sábado, 23 de agosto de 2014

Crítica de Lucy | Scarlett Johansson y Luc Besson


Puntuación: 7.2

Todo espectador de cine recordará ese atrevido momento del viaje espacial-lisérgico que Kubrick nos hizo experimentar en su obra cumbre 2001.
Ahora Luc Besson quiere volver a hacernos un viaje igual de expiremental, pero mucho más divertido y durante todo el metraje de su último trabajo.

Que nadie se lleve a engaños, no estamos queriendo comparar 2001 una odisea del espacio que este comic pulp llamado Lucy, ya que donde lo primero es una obra cumbre del cine universal, lo segundo únicamente se podría considerar una obra cult de esta primera década del siglo XXI. Pero sinceramente y viendo el panorama actual, esto es mucho decir.
Dejando obras maestras a un lado, centrémonos en lo que tenemos entre manos, y esto es simplemente una sorpresa. 


La cosa pintaba mal, para que nos vamos a engañar. Tras los desastres de Transformers 4 y Los Mercenarios 3, Lucy llegaba para confirmar que estábamos ante el peor verano fílmico a nivel de blockbusters de la historia,  pero por fortuna, no ha sido así, ya que aunque Lucy no es un blockbuster, si al menos podemos englobarla en el cine espectáculo de verano, lo que ha hecho que la pareja Besson/Johansson, hayan podido dejarnos un poco de diversión, inventiva visual, sorpresa y porqué no: buen cine comercial.

Tras quince años creativamente erráticos, la peculiar visión cinematográfica del creador de Kamikaze 1999, vuelve a estar en plena forma, dando lugar a uno de los estrenos más disfrutables del verano y, muy probablemente, a una de las cumbres fílmicas del cine de culto que va a dar este año.
El filme gusta por una sencilla razón: esa atrevida mezcla de la buena narrativa y la desvergüenza expresiva. 

El sentido del ridículo hace años que se perdió en la figura de Luc Besson, pero lo que hasta ahora había ido en detrimento de sus películas, esta vez le ha valido para completar una obra especial, un Barbarella tech, donde el lirismo Pop, la serie B y la pseudociencia barata, nos dejan 90 minutos de puro espasmo sensorial y goce visual. Desde Nikita: Dura de matar y León, el profesional no nos topábamos con un Besson así de inspirado.