sábado, 6 de diciembre de 2014

Crítica: Harry Potter y las Reliquias de la Muerte Parte 1 y 2, de David Yates

 
Harry Potter viene dispuesto a enfrentarse contra el señor oscuro, Lord Voldemort, en una batalla final sin precedentes. ¿Logrará su cometido? A continuación, nuestra crítica.

Breve introducción al caos...

Si hay algo que destaque de Harry Potter es su poder e influencia como fenómeno de masas a lo largo de toda una década. Destaco la habilidad mágica como escritora de J.K. Rowling al recrearse un libro tras otro y alargar el clímax final hasta la extenuación del lector, enganchándolo con una fácil, accesible pero mediocre lectura, recomendable para jóvenes, no así para los más creciditos (y es que uno ya tiene una cierta edad, si Harry Potter es la piedra filosofal para las nuevas generaciones, los de la mía fueron DragonLance y El Señor de los Anillos). Destaco la capacidad y la clarividencia de la Warner Bros. Pictures al aprovecharse de los incautos lectores para arrastrarlos a las salas mediante una fuerte, meditada e inteligente campaña de marketing. Pero lo más destacable de todo es el habernos sabido vender la moto año tras otro, por un lado, arrastrando a la gente a leer por primera vez un libro, y por otro lado, arrastrarlos al cine (y no sé si por primera vez). Así, a toda una generación. La lástima es que, después de dicho fenómeno, dudo que la inmensa mayoría vuelva a coger un libro o pagar por una entrada de cine. Y es que así son los movimientos de masas, un día empiezan, y cuando menos te lo esperas, se diluyen en el tiempo. Desde estas líneas que escribo, que pueden parecer pesimistas, espero que no sea así. Espero que esto haya sido un buen incentivo para introducir a muchos jóvenes al mundo de la lectura, y por qué no, también del cine.


No nos equivoquemos, aunque mis palabras tengan un componente viperino que sólo aquellos que hablen pársel lo entenderían, no estoy diciendo que Harry Potter sea el mal de la industria audiovisual, ni mucho menos. Pero sí que deberíamos analizarlo desde una distancia, lejos de nuestra experiencia con la saga, ya sea por los libros o las películas porque si no, entraríamos en el eterno debate de los radicalismos, el sinsentido y los monos con tutú que tanto me gustan. Es decir, Harry Potter se ha sabido vender, y no por ello tiene que ser malo, pues el objetivo de cada autor que crea una obra literaria o audiovisual es que lo vea/lea/escuche la mayor gente posible, y sobretodo, vivir de ello. Y en este sentido si que humillo a toda esa superchería de gafapastas y snobs que predican una cultura minoritaria, para ir de guays, exquisitos y alternativos y se dedican a criticar sin ninguna base. Lástima que sean víctima de otra moda.


Es por ello que, en el siguiente análisis que corresponde a la última entrega de la saga del brujo con más carisma desde que el rey Arturo fuera alumno del mago Merlín (¿el padre de Dumbledore?), me veo en la obligación de separar literatura de la obra fílmica. Más claro, el cine y literatura son dos artes completamente diferentes, usan su propio lenguaje y riqueza para transportar al espectador al mundo descrito, por tanto, omitiré toda relación con los escritos de J.K. Rowling, ciñéndome exclusivamente a lo que compete esta saga en cuanto a calidad fílmica. Sin duda, muchos fans se me echarán encima, pero a todos ellos les pregunto si se dan cuenta de la cantidad de novelas que se adaptan al año al cine y cuando van a la sala no son conscientes de ello…
Sin más, empezaremos el análisis por partes, tal y como Warner también ha hecho al dividir el último libro en dos películas, con motivos más que claros, no así los nuestros. Jujuju.



Cuesta creer que David Yates por fin haya podido ofrecer una historia más oscura y adulta de lo habitual con Las Reliquias de la Muerte, pues es el cineasta más prolífico de la saga, llevando la batuta desde la quinta entrega (La orden del Fénix), y es que los productos posteriores a la tercera entrega tenían de todo menos pasión por la obra en la que se basaban, siendo la trilogía inicial, dirigidas por Chris Columbus y Alfonso Cuarón (El prisionero de Azkaban, en mi opinión, la mejor de todas) las más destacables en cuanto a realización y guión, sentando las bases para los posteriores destrozos anárquicos de Mike Newell y David Yates, marionetas de una productora ávida en sacar rentabilidad años tras año. Sin embargo, Yates se ha asentado en la saga, se ha imbuido de todo el universo de brujería y ha ido a lo que todo fan pedía, dejarse de historias vacuas típicas de un serial como Física o Química, y dar más importancia a la figura de Voldemort y el enfrentamiento final con Harry. De hecho, si algo he de reseñar de este cineasta fue la confrontación Voldemort-Dumbledore en La orden del Fénix, realizado de forma magistral, un clímax apabullante, así como la muerte de éste último a manos de Severus al final de la siguiente entrega, El misterio del príncipe (jamás sabré porqué no la titularon El príncipe mestizo). Y otro punto crítico es que probablemente, debido al éxito en taquilla de las anteriores, los productores han dejado más libertad a Yates a la hora de experimentar, y eso se nota. Mucho.


En esta primera parte del largo clímax final empezamos con un Harry sumamente preocupado por la guerra que se avecina y que, tras la muerte de Dumbledore, se vislumbra una contienda larga y difícil, que se extiende también al mundo de los muggles. Yates nos deleita con un arranque precipitado, explosivo y fugaz que nos deja entrever lo que son las dos siguientes horas: la persecución incansable de los mortífagos por destruir a todo mago no partidario del señor oscuro, y sobretodo, de Harry. Interesante la dualidad patente que se establece en los primeros minutos, por un lado tenemos al elegido denostado y abandonado finalmente por su familia adoptiva, por otro, tenemos a una triste Hermione borrando su imagen de los recuerdos de sus familiares para ahorrarles el sufrimiento que conllevará esta guerra, y de la que no sabe si saldrá viva. Así como presentarnos por fin una reunión de todos los sirvientes del señor oscuro entorno a éste, que tanto ansiábamos en films anteriores y cómo no, también del lado bueno. Y obviamente, encadenando con la anterior película, hay que encontrar los Horrocruxes, los trozos restantes del alma de Voldemort para poder destruirlo. Directo y sin concesiones, bien contra el mal, luz y oscuridad en una lucha sin igual. Eso es lo que hay.


Con una realización más personal, dando una mayor carga emocional a unos personajes ya lo suficientemente adultos y una fotografía excepcional de Eduardo Serra (El protegido o La joven de la perla), Yates construye, quizás, la mejor película de la saga, aún sin contar con la magia de la batuta de John Williams, la cual se hace notar desde que abandonó el barco hace ya unas cuantas películas. Destacando, eso sí, el corto animado introducido en un momento dado del film, El cuento de los tres hermanos, una maravilla que recuerda en otro sentido y otro contexto a lo que ya hiciera Tarantino en la primera Kill Bill o Zack Snyder en Watchmen y su capítulo Relatos del Navío Negro, aportando ese aura mágica que necesitaba este cuento de brujería y hechicería. Pero sin duda, lo más importante de esta entrega es su enfoque puramente en el trío protagonista, acrecentando sus conflictos, tanto interiores como exteriores, por no mencionar la tensión sexual palpable y, ciertamente, sutil. No obstante, no todo iba a ser un camino de rositas, al ser una película dividida en dos partes padece de un desarrollo irregular, inestable, pero sin llegar a los límites de anteriores films, eso, y que los magos en vez de lanzar hechizos utilizando la varita, parezca que tienen una ametralladora propia de un film de Michael Bay, hacen que esta obra no llegue a ser lo brillante que podría haber sido, amén de arrastrar la losa de una séptima parte, con lo todo lo que ello supone, para bien y para mal. Por no hablar de unos actores protagonistas que se les ve desgastados de repetir una y otra vez el mismo papel, papel que les ha visto crecer, pero que, como a todo ser humano, es necesario un cambio de aires y verlos en otros trabajos. Pero cumplen perfectamente, eso es innegable.
Aún con estas pocas lacras, recomendable como entretenimiento puro y duro, sin más pretensiones. Siendo más adulta, oscura y violenta, se encumbra como la mejor de la saga, un lavado de cara en todos los sentidos. Lo mejor es su final, te deja con ganas de más, cosa que no pasaba con otras entregas.


Crítica: Harry Potter y las Reliquias de la Muerte Parte 2

El final ha llegado. Todas las fichas del tablero están dispuestas, ya no hay más concesiones. Se ha elegido el bando que defender. Luz u oscuridad. La guerra está aquí. Todos los enigmas y cabos sueltos sembrados anteriormente concluyen aquí. Eso es lo que nos espera en las dos horas que David Yates nos ofrece, tras un magnífico preámbulo donde su dirección se hacía notar, porque ya era hora tras dos reguleras entregas. El fenómeno termina, y desde el minuto uno lo sentimos. La carga dramática de esta entrega ensombrece al resto de filmes de la saga, de hecho, si analizamos las dos partes como conjunto omitiendo las 6 películas restantes, estaríamos hablando de otra historia, otros personajes, y otro contexto. El argumento de esta entrega nos introduce en el mundo de Severus Snape, ese profesor de Slytherin que muchos odiamos, otros adoramos, y que se vislumbraba como protector en las sombras aunque nunca lográbamos entender la magnitud de sus acciones, es por eso que, aqui, en este film, se erige como uno de los ejes principales, revelándose toda su complejidad psicológica y emocional. Y de qué manera. Por otro lado, asistiremos a la persecución de los Horrocruxes por parte de Harry, Hermione y Ron, así como la revelación de la naturaleza de ciertos personajes que no contaré, y así hasta la incansable batalla final con el señor de la oscuridad.


Y es que vaya epílogo se ha marcado David Yates, demostrando solidez en la narración, a pesar de ser una obra con muchísimos personajes secundarios, lo ha logrado al centrarse en los más importantes, aunque todos tienen su hueco, muchos morirán, otros vivirán, pero todos tienen su gran momento tras bastantes años trabajando en esta franquicia. No se puede contentar a todos los fans, es obvio, pero las situaciones cumbre podrían haber caído perfectamente en el ridículo si no fuera por el hombre que hay tras las cámaras. Y no ha sido así, menos mal. Poderío visual, Warner ha decidido tirar la casa por la ventana y nos ofrece un espectáculo explosivo, donde veremos Hogwarts sufrir el ataque de los mortífagos como nunca antes se había visto. No esperábamos más. Eso sí, le achaco a este filme su no sostenimiento como un ente propio, sino que debería verse en conjunto con la parte 1, ya que se finalizan todas las tramas abiertas, de esta forma podríamos ver la magnitud de tal trabajo, y es quizás, lo que a muchos les eche para atrás.


Como anécdota aparte, me parece exagerada la reacción de muchas quinceañeras en la platea que lloraban a moco tendido, cierto es que hay instantes lacrimógenos y que es un jodido drama, pero la llantina de unas cuantas en la sala alcanzaba los límites más histriónicos que uno haya podido ver...
En definitiva, Daniel Radcliffe, Emma Watson (un día le pediré matrimonio) y Rupert Grint acaban este viaje juntos, es hora de iniciar un nuevo camino, y Yates les regala un grandísimo final a este trío que ha logrado dar vida a unos personajes que muchos chavales deseaban ver en carne y hueso, como broche último a toda una década de magia, dragones y enigmas. La nostalgia se dejará sentir en cada fotograma del final, de esta despedida, y es que esta es la historia de una generación de jóvenes, pero ya es hora de dar paso a una nueva...

Una última cosa, SEVERUS SNAPE, qué grande eres joder.

Crítica: Harry Potter y las Reliquias de la Muerte Parte 2