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Clásicos modernos: Crítica 'Lincoln' de Steven Spielberg | (2012)


Que Steven Spielberg es un genio no lo duda nadie. Que es ya un gran mito clásico del cine tampoco...

Ahora nos gustaría recordar un clásico modernos que no tuvo la aceptación que merecía y hoy la demandamos:

La crítica

Una vez más, Steven Spielberg vuelve a dar una clase magistral de dirección, de cómo narrar una historia, de cómo manejar a sus actores, de cómo componer una escena, de qué estética hay que seguir.

Esta vez el realizador decide minimizar el asunto, interiorizar la historia, alejarse de efectismos, de mostrar guerras cruentas y se traslada a los despachos, a la labor de unos hombres que intentaron cambiar las cosas a través de las leyes, Spielberg se mete de lleno en las entrañas de su país, como otros grandes clásicos del cine, el director de E.T. deja su film sobre los cimientos de su país natal.


Spielberg, contador de historias por antonomasia, siempre intenta aportar su granito de arena al mundo, a la sociedad, sea una ética, sea una reflexión, todo con un cierto toque humanidad que caracteriza a sus películas, y en sus discursos siempre adopta un lado optimista, un mensaje universal decisivo para el futuro bienestar y, aunque parta de la guerra, el fin, su fin es un mensaje de paz. Lo hacía en Encuentros en la tercera fase (1977) , lo hacía en La lista de Schindler (1993), lo hacía en Munich (2005) y lo vuelve a repetir con Lincoln, entre muchas otras. ¿Es necesario matarnos los unos a los otros por absurdas teorías y prejuicios? ¿Son necesarias tantas fronteras y desigualdades? ¿Qué sentido tiene todo esto? El film basado en uno de los presidentes más importantes de la historia entronca directamente con otras dos que tratan la misma temática del conflicto racial, la aplaudida El color púrpura (1985) y la infravalorada Amistad (1997), aquí lo que hay es un debate moral acerca de la condición humana, no existe más fragor de la batalla que el de conseguir unos míseros votos para acabar con un mal, un defecto de la sociedad estadounidense de entonces.

El director traza con su nueva película un trabajo que se puede adjetivar como pedagógico, con el que podremos aprender no sólo por su valor histórico, sino por su vertiente moral y social, esa rama humanista que tanto le identifica. Por otro lado, a nivel técnico estamos ante una producción envidiable en todos sus apartados, es una obra analítica hasta el más milimétrico detalle, meditada, calmada, con pretensión de que el espectador saque su propia reflexión, y si a eso le añadimos una maravillosa fotografía de claros oscuros de Janusz Kaminski, el sólido montaje de Michael Kahn, y la subyacente partitura del inseparable John Williams, y le unimos un guión que no intenta abarcar la vida de un personaje sino un hecho concreto, las papeletas como biopic cambian, porque este no es un mero biopic, es un grito rabioso en tiempos donde los políticos ya no son políticos, sino banqueros y ladrones, unos tiempos donde los valores morales se están perdiendo, digan lo que digan los más gafapastas y hipster que sólo ven todo de negro y van de iconoclastas y nihilistas por la vida. Por último habría que destacar la labor del reparto al completo, desde Daniel Day-Lewis como protagonista principal, retratando un Lincoln contador de batallitas y fábulas; pasando por un calvo Tommy Lee Jones impagable y acabando por la ristra enorme de secundarios, todos ellos caras conocidas que Spielberg maneja como si estuviera en su salsa.

Puntuación: ****