jueves, 20 de marzo de 2014

Crítica Moonrise Kingdom | Recordando el primer amor | Pre-Hotel Budapest


Puntuación: 8

Mañana llega a las salas El Gran Hotel Budapest, el nuevo film de Wes Anderson. Para abrir boca os dejamos con la crítica de su anterior film.


Todo empieza con un primer plano donde nos deja claras las intenciones el director, un simple lienzo de una casa, una casa en dos dimensiones, en la costa. Aquí no hay profundidad, la perspectiva es casi nula, los colores planos, se carece de sombreado, de relieves. Alli vive Suzy, un pájaro enjaulado con una familia aborrecible, en ese mundo bidimensional donde todo es blanco o negro, ella es una adolescente que espera a su verdadero amor, que espera el día indicado para escapar de su encierro. Al otro lado de la isla, el huérfano Sam, el verdadero amor, planea su escapada de un infierno boy scout como Andy Dufresne lo hiciera en Cadena perpetua (1994), la parodia fina en pleno año de 1965 está servida. A partir de entonces, la cámara se moverá tan sólo en dos direcciones, de izquierda a derecha o viceversa. No existe otra perspectiva, el plano frontal y la lateralidad, unido a los travellings en tan sólo dos direcciones son la seña de identidad de un cada vez más perfecto, artificial e inhumano Wes Anderson que tiene tras de sí una amalgama de referencias culturales hasta decir basta, empezando por las pinturas del americano Norman Rockwell. Lo paradójico, es que su inhumanidad transmite más sentimientos que cualquier otro film.

‘’Me gustan las fantasías. Esta no es una historia que yo o alguien cercano haya vivido, pero sí es como a mí me hubiese gustado que pasara. Es una historia de lo que significa enamorarse de niño. Es un recuerdo de una emoción, pero en cierto modo también es el recuerdo de una fantasía. Todo lo que ocurre en la historia es lo que no me pasó a mí’’.

Wes Anderson



El director y guionista vuelve a sorprendernos con más de lo mismo, esto no implica que sea malo, de hecho, en Moonrise Kingdom tenemos al Wes Anderson más inspirado y refinado, tanto, que da miedo de cómo maneja la cámara y a la jauría de personajes excéntricos como extravagantes en sus manías, de cómo estos se mueven por sus encuadres, del riesgo que suponen unas actuaciones y situaciones artificiales convirtiéndolas en pura poesía visual, logrando acercarse a un autor como Truffaut en sus esquemas, y de paso convertir en cuadro los momentos más cotidianos de nuestra vida en magia a veinticuatro fotogramas por segundo. Anderson es un pintor de imágenes en movimiento, un artista capaz de plasmar la personalidad de alguien con unas pocas pinceladas sueltas, un cineasta capaz de salirse de la norma para evadirse en las fantasías de lo que jamás nunca ocurrió, un soñador de tomo y lomo, pero cuyo onírico no es en solitario. En sus películas siempre hay una constante y es que los objetivos de los personajes se consiguen gracias a la colaboración en grupo, de la ayuda entre unos y otros, nadie es prescindible, ni siquiera los antagonistas. Y los protagonistas, a pesar de su pensamiento divergente respecto a la manada, también acaban cediendo. Desde Los Tenenbaums (2001) a la animalada de Fantastic Mr. Fox (2009), Wes Anderson se muestra siempre como un autor reconciliador con la familia, con el grupo al que pertenezcamos, sea el que sea, un sociólogo que observa y pinta lo que ve, no importa si es realidad o sueño. Para él, la fuerza no reside de un sólo miembro, sino de una comunidad, como podemos vislumbrar sutilmente en la magnífica presentación de Moonrise Kingdom con una pieza musical de Henry Purcell, donde poco a poco tocan unos pocos instrumentos para acabar todos al unísono. Simplemente perfecto.

‘’No hay reminiscencias concretas de mi primer amor, pero sí del sentimiento amoroso que yo podía tener a los 12 años, cuando estaba enamorado en secreto de la compañera más popular de mi clase’’.

Wes Anderson



Junto al guionista Roman Coppola, Wes Anderson ha orquestado una historia de emancipación, de la pérdida de la inocencia, pero lo mejor de todo es el contexto donde la ha ubicado, en plena década de los 60 en Norte-América, una época que significó el fin de ese concepto tan puro como romántico. Los tocadiscos portátiles, los binoculares, los zapatos de los domingos, elementos añejos que ahora vuelven a surgir por la moda vintage están ahí, como también ínfulas a la Nouvelle Vague, la cual se deja notar en ciertos pasajes como cuando ambos enamoradizos bailan en una playa rocosa al son de Le temps de l’amour de la cantante Françoise Hardy y deciden dar unos cuantos pasos de más en su relación. Truffaut en estado puro, aunque me repita. Si a esta ensalada de referencias le añadimos una extensísima labor de documentación fotográfica como de diseño artístico, con esas imágenes descoloridas, prácticamente en tonos sepia que gracias a los amarillos de los decorados y elementos del vestuario refuerza ese grado retro que se quiere lograr, sólo puedo decir una cosa: chapeau. El fotógrafo Robert D. Yeoman y el equipo de arte logra su trabajo con creces, es más, vaticino que desde ya será de lo mejor que veamos en este año en ese sentido. Además, el apartado sonoro es otra de las señas de identidad del currículum del cineasta, no sólo por la música clásica o temas famosos escogidos por el director, sino que también la música original tiene su punto, el dúo Wes con el músico Alexander Desplat nos implica en los conflictos que surgen delante de este teatrillo tan maravilloso como fascinante. Las actuaciones no se quedan cortas, a pesar del mundo artificial que crea Wes, todos parecen sentirse como pez en el agua, Bruce Willis, Frances Mc Dormand, Edward Norton, Harvey Keitel o Tilda Swinton se unen a los actores fetiche del director como Bill Murray y un camaleónico Jason Schwartzman en esta orquesta donde la batuta la llevan dos jóvenes promesas como Jared Gilman (el boy scout Sam) y Kara Hayward (el cuervo Suzy).

‘’Yo de pequeño escribía historias y montaba obras de teatro con mis compañeros. Nunca me fugué de casa ni de un campamento.’’

Wes Anderson


En definitiva, Wes Anderson lo ha vuelto a hacer. Moonrise Kingdom me ha encandilado, no es sólo lo mejor que uno puede encontrarse en una cartelera repleta de bazofia, es probablemente de lo mejor del año. Una obra de ingeniería pura, de engranajes perfectamente colocados para dar pie a un conjunto simétrico, redondo, estructurado. Wes maneja la cámara como nadie, la solidez y seguridad que desata a través de planos frontales y travellings laterales, y que ha ganado con el tiempo, lo encumbran como un autor único en su especie. La mejor historia de amor en mucho tiempo, quizás los adultos deberíamos de aprender algo de la inocencia de dos simples niños que hacen lo que hacen por una fuerte convicción y creencia en sí mismos. Probablemente el mundo iría a mejor. Film optimista donde los haya…y que evoca a aquel primer amor de la infancia, quizás, el más puro de todos. Ahora el lienzo ya tiene más matices…

Análisis escrito por Gwynplaine Thor