sábado, 31 de diciembre de 2016

Crítica 'Comanchería' (2016) de David Mackenzie | Sin perdón

Puntuación: ****
Visual: *****
Narrativa: ***


Es curioso que empezamos el año 2016 con la crítica de un magnífico western (Los Odiosos Ocho) y cerramos la misma sección de críticas con otro "western" (entrecomillamos por ser un western no ambientado en la época original del western). Dos películas del "oeste" que a modo de preludio abren y cierran un año donde lo clásico (los citados western; el La, la land de Chazelle; el Carol de Haynes o el regreso a los 80 y los mismos orígenes de Star Wars) ha sido una de las facetas claves del año. Ahora como decimos, Comanchería totalmente sustentada bajo los pilares del cine clásico y crepuscular, cierra esta agradable etapa de 2016.

Como decimos, cerramos el año con una magnífica propuesta (y uno de los mejores filmes del año) que se adentra de nuevo tras varias propuestas en 2016 en los terrenos del western clásico. 'Hell or high water (Contra viento y marea)', es el verdadero título de una obra turbia a modo de 'thriller' rural, o wéstern policiaco en el que David Mackenzie (Convicto, 2013) desarrolla dos historias convergentes: la de unos rebeldes sin causa y sin futuro que atracan bancos en el estado de Texas, y la del veterano sheriff a punto de jubilarse que se obsesiona en darles caza. La música está compuesta por Nick Cave y Warren Ellis, muy proclives al wéstern moderno en sus diversas formas. Suyas son las bandas sonoras de 'The proposition', 'El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford', 'La carretera (The Road)', 'Sin ley (Lawless)' y 'Lejos de los hombres', todas ellas reformulaciones muy interesantes del otrora llamado cine del Oeste. 
Con estos mimbres, el director consigue que la soledad y la desesperanzas de las zonas rurales del oeste nortemericano se enfaticen gracias a los violines campestres que recrean una atmósfera densa, ocre, polvorienta y opresiva en este relato policial cuyo clímax nos recuerda a los wésterns secos de Anthony Mann o Raoul Walsh añadiéndole ese tono crepuscular que vimos en obras como Sin Perdón o Centauros del desierto. Así tanto el maduro sheriff encarnado por un genial Jeff Bridges, como los jóvenes atracadores, unos igual de geniales Ben Foster y Chris Pine, recrean y se apoderan de esta magnífica historia donde figuras y paisajes se funden en uno para arremeter directamente con ese fin del simbólico sueño norteamericano ahora en manos de las grandes corporaciones culpables de la desdicha y la ausencia de ilusiones de una gran parte de la población de Estados Unidos. Todo esto como decimos sin olvidar sus dotes de thriller y sus menos interesantes escenas de acción que ayudan a que el film sea mucho más ameno y digerible de lo que aparenta.

En definitiva, una cruel alegoría de la coyuntura de desamparo e impotencia que se extiende como un mal endémico a lo largo de las, cada vez más amplias y definidas, fronteras de la clase baja. Nuevo México se presenta como el escenario perfecto para fundar este tipo de metafóricas visiones de la sociedad contemporánea, donde los lejanos horizontes desérticos del oeste americano son capturados con sublime precisión por los encuadres de Giles Nuttgens, quien contrasta toda esa potencia visual liberadora con la claustrofóbica visión de las entidades bancarias y ofrecer así una mirada abrumada de las opresivas técnicas despóticas de los magnates del capitalismo. Todo esto en los mismo inicios políticos del hombre de los muros y el tupé, que debe recuperar el cesped en las áridas praderas de una sociedad hastiada, cansada y desesperada. Es decir, comanches del siglo XXI.




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