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Crítica El Hobbit 2 la desolación de Smaug


Puntuación: 7

Hace muchas décadas la ciencia ficción y la aventura eran un género cinematográfico como los demás. Los directores y los productores se situaban ante este tipo de films como si estuviesen (y de hecho lo estaban) ante un reto incluso mayor al del resto de géneros y producciones. Como ese resto de películas, las aventuras y la ciencia ficción buscaban remover sensaciones en el espectador: la emoción, el miedo, la pena, la sorpresa o cualquier otro sentimiento era la base y el objetivo de los guiones que daban pie al producto final.


Para conseguir esto los guionistas se encargaban en solitario de construir personajes interesantes y complejos. El otro apartado para conseguir emociones era recrear de una forma verosímil aquellos mundos y elementos imaginados. Para esto hablaban con los productores y con los jefes de efectos visuales para así saber si había forma de hacer creíble aquellas ideas que rondaban por sus cabezas. Una vez confirmado que lo imaginado se podía hacer realidad, se llevaban a cabo películas como Blade Runner, Alien el 8° pasajero y su continuación, Terminator, El imperio contraataca o las recientes producciones de Christopher Nolan (Origen, La Leyenda renace).
Lo importante de estos trabajos como vemos, era hacernos creer que ese mundo imaginario creado por la magia del cine era real al menos durante los minutos que duraba la ficción. Una vez engañado nuestro ojo todo era posible, nuestro cerebro estaba preparado para recibir cualquier emoción que los creadores de la obra habían ideado.



Pues bien, todas esas emociones no pueden gestarse si nuestro ojo ve que estamos ante un enemigo totalmente digital y ante una imagen más cercana a una serie BBC que ante la del celuloide habitual, y esto es pese a quien pese, lo que El Hobbit nos ofrece. Una producción totalmente digital donde la fiereza del maquillaje de un Uruk-hai de la saga original deja paso ahora al chiste y la vergüenza que ofrecen estos villanos etéreos, huecos y artificiales. Y donde los escenarios dejan de ser escenarios para convertirse en lugares virtuales mucho más irreales de lo que nuestra mente es capaz de crear mientras lee la obra narrativa de Tolkien. Quizás por eso optar por la animación digital como hizo Spielberg con Tintín, hubiese sido más sincero que querernos vender una película de imagen real bajo la apariencia de una de animación digital.

Mostrado mi enfado por la ocasión perdida, paso a iniciar una crítica virtual con la misma desgana que los productores de El hobbit han mostrado a la hora de recrear la obra de Tolkien.



Peter Jackson, Fran Walsh, Philippa Boyens y Guillermo del Toro han desembarcado con el segundo episodio en la extensa adaptación, por momentos libre, de la magnífica obra "El Hobbit" de J.R.R. Tolkien. Como ya hemos dejado entrever, nuevamente la película se ofrece bajo esos polémicos 48fps y ese HFR 3D que hace semejar a la Tierra Media a una aventura televisiva creada por BBC.

En comparación con la primera película, El Hobbit: La Desolación de Smaug da mucho más que la primera parte. Primero por contener una presencia tan excelsa y mítica como la del dragón Smaug, segundo por montar esa importante parte de los Apéndices de la obra de escritor británico en la que Gandalf (Ian McKellen) se va al encuentro del Nigromante en Dol Guldur y final porque se incluyen todas las líneas presentes también en la obra (el periplo de los enanos y Bilbo por El Bosque Negro, su encuentro y propias vicisitudes en el reino de Thranduil y sus elfos silvanos, o la llegada a la Ciudad del Lago.



En definitiva estamos ante una película perfecta en su ritmo, repleta de grandes momentos con situaciones que nos hacen recordar a la obra original, pero que como ya hemos denunciado, se va a pique por la decisión de recurrir a la cómoda técnica de la animación y creación digital, en vez de combinarla y usarla con el realismo de los efectos visuales artesanos.

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