recuerdo imborrable y el dolor que siempre estará presente por el joven amor perdido.




PASIÓN DE LOS FUERTES. 1946 en CINEMATTE FLIX




Tras finiquitar su ciclo sobre la Segunda Guerra Mundial con No eran imprescindibles (1945), John Ford regresó a Monument Valley, escenario de La diligencia (1939), para rodar Pasión de los fuertes. La película tenía como objetivo recrear el tiroteo de O.K. Corral en el que los oficiales Wyatt Earpp y Doc Holliday se enfrentaron a una banda de vaqueros que estaban acusados de varios robos y asesinatos. Este duelo mortal es uno de los grandes mitos del Salvaje Oeste, y como tal está lleno de medias verdades y contradicciones; un quebradero de cabeza para cualquier historiador y un caramelo para Ford, que se sentía muy cómodo ofreciendo su versión de cualquier hecho legendario (aunque, según dijo, se había limitado a rodar lo que le había contado el mismísimo Wyatt Earp veinticinco años antes).

Desprovisto de los grilletes de la fidelidad histórica, Pasión de los fuertes se rebela como un western que incorpora el ambiente fatalista del cine negro, resultando muy apropiado adjudicarle la etiqueta «crepuscular» con la que alegremente se califica a cualquier película del Oeste estrenada a partir de los años sesenta. Pasión de los fuertes lo es porque aúna la atmósfera turbia, la tensión latente, los antihéroes melancólicos y las mujeres ambiciosas. Y, también, porque Ford le añadió una capa de tragedia shakesperiana que por momentos nos hace imaginar que estamos en un teatro del Londres del siglo XVI en vez de en el mítico Tombstone, Arizona. ¡Hasta asistimos a la representación del «Ser o no ser» de Hamlet en la nocturnidad de un saloon!
¿Para qué tantas molestias? Probablemente, como contexto propicio para la desgracia de Doc Holliday (Victor Mature), uno de los personajes más atormentados que dirigió Ford en toda su carrera. Enfermo de tuberculosis, Holliday huye de Boston para no hacer sufrir a su amada Clementine (Cathy Downs) y se refugia en Tombstone, donde sucumbe al juego, al sexo y al alcohol. Es un cirujano incapaz de curarse a sí mismo, y su único consuelo aparte del champán —bebida más decadente que el whisky— son los textos de Shakespeare que aprovecha para recitar cuando los actores itinerantes acuden al pueblo. Mature, que tenía fama de mal actor, encarna de forma magistral a un Holliday derrotado, con pequeños pero intensos arranques de ira y una frustrada redención que le conducirá, indirectamente, al suicidio. Fantástico.


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A su lado, Wyatt Earp (Henry Fonda) es poco menos que un hombre ocioso. Si acepta el cargo de alguacil en Tombstone es porque planea vengar el asesinato de su hermano James (Don Garner) a manos del clan que capitanea el viejo Clanton (Walter Brennan). Pero su actitud difiere bastante de la de un cowboy sediento de sangre. La parsimonia de sus movimientos —llegando a la frivolidad, como cuando juega a apoyar las piernas en las columnas del porche— y su preocupación por estar siempre bien acicalado distorsionan esa imagen de justiciero; más aún cuando se enamora de Clementine, quien le hace trastabillar varias veces. Y, sin embargo, bajo la piel de Wyatt Earp se adivina la rabia contenida, presta para estallar en el clímax de O.K. Corral.

Silencio en O.K. Corral

Como decía al principio de esta crítica, dudo que nadie sepa cómo de exacta es la recreación del tiroteo por parte de Ford. Lo que sí se puede afirmar es que, como ejercicio de dirección, es magnífico. La escena no tiene música, resaltando así efectos sonoros como los cascos y relinchos de los caballos, las pisadas de los vaqueros sobre la arena y, claro está, los disparos de rifle. Cuando llega el intercambio de balas, Ford acelera el montaje y añade elementos de confusión: los caballos se mueven nerviosos en una especie de remolino, una diligencia cruza el escenario levantando una nube de polvo y los vaqueros se resguardan entre listones de madera. La carga emocional que Ford ha ido macerando en los primeros 90 minutos permite la sequedad de un tiroteo impactante, sin gritos ni explosiones, tras el cual aún sobrecoge más la decisión que toman entre Wyatt y Morgan Earp (Ward Bond) respecto al viejo Clanton.
Linda Darnell es otro de los pilares de Pasión de los fuertes, la guinda de un reparto excelente que aprovecha al máximo las posibilidades de los personajes. Darnell encarna a Chihuahua, mujer fogosa que entretiene a los hombres de Tombstone —empezando por Holliday— y que vive según sus propias reglas morales. Desconfía por sistema de los tipos amanerados como Earp y de las chicas de ciudad como Clementine; más aún si el objetivo de ambos es sacar a Holliday de su depresión, pues sabe que entonces lo perderá para siempre. Para defender su territorio no dudará en emborrachar a Holliday o llenarle la cabeza de pájaros. Ahora bien, a diferencia de las femme fatale del cine negro, Chihuahua aprovecha la oportunidad que se le presenta para purificar su alma, aunque sea a costa de perder la propia vida.
Por lo tanto, si en otras películas como El joven Lincoln (1939) o Corazones indomables (1939) Ford se había permitido manipular los hechos para crear leyendas duraderas en el corazón de los estadounidenses, en Pasión de los fuertes su intención es quitarle trascendencia y heroísmo tanto al género del western como al episodio de O.K. Corral. La triunfadora de la película es una muerte que planea sobre los bellísimos parajes de Monument Valley fotografiados por Joseph MacDonald; una muerte que se refleja incluso en los hocicos de los caballos que corren despavoridos, víctimas de un Doc Holliday que, a base de latigazos, paga con ellos sus frustraciones.



EN CONSTRUCCIÓN...

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