Crítica: EDEN LAKE, de James Watkins | Joyitas perdidas del cine de terror


Valores de una sociedad enferma...



Lo que en un principio era un viaje tranquilo para una pareja se torna, repentinamente, en una locura sangrienta. Bienvenidos a Eden Lake.


EDEN LAKE

Eden Lake es un film inglés que se estrenó allá por el año 2008 que, una vez más y como otras tantas, jamás ha llegado a nuestras salas, ni siquiera en formato doméstico y eso que tuvo, pese a todo, muy buenas críticas en publicaciones extranjeras. Échenle la culpa a las distribuidoras si quieren, pero hoy no voy a hablar de eso. Voy a hablaros de esta película que se ha ganado, a pulso, un hueco en mi filmoteca del terror. Película dirigida por un desconocido James Watkins, el argumento tiene que ver con una problemática muy cercana y de ultimísima actualidad: la mala educación de los jóvenes de hoy. Parece que no viene a contarnos nada nuevo, pero ubiquémonos: pareja de enamorados, la chica es profesora de infantil y él, un hombre tímido y cariñoso con ella que piensa llevarla, de fin de semana, a un lugar aparentemente apacible para pedirle matrimonio, ese lugar es el nombre que da pie a esta magnífica cinta. Sin embargo, la calma no durará mucho, y unos pandilleros sin modales los molestarán, llegando al punto de robarles y hacerles la vida imposible, lo que generará una serie de catastróficas desdichas, a cada cual más violenta, tanto para nuestros protagonistas como para los chavales.

Lo certero de esta historia de terror es mostrarnos algo que perfectamente podría pasar, no hay asesinos enmascarados, ni cosas del más allá, ni nada por el estilo, sino un afán por recordarnos que el miedo puede ser algo real, tangible, sin recurrir efectismos ni supercherías propias de otras de su género. Destacable es el hecho de recurrir a unos pandilleros adolescentes que, en un momento dado, traspasan esa línea fina, frágil, indeleble, de la inocencia a la violencia más descarnada, niños convirtiéndose en cazadores. Para ser claros, la película es una patada en la boca, en el estómago, y en definitiva, a nuestras partes más íntimas. El modo en que el director estruja cada momento hasta dejar al espectador pegado a su butaca con un sentimiento entre la angustia, la congoja y la impotencia, es algo que muy pocos cineastas logran de forma fehaciente, y todo eso, sin romper el ritmo del film en ningún momento, estableciéndose en un constante crescendo hasta el golpe final donde el cineasta critica, muy duramente, la sociedad que le rodea y de la que es testigo cada día que pasa.

Como ya he dicho, el tema principal, el eje sobre el que gira esta pequeña rueda hasta convertirse en una espiral descomunal de violencia y sin sentido, es una problemática que vemos a diario, es decir, ¿cómo estamos educando a nuestros hijos? ¿Tienen la culpa los padres o los profesores? ¿Quién es quién en este tinglado? Tenemos ante sí, otra de esas batallas que tanto me entusiasman y que es un tema muy recurrente últimamente en la filmografía de muchos directores: el conflicto generacional, qué le aportamos a nuestros hijos, a los jóvenes, es decir, ¿estamos siendo consecuentes con ellos o nos comportamos de forma egoísta? Seguro que ahora estaréis recordando los disturbios que se sucedieron en diversos barrios de Londres en el mes de Agosto, donde se nos mostraba la falta de escrúpulos de una ingente cantidad de ciudadanos, daba igual el estrato social, hubo niñas ricas, profesores, y un largo etcétera que armaron jaleo, saquearon tiendas, incendiaron casas, e hicieron un barrido gratuito de brutalidad, vandalismo, y desprecio sin sentido a todo lo que tuvieran por delante.


Y es en este pretexto donde podemos discernir que la sociedad está gravemente enferma, gangrenándose por no recibir una dosis de ética y moral, muchos señalan a los profesores como principales culpables del comportamiento de los jóvenes, y ese es el error, el respeto no se enseña en un colegio, sino en el hogar, a través de los vínculos familiares y es ahí donde quiere ahondar el director, y también guionista de este libreto, que nos refleja su propio pensar, nada optimista, sobre la sociedad que estamos ayudando a crear, una sociedad sin valores, y por esto mismo, responde con contundencia y lo deja bien claro en su más que desgarrador y escabroso acto final, toda una muestra de cómo dejar, literalmente, acojonado al espectador y que esa misma noche no duerma, o se le quede mal cuerpo. Una cinta sin excesos, sin artificios, técnicamente honesta, con las actuaciones de un Michael Fassbender torturado hasta lo indecible y con una Kelly Reilly en estado de gracia que consigue meternos de lleno en esta psicótica aventura, con violencia explícita pero no gratuita al servicio de esta más que macabra historia de horror, recordando lejanamente a La última casa a la izquierda (1972) del mítico Wes Craven y que acaba antojándose como todo un tour de force dramático para nuestras entrañas y nuestros nervios, no apta para cardíacos. Una película que recomendaría sin ningún reparo, que nos dejará pensativos al finalizarla, y que nos muestra un mundo, cuanto menos, desconcertante, contradictorio y nada alentador, aunque para esto último y por desgracia, sólo nos hace falta echar un ojo a cualquier periódico o telediario para encontrar historias aún más monstruosas que la ficción que tenemos entre manos.

Véanla como puedan, no lo lamentarán.

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