jueves, 17 de septiembre de 2015

Crítica El Corredor del Laberinto | Dylan O'Brien y Kaya Scodelario

Puntuación: 7.0


Una vez más una adaptación de una novela juvenil auspiciada en la ciencia ficción y la distopía llega a nuestras pantallas. Si Los Juegos del hambre fue una sorpresa y Divergente una desilusión. Este Corredor del Laberinto se queda a mitad de camina entre ambas pero eso sí y a su favor, con más pros que contras. Ahora llega su segunda parte apellidada 'Las Pruebas' y por eso, recordamos las crítica del film original.

La película no se libra de todas las sombras que afectan a todo este tipo de adaptaciones de best-sellers juveniles, pero por fortuna y quizás por sorpresa, añade algunos puntos de interés que refuerzan sus argumentos y nuestras ganas de defenderla.
30 millones sólo en su estreno en la taquilla de EEUU, aseguran una continuación, ya que ese ha sido el presupuesto empleado en la producción del film. Además el film tampoco está funcionando mal fuera de tierras norteamericanas, lo que ya da beneficios a la adaptación de saga literaria de James Dashner.



Como ocurría con Divergente, ‘Los Juegos del Hambre’ son el referente y el punto de mira a imitar, pero para fortuna de los espectadores y de lectores, aquí la separación es mucho mayor. Para empezar las féminas guerreras dejan paso a lo masculino (lástima el desperdicio de Kaya Scodelario) y los hombres, en este caso adoslescentes, se convierten en protagonistas absolutos de la función, lo que da a la historia un carácter menos romántico y mucho más aventurero.
Ahora Lejos de la jovialidad y el espíritu del cine juvenil de décadas pasadas, de su relativo optimismo, la historia de El Corredor del Laberinto destaca por su seriedad y afán trascendente, presentando héroes en un contexto confuso y dramático a los que cualquier cosa les puede suceder. Este hecho hace que los no tan jóvenes puedan también disfrutar de la historia, de los personajes y porque no de sus actores, los cuales cumplen de manera fantástica con su labor.


El otro punto que da personalidad y estilo propio a la obra es su laberinto, un prólogo de lo que nos espera, que sirve tanto de personaje como de simbología y de metáfora a lo que se nos pretende contar. Como en toda buena ciencia ficción, esta especie de Cube, guarda y encierra mil interpretaciones y reinterpretaciones de la naturaleza humana, como por ejemplo esa inseguridad y o búsqueda de identidad, que redondean una fórmula aglutinada aquí como si de una versión light pero no depurada, que ya hemos podido descifrar en obras anteriores como la clásica ‘El señor de las moscas’.


El tercer y último punto a destacar ha sido el hallazgo que ha supuesto su director, un especialista en efectos especiales y debutante en el sillón principal, que ha demostrado una valentía y una personalidad impropia en este tipo de debuts o de trabajos.
Wes Ball ha decido apostar por las atmósferas y el suspense, lo que le da cierto sabor a cinta de terror de serie B y aventura, que sirven para realizar un cóctel que mezcla o recuerda a algunos clásicos juveniles de los 80, con un poco de la abstracción conseguida por la famosa obra de Damon Lindelof para televisión (Perdidos).


Por desgracia el carácter serial heredado de la fuente original, hacen que ese laberinto, sin duda el personaje con más peso de toda la película, se vea en esta primera parte como un simple primer bocado donde sus responsables no han puesto toda la carne el asador, con vistas a desarrollarlo más en futuras entregas. Esto hace que la película no tenga el empaque necesario para ser un producto autosuficiente, sino que como ocurre en la televisión actual, es sólo un ápice de un resultado final que deberemos valorar en toda su totalidad.