lunes, 9 de septiembre de 2013

Crítica Dolor y dinero de Michael Bay



Lo sé. Voy a ahuyentar a los gafapastas e intelectuales antes de que se me echen a la yugular. Lo voy a hacer. Ya. MICHAEL BAY HA HECHO LA MEJOR PELÍCULA DEL VERANO (bueno quizás digo esto tras un chute de anabolizantes). Sí. Veo mucho dolor. Ahora podéis matarme. Me ha costado decirlo, pero este tío ha encontrado en la estupidez humana su forma de hacer cine. Su camino a seguir.


Cierto es que desde que se metió en Transformers su filmografía ha perdido la gracia y la frescura que tenían sus películas de los 90, pero ahí están La Roca o Armageddon para confirmar que sabe reírse de sí mismo o está rematadamente loco. Se le echaba de menos sus meadas fuera de tiesto y la sátira en sus películas, pero con Dolor y dinero ha vuelto por donde empezó.



En esta comedia negra, proyecto personal del director por así decirlo, nos regala un monumento en forma de hecho verídico y que roza uno de los mayores ridículos habidos y por haber en la historia norteamericana. El estereotipo que nadie se atrevió a llevar al cine lo logra aquí Bay en su quintaesencia, si, ese de los culturetas cachas se asoma en todo su esplendor, dejándonos perlas para la posteridad.

Y es que a pesar de la pomposidad característica del cineasta, la acción se sumerge un tanto por debajo de lo habitual y los personajes suben gracias a sus tics y líneas de diálogos descacharrantes, pero lo mejor es que el espectador empatiza porque más de una vez habremos oído semejantes paridas cuando hablamos entre colegas. Que no todo tienen que ser conversaciones sesudas de Marcel Proust, ni frases lapidarias a lo Clint Eastwood.



La naturalidad con la que discurren el trío de personajes en la pantalla se adecua a una realización más modesta de la que nos tiene acostumbrados Bay, aunque no falten sus barridos, los planos circulares y la cámara lenta, siempre con motivo de avanzar la acción o satirizar el momento respectivamente. El contencioso filmado es una oda al llamado sueño americano, pero desde la perspectiva más grotesca, retorcida y burra. Muy burra. Tanto, que descuadrará al espectador menos ávido en su filmografía, y no sabrá si lo que vemos se lo toma en serio o es una coña de las grandes.

Como no podía faltar en una película de este autor, la misoginia y chica florero no pueden faltar, y sin embargo también sabe reírse de la casposería de toda esa testosterona suelta en forma de anabolizantes andantes con poco seso. Grande, muy grande, es hora de reivindicar los 90. Y a Ku Minerva, aunque no venga al caso…

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada